jueves, 22 de octubre de 2015

MALDICIÓN ETERNA


Carta que fra Sebastián Pier, padre dominico, bibliotecario del convento de Santa Caterina de Barcelona, envió a su superior, dándole noticias de lo ocurrido con la biblioteca el 26 de marzo de 1823

¡Infames! ¡Miserables! Ya todo se ha perdido y a nosotros, hombres de Dios, nos ha tocado padecer en esta ciudad del diablo.

Una plaza. En eso se ha convertido el lugar donde estuvieron los muros góticos del refectorio coronado por la noble biblioteca. Un lugar vacío donde vender melones, eso es lo que ambicionan los demonios liberales, que aún osan llamarse cultos. Nada les ha importado demoler el lugar que albergó veinte mil libros, reunidos con amor y sacrificio y custodiados con generosidad, puestoque fuimos nosotros quienes los pusimos a disposición de los estudiosos que quisieran leerlos, convirtiendo nuestra casa en la suya. ¿Y éste es el provecho que les hizo la lectura? ¿Así nos lo pagan? ¡Infames!

Las últimas horas han sido las peores de mi vida, escondido en casa de unos buenos cristianos de la calle Freixures. Antes de la demolición se procedió al traslado de la biblioteca, que se hizo con prisa y sin ningún concierto. Había autoridades militares y municipales que daban órdenes contradictorias. En el mismo grupo vi mercaderes de libros analizar el material como si fueran pescados. Algunos ejemplares quedaron en nuestra casa, es cierto, pero no puedo responder de cuáles ni en qué condiciones y, a decir verdad, no albergo muchas esperanzas.

En medio de semejante devastación, tuve muy presente su encomienda de salvar sus libros, reverendísimo señor. Entré en la biblioteca y sin demorarme fui a la alacena donde todo este tiempo he guardado bajo llave los libros que me encomendó en nombre del obispo. Quisiera poder afirmar que ni el papel ni el pergamino sufrieron ningún daño, pero la verdad es otra y terrible.

Los once volúmenes estaban allí cuando abrí la alacena, completamente ilesos, como vos me los confiasteis o puede que aún mejor, puesto que en mis ratos libres me gustaba sacarlos para que se airearan y limpiar los pergaminos de las cubiertas con un paño húmedo. Como los conozco bien —aunque nunca los abrí, como vos me indicasteis—, puedo deciros que se trata de volúmenes muy pesados, que no pueden ser transportados por un solo hombre de una sola vez. Con mucho trabajo conseguí llevarme cinco de ellos, dejando los otros seis bien encerrados dentro de la alacena. Me apresuré a ponerlos a salvo en la casa de la calle de Freixures y —ay de mí— cuando regresé a la alacena las puertas habían sido violentadas, la cerradura rota y no quedaba ni uno solo de los libros.

En vano pregunté dónde estaban a los hombres que por allí husmeaban (…)

Aunque me tiemble la mano al escribirlo, del destino de los seis libros no puedo daros más razón que lo que ya habéis leído. Presumo que serán vendidos al menudo o que caerán en manos de fabricantes de tambores que los desencuadernen para utilizar el pergamino de las tapas. O tal vez los apreciarán los mismos que nos odian y al hacerlo cometerán el pecado de la incongruencia.

Por mi parte, nada más puedo añadir. Junto con esta nota, que entrego en mano al hermano bibliotecario del convento de San José, deposito los cinco volúmenes sobrevivientes, con mis disculpas a su ilustrísima por no haber sabido salvar los demás y a vos mismo por dejaros en mal lugar. Encomiendo mi vida a Dios y pongo tierra de por medio, llevando conmigo el deseo de que este ultraje no sea en vano, y las maldiciones que a todas horas mascullo, sin poder evitarlo:

Caiga sobre los ladrones la maldición de quien amó lo que ellos se llevaron.

Siembren los libros la discordia entre aquellos que los codicien.

Sepárense amigos y caigan prohombres, ciegos de ambición insatisfecha.

Púdrase el papel en sótanos infectos antes de que otros ojos puedan acariciarlo.

Cómanse las ratas las páginas mejor impresas, los grabados más bellos, los versos mejor compuestos, hasta que no quede nada de provecho.

Invada la humedad los ejemplares únicos que hayan sobrevivido al furor de los años.

Devoren las termitas lo que los ratones repudien.

Queden los libros en la oscuridad de la ignorancia durante décadas y centurias.

No hallen los invasores de bibliotecas buena cosa que leer hasta el fin de sus miserables días.

Y quiera Dios que este humilde bibliotecario viva para contemplar todo ese sufrimiento.

Amén.

Care Santos, El Aire que Respiras