viernes, 2 de septiembre de 2016

POR UN LADRILLO...


Al cabo de un rato, el destacamento llegó a la vista de los dos adolescentes apostados sobre la casa de los Hur. Venía primero una vanguardia armada con armas ligeras (honderos y arqueros, en su mayor parte), marchando en filas e hileras notablemente distanciadas. Luego, un cuerpo de infantería pesada, dotada de grandes escudos y de hastae longae, es decir, de lanzas idénticas a las utilizadas en los duelos delante de Ilion. Luego, los músicos, y luego todavía un oficial a caballo, solo, pero seguido inmediatamente de una guardia de caballería, tras de la cual venía aún una columna de infantería también con armas pesadas, que, avanzando en apiñada formación, llenaba la calle desde una a otra pared, y parecía no tener fin.
Las tostadas piernas de los hombres, el cadencioso ritmo con que se movían los escudos de derecha a izquierda, el destello de las escamas metálicas, hebillas, petos y yelmos, todos perfectamente bruñidos; las plumas meciéndose en los altos airones; el balanceo de las insignias y las lanzas calzadas de hierro; el paso audaz y confiado, acompasado y medido con rigurosa exactitud; el aire tan grave y tan vigilante, al mismo tiempo, de la tropa; la unidad casi mecánica de toda la masa en movimiento, causaron una tremenda impresión en Judá, como viniendo de algo más bien sentido que visto. Dos objetos fijaron principalmente su atención: el águila de la legión primero, una efigie dorada sostenida encima de una larga asta con las alas extendidas reuniéndose encima de la cabeza. El muchacho sabía que cuando la sacaban de su cámara en la Torre, la recibían con honores divinos.
El segundo objeto era el oficial que cabalgaba solo en medio de la columna. Excepto por la cabeza, que mostraba desnuda, llevaba la armadura completa. De su cadera izquierda colgaba una espada corta, y en la mano ostentaba un bastón de mando, que tenía el aspecto de un rollo de papel blanco. En vez de silla, se sentaba sobre una gualdrapa color púrpura, la cual, junto con una brida adornada de oro y unas riendas de seda formando una ancha orla en la parte que cogían las manos, completaba los arreos del caballo.
Cuando aquel hombre se encontraba todavía bastante lejos, Judá observó que bastaba su presencia para suscitar una colérica excitación en los que le miraban. La gente se apoyaba en los barandales, o se ponía osadamente en pie fuera de ellos, amenazándole con los puños. Le seguía dando fuertes gritos y le escupía al pasar por debajo de los puentes que unían los terrados. Las mujeres hasta le arrojaban las sandalias, a veces con tan buena puntería que le tocaban. Cuando estuvo más cerca, los gritos se hicieron claros, distintos:
—¡Ladrón, tirano, perro de los romanos! ¡Fuera Ismael! ¡Devolvednos a nuestro Amas!
Cuando lo tuvo muy cerca, Judá vio que, como era más que natural, el hombre no compartía la indiferencia de la cual tan soberbio alarde hacían los soldados. Tenía la cara nublada y huraña, y las miradas que dirigía de vez en cuando a sus perseguidores estaban cargadas de amenazas, de tal modo que los más tímidos retrocedían ante ellas.
El adolescente había oído hablar de la costumbre, copiada de la que tenía el primer César, según la cual los comandantes en jefe, para indicar su rango, aparecían en público sin otro distintivo que una corona de laurel en la cabeza. Por este signo conoció al oficial: ¡Valerio Grato, el nuevo procurador de Judea!
