domingo, 25 de octubre de 2015

MEMORIAS DE UN APRENDIZ DE LIBRERO

Mi nombre es Gonzalo de Córdoba, y al tomar el cálamo no ha sido otro mi deseo que el de poner en conocimiento de vuesas mercedes ciertos hechos acaecidos hace ahora ocho o nueve lustros, siendo yo todavía un mancebo, en tiempos que se me figuran más luminosos que los que vivimos en este malhadado año de mil seiscientos y cuarenta y tres. Toda una vida ha transcurrido desde entonces y es mucho lo que he de recordar. Dicen, y es cosa que tengo por gran verdad, que la memoria de los hombres es caprichosa, y que no hay anciano que no contemple sus años mozos con la benevolencia con que se mira a un nieto amado. Procuraré, sin embargo, que mi añoranza no traicione mi recuerdo, pues me anima el propósito de consignar los hechos de esta historia tal como fueron y no de otra manera.

Sepan vuesas mercedes que lo que acá se narra no es en modo alguno la historia de mi vida, ni yo el principal personaje de mi propio relato. A decir verdad, pocos hay con derecho a vanagloriarse de haber sido protagonistas verdaderos de sus vidas. El bueno de don Alonso Quijano podría quizás arrogarse tal licencia si no fuese porque jamás existió. O tal vez sí lo hiciera, aunque solamente en la mente del señor Cervantes, a quien Dios Nuestro Señor tenga en su Gloria, y en la de la infinidad de gentes que han disfrutado de las aventuras y donaires de su archifamoso hidalgo.

Miguel de Cervantes Saavedra. Mi añorado señor y amigo. No piensen vuesas mercedes que ha sido el azar el responsable de dejar caer su nombre en las primeras líneas de mi crónica, cuando aún no he tenido tiempo de hundir la pluma en el tintero sino dos o tres veces. Muy al contrario, sepan que a él le corresponderá el papel principal del drama en el cual quien esto escribe habrá de contentarse con la parte del segundo actor. Pero me basta con ello, y con el privilegio de haber gozado de la amistad de varón tan noble y preclaro, príncipe de los ingenios, primero entre los poetas del reino todos, favorito de la fama, muy excelente padre del caballero don Quijote. Y también, dicho sea con toda la humildad, de quien estos papeles emborrona. Pues han de saber, señores, que con los años yo acabaría tomando por esposa a su única hija, Isabel de Saavedra, la misma Isabel amada que ahora me mira con dulzura mientras reúno fuerzas y recuerdos para dar comienzo a mi historia.

Delante de mis ojos, sobre esta misma mesa, yace el manuscrito en el que mi señor Cervantes, de su puño y letra, dejó constancia de las andanzas de don Quijote y de su escudero, el mismo manuscrito del que el impresor se sirviera en su día para componer el libro que a punto estuvo de no ver jamás la luz. De las aventuras de Cervantes y de su futuro yerno (que soy yo) versarán estas páginas. De cómo nos fuera arrebatado el manuscrito de la que habría de convertirse en la novela más famosa y celebrada de cuantas hayan visto la luz en las Españas y aun pudiera ser que en el mundo entero, y de los muchos azares y peligros que ambos vivimos para recuperarlo. Por deseo de mi señor Cervantes, hoy este manuscrito descansa sobre mi escritorio. Y a fe que no puedo imaginar legado más valioso que este montón de hojas viejas, y que como tal legado lo recibirán en su día mis hijos y los hijos de mis hijos, aunque para preservarlo habré de procurarle lugar más a resguardo que este, un lugar que a su debido tiempo revelaré. Mas ahora, mientras esto escribo, es mi deseo que el manuscrito de Cervantes permanezca junto a mí, y que de ese modo pueda inspirarme e iluminarme y aun dar bríos a esta mi pluma que, de puro torpe y alicorta, más que de ganso pareciera de gallina.

Los hechos que conformarán el corazón de mi relato y su principal sustancia acaecieron en los meses de septiembre y de octubre de mil seiscientos y cuatro. Pero me permitirán vuesas mercedes que, abusando de mi condición de narrador, retroceda algunos años más en el tiempo, pues nunca fui amigo de esas historias que arrancan de sopetón (o in medias res, que dirían los latiniparlos) y dejan al lector con la sensación de haber llegado tarde y haberse perdido el comienzo.

Eloy Cebrián, Madrid 1605

Finalista Premio Ateneo de Sevilla y Fernando Lara 2012