lunes, 29 de septiembre de 2014

LA CATEDRAL

Es una novela histórica con algunos rasgos fantásticos escrita por César Mallorquí en el año 1999, 

Telmo Yáñez, hijo de un maestro constructor, dedica su tiempo libre a esculpir una estatua. El día de su cumpleaños su padre le lleva a la logia y presenta su trabajo a los demás francmasones y ellos, sorprendidos de lo bueno que es, lo aceptan en la logia y su padre le regala un juego para tallar. 

Un día llegan a Estella tres caballeros del temple (Eric, Gunnar y Loki) vestidos como vikingos, que quieren descubrir a los autores de los robos realizados a los cruzados en Acre. Parte con ellos hacia Kerloc´h. En el camino los tres hombres no responden a la preguntas de Telmo y un día en que sufren una emboscada se da cuenta de que son Caballeros del Temple. 

Cuando llegan a Kerloc´h Telmo se instala en casa del maestro Hugo de Gascuña. Los mejores imagineros de occidente se enfrentan en concurso y lo gana Telmo. Trabaja todos los días en el castillo de los aquilanos. Realiza una estatua del ángel San Miguel, pero en realidad es Lucifer. Morirán dos obreros justo después de decirle a Telmo secretos acerca de la Iglesia. Cuando se acaba la catedral ordenan a todo el mundo que abandone el pueblo. La catedral en realidad sirve para convocar al Diablo, mediante el eco de una inmensa campana y el sacrificio de una joven virgen, Valentina. Los templarios, tras llegar un refuerzo de veinte hombres se enfrentan a los aquilanos y Eric vence a su enemigo: Simón de Valaquia. Consiguen destruir la catedral.

La destrucción de la catedral supone la victoria del bien sobre el mal, en una novela que exhibe una perfecta dosificación de la intriga. Se trata de una obra bien escrita, con una narración y diálogos ágiles, que mantiene vivo el interés en todo momento. 

Es importante valorar la actitud que Telmo muestra a lo largo de la obra; no es sólo su actitud, sino su constante afán de superación ante las dificultades, en busca siempre del trabajo bien hecho. El personaje protagonista resulta perfecto en su combinación de valentía e ingenuidad. El templario Erik de Viborg es un soldado obsesionado con la venganza, y resulta imposible no simpatizar con él. Los malos tienen motivaciones claras y actuaciones comprensibles... 

Conviene poner de relieve, asimismo, la ambientación de la obra, así como la necesidad de conocer los aspectos culturales más significativos de la Edad Media. En cuanto al elemento fantástico está bien tratado y goza del refuerzo que aportan las poderosas descripciones del autor y su facilidad para transmitir sentido de la maravilla. 

Dejemos hablar a Telmo

En cuanto a mí, Corberán expiró antes de completar la maldición, mas de lo que dijo puede inferirse que pretendía condenarme a vagar siempre por el orbe, sin encontrar jamás un hogar definitivo. A decir verdad, eso fue lo que hice desde entonces, mas yo no creo que tal clase de vida sea mala, y pienso que, de cualquier forma, las cosas hubiesen discurrido por idénticos cauces, con maldición o sin ella. 

Tras los terribles sucesos que acaecieron en Kerloc'h, quise participar en la construcción de otras catedrales —templos verdaderos y no edificios de pesadilla—, como si de ese modo pudiera desprenderme del hedor del que se había impregnado mi alma al enfrentarme a la Bestia. De modo que viajé por la cristiandad durante muchos años, de obra en obra, aportando mi trabajo a la construcción de grandes y hermosas iglesias. Eso hice. 

Pero, y después ¿qué?... Bueno, quién sabe, quizá llegué a ser maestro constructor, o puede que me quedara en simple imaginero; quizá regresé a Navarra, con mis padres, o quizá acabara casándome con Valentina. Puede que sí, puede que no. Aunque, en el fondo, ¿qué más da? Lo que fuera de mi vida después de Kerloc'h carece de interés. Sólo algo tiene importancia: yo, Telmo Yáñez, compañero constructor, combatí en la batalla del Harmagedón, y mi bando salió triunfante. Un simple aprendiz de masón se enfrentó cara a cara con la Bestia y venció. Por eso, cuando abandoné Kerloc'h hice algo que para mí tuvo un significado muy especial. 

Apenas llevaba recorrida media legua cuando me fijé en que, a la orilla del camino, había una de esas rocas erguidas que un pueblo olvidado levantó en épocas remotas. Me detuve y la contemplé largamente; luego, casi sin proponérmelo, bajé del caballo, saqué de mi bolsa mazo y cincel, y sobre la áspera piel de la piedra grabé un signo. 

El mismo signo que podréis encontrar en los muros de muchas iglesias, o firmando una escultura quizá un poco diferente a las demás. Es una marca que, cuando mis huesos sólo sean polvo barrido por el viento, me sobrevivirá. 

Una T inscrita sobre una Y. 

Mi marca.

Si quieres saber cuáles han sido los terribles sucesos de Kerloc'h, tendrás que leer el libro 

PREMIO GRAN ANGULAR 2000
PREMIO CERVANTES CHICO 2015