A decir verdad, aquel romano que soportaba la no provocada tormenta despertaba las simpatías del joven judío, el cual, cuando el jinete llegó a la esquina de la casa, se asomó todavía más para verle pasar, y al realizar este movimiento apoyó una mano sobre un ladrillo que, sin que nadie se hubiese fijado, hacía mucho tiempo que estaba partido. La presión bastó para arrancar el trozo exterior, iniciando su caída. Un estremecimiento de horror agitó el cuerpo del muchacho. Pero al estirar el brazo para coger el improvisado proyectil, su gesto se pareció exactamente al de la persona que arroja algo lejos de sí. Su intento no solamente fracasó, sino que sirvió para dar impulso al fragmento que caía. El chico gritó con todas sus fuerzas. Los soldados de la guardia levantaron la vista. El gran hombre los imitó, y en aquel momento le hirió el proyectil, derribándole del asiento, como muerto.
La cohorte se detuvo. Los guardias saltaron de sus caballos y se apresuraron a cubrir al jefe con sus escudos. Por otra parte, la gente que presenciaba el suceso, no dudando ni por un instante que lo había hecho de intento, vitoreaba al muchacho todavía bien visible arriba en el parapeto, petrificado por el cuadro que contemplaban sus ojos, y por lasconsecuencias que su imaginación representaba sin equívoco ninguno.
Un espíritu maligno se propagó con velocidad increíble de una azotea a la otra por todo el curso del desfile, apoderándose de todo el mundo, empujando a todos en el mismo sentido. Las manos arrancaban febriles los ladrillos y el barro tostado al sol con los que estaban construidas en su mayor parte las casas, y empezaban a arrojarlos con furia contra los legionarios parados abajo. Con ello estalló una batalla. Pero, por supuesto, la disciplina se impuso. No es necesario para nuestro relato describir la lucha, la degollina, la pericia de uno de los dos bandos, la desesperación del otro... Será mejor que volvamos la vista hacia el apabullado promotor de todo aquello.
El adolescente se levantó del parapeto con la faz en extremo pálida.
—¡Oh Tirzah, Tirzah! ¿Qué será de nosotros?
La niña no había visto lo que pasaba abajo, pero estaba escuchando los gritos y contemplando la loca actividad de la gente que se agitaba ante su mirada en la cima de las casas. Sabía que estaba ocurriendo algo terrible. Pero, por lo demás, ignoraba la causa que lo había originado, y no se imaginaba que ella o alguno de sus seres queridos estuviese en peligro.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué significa todo esto? —preguntó, en súbita alarma.
—He matado al gobernador romano. El ladrillo le ha caído en la cabeza.
Parecía como si una mano invisible hubiese rociado su cara de fina ceniza, ¡tan pálida se puso al instante! Rodeó a su hermano con el brazo, y le miró pensativa a los ojos, aunque sin pronunciar palabra. Los temores del muchacho se transmitieron a Tirzah, pero al notarlo, él recobró parte de su valor.
—No lo hice a propósito, Tirzah. Ha sido un accidente —dijo más calmado.
—¿Qué harán los soldados? —preguntó ella.
El adolescente dirigió la mirada al tumulto que aumentaba por momentos así en la calle como en las azoteas y se acordó del hosco semblante de Grato. Si no había muerto, ¿hasta dónde llegaría su venganza? Y si había fallecido, ¿hasta qué punto la violencia del pueblo excitaría el furor de los legionarios? Para evitar la respuesta, se asomó para mirar otra vez por encima el parapeto en el preciso momento en que los guardias ayudaban al romano a montar de nuevo sobre su caballo.
—¡Vive, vive, Tirzah! ¡Bendito sea el Señor Dios de nuestros padres!
Con tal exclamación, y con un rostro más luminoso, retrocedió para contestar la pregunta de su hermana.
—No temas, Tirzah. Explicaré cómo ha sido. Ellos se acordarán de nuestro padre y de los servicios por él prestados, y no nos harán ningún daño.
