lunes, 12 de septiembre de 2016

CASAS DE CAMPO CON TECHO DE PAJA


El pintor no tardó mucho en salir por donde había entrado; cargó sus bártulos y se encaminó, colina arriba, hacia el castillo. Una vez allí, lo rodeó y durante horas vagó por los campos como si buscase algo que hubiera perdido. El sol ya comenzaba su descenso desde lo más alto del cielo y mis tripas se quejaban cuando, por fin, se detuvo. Montó la silla y el caballete y colocó sobre este un pequeño lienzo blanco. Luego, sacó paleta, pinturas y pinceles de la maleta que llevaba a la espalda y se puso a pintar como un loco. Mezclaba los colores con ligereza y perpetraba violentas pinceladas en la tela como puñetazos de un luchador. Yo había visto pintores en París, en la plaza del Tertre o en las galerías de la calle Lepic, que eran todo calma y ceremonia cuando pintaban. Pero este no procedía igual; parecía que mantuviese una lucha desesperada con el lienzo. Curioso por descubrir el resultado de aquella incruenta lucha, fui acercándome a él, oculto entre la hierba alta. Contemplaba tan absorto lo que había pintado que no me percaté de que hablaba conmigo.

-Si vas a pasarte todo el día detrás de mí, podrías ayudarme a cargar los bártulos de vuelta a la posada.

Me había pillado con las manos en la masa y no tenía escapatoria; lo mejor seria levantarme y enfrentarme a él.

-No quería molestarlo, rnonsieur, solo sentía curiosidad -acerté a decir sacudiéndome la hierba de las perneras.

-No me has molestado. Me llamo Vincent -me tranquilizó mientras recogía el material.

Yo estaba asombrado. Parecía inaudito que aquel lienzo desnudo mostrase ahora, en un lapso mínimo de escasos minutos, una vista de varias casitas con un terreno de guisantes florecidos delante, y unas colinas al fondo bajo un hermoso cielo blanco y azul.

-¿Te gusta?

-Es precioso..., con esos colores tan intensos que...

-La belleza reside en la verdad, en la vida tal y como se nos presenta. Yo solo intento reflejarla con humildad. Alguien dijo que el arte es el hombre añadido a la naturaleza, y aquí mismo, rodeado por ella, estoy yo.

No entendí muy bien de qué hablaba, pero aquel cuadro que ahora aparecía ante mí... Me faltaban las palabras para describir lo que sentía al contemplarlo. Nunca me había sucedido nada igual.

-Seguro que conoces bien los alrededores.

-Ya lo creo que sí. No hay rincón en Auvers donde no haya metido las narices.

-Pues yo empiezo a sentir obsesión por las casitas y la vegetación de este lugar. Podrías guiarme por los campos en su busca.

-¿Y qué gano yo con eso?

-Por lo pronto, la cena. Debes de estar hambriento después de haberme seguido todo el día como un perro. ¡Vamos!

Marcos Calveiro, El Pintor del Sombrero de Malvas


PREMIO LAZARILLO 2009