domingo, 9 de agosto de 2015

¡BUENAS NOCHES, PRÍNCIPES DE MAINE, REYES DE NUEVA INGLATERRA!


«Aquí en St. Cloud’s», escribió el Dr. Larch, «tratamos a los huérfanos como si descendieran de familias reales».

En la sección niños, este sentimiento edificante informaba su bendición nocturna expresada a voz en grito por encima de las camas dispuestas en fila, en la oscuridad. La bendición del Dr. Larch seguía a la lectura de la hora de dormir, tarea que pasó a ser responsabilidad de Homer Wells. El Dr. Larch quería transmitirle más confianza en sí mismo. Cuando Homer le comentó cuánto le había gustado leer en voz alta para los Winkle en su tienda de safaris —y que creía haberlo hecho bien aunque los Winkle se quedaron dormidos—, el médico decidió que debía estimular el talento de ese chico.

En 193—, Homer Wells empezó a leer David Copperfield en la sección de niños; veinte minutos cada vez, ni uno más ni uno menos; pensó que leerlo le llevaría más tiempo que a Dickens escribirlo. Titubeante al principio —y dejándose tomar el pelo por los pocos chicos que tenían casi su edad (ninguno era mayor)—, con el tiempo mejoró. Todas las noches murmuraba en voz alta, para sí mismo, el primer párrafo del libro, que tenía el efecto de una letanía y de vez en cuando le permitía dormir en paz.

«¿Seré yo el protagonista de mi propia historia o, en cambio, este papel le estará reservado a otro?, estas páginas lo mostrarán».

«¿Seré yo el protagonista de mi propia historia?», murmuraba para sus adentros Homer. Recordaba la sequedad de sus ojos y su nariz en la sala de calderas de los Draper de Waterville; recordaba la espuma del agua que se había llevado a los Winkle; recordaba aquel brote frío, húmedo y hecho un ovillo que yacía muerto en su mano.

Y después de «la retreta», y de que Enfermera Edna o Enfermera Angela preguntaran si alguien quería un vaso de agua, o si alguien necesitaba por última vez el orinal —y los puntos de luz de las lámparas recién apagadas aún parpadeaban en la oscuridad, y la mente de cada huérfano dormía, soñaba o compartía las aventuras con David Copperfiel—, el Dr. Larch abría la puerta que daba al pasillo, con sus tuberías a la vista y sus colores hospitalarios.

—¡Buenas noches! —gritaba—. ¡Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra!

John Irving, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra