domingo, 30 de agosto de 2015

EN LA TARDE DORADA


En la tarde dorada
lentamente nos deslizamos por el agua,
pues, con poca habilidad, son empujados los remos
por unos pequeños brazos infantiles,
que intentan en vano, con sus manitas,
ser nuestros guías en el viaje.
Ah, las tres son crueles, En tal hora,
bajo tal clima de ensueño
ellas me pedían un cuento
cuando apenas tenía aliento
para mover una pluma.
Mas qué podía una voz tan pobre
contra las tres lenguas juntas.
Prima, imperiosa, lanza
su decreto: «comiénzalo enseguida».
En tono más amable, Secunda propone:
«Que en el cuento haya muchas cosas sin sentido».
Mientras que Tertia interrumpe la historia
no más de una vez por minuto.
Hecho por fin el silencio,
persiguen con la imaginación
a la niña del sueño, en movimiento
por un nuevo mundo,
a través de una tierra de maravillas,
en charla amigable con aves y bestias.
Y casi creen que es cierto.
Y siempre que el narrador,
seca ya la fuente de la inspiración,
quería posponer el relato y decía:
«Seguiré contando el resto la próxima vez».
Las voces alegremente decían:
«¡Ya es la próxima vez!».
Así fue surgiendo la historia de El País de las Maravillas:
lentamente, una a una,
sus aventuras se forjaron.
Y ahora que el cuento se ha terminado,
también el timón de la barca nos lleva al hogar
bajo un sol de poniente.
¡Alicia!, acepta esta historia infantil.
Y, con una mano amable,
colócala donde los sueños de la infancia se entrelazan,
en la franja mística de la memoria
como un ramo de flores marchitas
cortadas por un peregrino en una tierra lejana.

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas