viernes, 14 de agosto de 2015

LA CENA SECRETA


        Enviado por Javier, B2C

La trama se desarrolla durante la creación de la obra La Última Cena, encargo de Ludovico el Moro al artista Leonardo da Vinci como parte de la ampliación y decoración del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, en Milán, Italia entre 1495 y 1497.

Javier Sierra realiza hipótesis sobre cuáles pudieron ser las verdaderas fuentes de Leonardo para pintar una de las obras sacras más conocida de la cristiandad y sobre la posible relación de Leonardo con los cátaros.

Región de la Lombardía. Enero de 1497. Fray Agustín Leyre, inquisidor dominico experto en la interpretación de mensajes cifrados, es enviado a toda prisa a Milán para supervisar los trazos finales que el maestro Leonardo da Vinci está dando a La Última Cena. La culpa la tiene una serie de cartas anónimas recibidas en la corte papal de Alejandro VI, en las que se denuncia que Da Vinci no sólo ha pintado a los Doce sin su preceptivo halo de santidad, sino que el propio artista se ha retratado en la sagrada escena, dando la espalda a Jesucristo. El remitente, al que en la Secretaría de Claves de los Estados Pontificios conocen como “el Agorero”, conoce a la perfección lo que está ocurriendo en el convento de Santa Maria delle Grazie y, desesperado por la pasividad de Roma, decide tomarse la justicia por su cuenta y acabar con los cómplices herejes que sostienen la labor de Leonardo.

La cena secreta, recrea una época y unos enigmas fascinantes. Por ejemplo, es rigurosamente cierto que Leonardo pintó una Última Cena sembrada de anomalías bien curiosas: su composición no muestra el Santo Grial, pero tampoco a Cristo instaurando el sacramento de la eucaristía, sino que hace un gesto con las manos parecido a una imposición, idéntico al único sacramento que ejercitaban los cátaros durante sus ceremonias, el Consolamentum. Los discípulos son en realidad retratos de importantes heterodoxos de su época, y en la mesa, lejos de haberse servido el preceptivo cordero pascual, sólo puede verse algo de pan, sal, naranjas y pescado. Es evidente que tampoco la actitud de los Doce en esa composición refleja lo que narran los evangelios. Juan, el joven discípulo que está sentado junto al maestro, no apoya su cabeza en el pecho del Maestro, como dice el Nuevo Testamento. Más bien, al contrario. Parece alejarse de Él. ¿Por qué? ¿Y cómo permitieron a Leonardo pintar un mural con tantas contradicciones doctrinales?

La cena secreta, en una narración trepidante, desvela cuáles pudieron ser las verdaderas fuentes de las que bebió Leonardo para pintar la obra sacra más conocida de la cristiandad.

En cuanto a mi opinión sobre el libro he de decir que presenta un argumento atractivo para los amantes del misterio; sus diálogos fluidos te sumergen en la realidad de aquel tiempo. Es un libro que puedes leer una y otra vez porque está tan bien documentado que es como un libro de Historia aunque propiamente casi que lo es. Es sin duda una investigación sobre uno de los frescos más importantes de la humanidad y aunque parte del argumentario es ficticio está cercano a lo oculto. Si hay algo que me ha gustado bastante del libro son sus explicaciones a pie de página, pero por el contrario si hay algo que no me ha gustado es el excesivo número de personajes que presenta Javier Sierra en su novela. También otro de los aspectos que tal vez me decepcionaron es que el final no viene de forma inesperada provocando la sorpresa sino que viene a seguir el hilo principal de la historia contada por el padre Agustín Leyre. Reseño esto porque personalmente prefiero que las historias tengan un giro sorprendente de los acontecimientos.