jueves, 29 de octubre de 2015

LA CARROZA FUNERARIA DE LAS ÁNIMAS EN PENA


Vino pronto la anochecida. El fallecido de Quelven se adormeció y madame De Saint-Vaast le echó por encima una manta. El sochantre sentía hambre y sed; pasaron a trote largo por delante de la taberna de Clouzemel, que tenía el ramo puesto, anunciando la sidra nueva; también tenía el ramo el mesón de Les Pieux, tan celebrado en las canciones de los cazadores. Te sentabas a la mesa de piedra y venía una de las hijas más jóvenes del hospedero, y de una jarra colorada te echaba en el vaso el oro hirviente de la sidra; en verano e invierno andaban con los blancos brazos al aire, recogidas las mangas de las blusas de lino. La boca se le hacía agua al sochantre. Dejaron el camino real poco más allá de Les Pieux, y la carroza debía de correr ahora por campo abierto. Gente de poca conversación, aquella compañía de muertos callaba hora tras hora.

—¿Y a qué hora podré acostarme? —se atrevió a preguntar el sochantre al señor de Coulaincourt.

—Quizás —dijo aquel esqueleto de casaca militar— no hemos sido con vos tan corteses como merecíais, tanto que, habiéndonos gustado la marcha de reverencia que tan bien tocasteis hace una hora, no os brindamos un aplauso; y considero que cada muerto de los que aquí van está pensando que, para cuando le llegue la hora del descanso, y pasados tres años, más o menos, esta tropa reposará en tierra definitivamente, le alegraría oírla entrando en la tumba. ¡Y no serán mal tambor de acompañamiento los terrones cayendo en mi caja de nogal, que me espera en el cementerio de Bayeux! Y tampoco os hemos dicho que nosotros, estando muertos, no podemos encender lumbre en hogar ni entrar en casa donde esté encendido, ni comer pan de trigo, ni cosa alguna que lleve sal o aceite, ni beber vino. Pero ahora vamos hacia las ruinas del monasterio de Saint-Efflam-la-Terre, y Mamers tiene allí, en la que fue cocina de los frailes, una pipa de cerveza doble de marzo y un jamón adobado con pimienta que enviamos a asar en Dinan antes de salir para este viaje. También convenía que os advirtiéramos que, cuando cierra la noche, volvemos por espacio de seis horas a nuestra condición de esqueletos. ¡Hasta la pechuga de madame De Saint-Vaast, esa seda que tomándola por una blanca camelia rozan todos los ojos del mundo, se va, ceniza perfumada sólo de amor! Todos esqueletos,  y no, que Guy Parbleu, no teniéndolo, se queda en una lucecilla azul.

—¡Ya está ahí! —dijo madame De Saint-Vaast, con una voz más grave y profunda que antes— ¡Parece Venus saliendo sobre los montes! ¡Nunca me canso de mirarte, Parbleu!

Y era cierto: en la reja, junto al cabás del médico Sabat, saltaba una estrellada lucecilla azul, talmente Venus, como al sochantre le placía verlo salir, al lucero, por sobre las colinas de Rochefort y del Ploermel; brillaba como Venus, y como Venus alumbraba, argentino. Fue a esta luz a la que se dio cuenta el sochantre de que todos sus compañeros de viaje eran ya amarillos esqueletos polvorientos. A la calavera de madame De Saint-Vaast, con los saltos que daba la carroza por aquel camino no usado, le caía la peluca a cada momento. Sin embargo, el verdugo de Lorena seguía tomando y ofreciendo rapé. Despertó el fallecido de Quelven. Este, muerto de ayer, aún conservaba las carnes, pálidas, sí, y ya olía un poco. (...)

El sochantre ya estaba desfallecido de miedo

Alvaro Cunqueiro, Las Crónicas del Sochantre

PREMIO NACIONAL DE LA CRÍTICA 1959