Estaba acompañando a la muchacha al pabellón de verano, cuando el techo crujió bajo sus pies y de abajo del patio, al parecer, subió el estrépito de robustos maderos cediendo a los golpes, seguido por un grito de sorpresa y dolor. El muchacho se detuvo a escuchar. El grito se repitió. Luego vino un ruido de muchas pisadas precipitadas y de voces enardecidas de rabia mezcladas con otras levantadas en oración. Después se oyeron gritos de mujeres presas de un terror mortal. Los soldados habían derribado la puerta septentrional y eran dueños de la casa. La terrible sensación de que iban a darle caza estremeció al adolescente. Su primer impulso fue el de huir, pero ¿adonde? Nada, sino unas alas, hubiera podido facilitarle un recurso. Con los ojos alocados de miedo, Tirzah le cogió del brazo.
—¡Oh Judá! ¿Qué significa esto?
Los criados caían asesinados. ¿Y su madre? ¿No era la suya una de las voces que había oído?
Con toda la energía que le quedaba, el muchacho dijo:
—Quédate aquí, Tirzah. Yo bajaré a ver lo que pasa y volveré luego a buscarte.
Su voz no tenía la firmeza que habría querido darle. Tirzah le cogió con más fuerza, arrimándose a él.
Más claro, más agudo, ya no una ficción de la fantasía, se levantó el grito de la madre.
El hijo no vaciló más.
—Ven, pues. Vamos allá.
Al final de las escaleras, la terraza o galería estaba llena de soldados. Otros entraban y salían corriendo de las habitaciones, con las espadas desenvainadas. Allá, cierto número de mujeres se apiñaban unas contra otras o rezaban pidiendo misericordia. Apartada de ellas, una cuyo vestido aparecía desgarrado y cuyo largo pelo se derramaba sobre el rostro, luchaba por liberarse de un hombre que tenía que poner a contribución todo su poder para conservar la presa. Los gritos de aquella mujer eran los más agudos de todos. Abriéndose paso a través del tremendo estrépito, habían llegado, perfectamente distinguibles, hasta la azotea. Hacia ella se lanzó Judá con pasos largos y rápidos, cual si le llevasen unas alas.
—¡Madre, madre! —gritó.
La madre extendió los brazos hacia él. Pero cuando sus manos ya casi le tocaban, alguien cogió al muchacho y lo apartó a un lado. Entonces, éste oyó que uno decía a grandes gritos:
—¡Es él!
Judá miró y vio... a Messala.
—¿Qué? ¿Ése es el asesino? —preguntó un hombre alto, con armadura de legionario bellamente trabajada—. ¡Caramba, si no es más que un niño!
—¡Dioses! —exclamó Messala, sin olvidar su tonillo—. ¡Una nueva filosofía! ¿Qué diría Séneca de la proposición que sostiene que un hombre ha de llegar a la madurez antes de odiar lo suficiente para ser capaz de matar? Ya le tenéis. Aquélla es su madre, y la de allá, su hermana. Tenéis a toda la familia.
Por amor a ellas, Judá olvidó el resentimiento.
—¡Ayúdalas, oh mi Messala! Acuérdate de nuestra infancia, y ayúdalas. Yo, Judá, te lo ruego.
Messala fingió no oírle.
—Ya no puedo continuar siéndote útil aquí —le dijo al oficial—. En la calle, uno se divierte más. ¡Abajo Eros! ¡Arriba Marte!
Con estas últimas palabras, desapareció. Judá le comprendió bien, y con la amargura en el alma, elevó una oración al cielo.
—¡En la hora de tu venganza, oh Señor, que sea mi mano la que la descargue sobre él! —suplicó.
Haciendo un supremo esfuerzo, consiguió entonces acercarse al oficial.
—Oh señor, la mujer que estás oyendo es mi madre. ¡Perdónala! Perdona a mi hermana, aquella niña de allá. Dios es justo y corresponderá a tu misericordia con su misericordia.
El oficial pareció impresionado.
—¡Las mujeres, a la Torre! —gritó—. Pero no les hagáis ningún daño. Os pediré cuentas de lo que les pase —luego, dirigiéndose a los que sujetaban a Judá, dijo—: Buscad cuerdas, atadle las manos y sacadlo a la calle. Su castigo será decidido más tarde.

Lewis Wallace, Ben Hur