martes, 17 de enero de 2017

UNA CARICIA DELICADA Y MUY FRÍA


Se dirigió hacia la puerta principal, pero notó un cosquilleo que le erizó la piel y la hizo detenerse.

Miró a su alrededor para ver de qué se trataba.

Hacía muchísimo frío. El cielo estaba muy oscuro, tan nublado que no se veía ni una estrella, y un silencio denso envolvía los árboles y los setos de la plaza. Irene se acercó al estanque y vio en el fondo a una de las carpas que nadaba en círculos rápidos, como si quisiera entrar en calor. Pensó que era un milagro que aquel bicho siguiera vivo, ya que una fina capa de hielo empezaba a cubrir los bordes de la fuente.

Y entonces volvió a notarlo. Alzó el rostro hacia el cielo y sintió una caricia delicada y muy fría que rodaba por sus mejillas como una lágrima.

¡Era nieve!

Extendió los brazos y empezó a dar saltos de alegría alrededor de la plaza. No sabía por qué estaba tan contenta por una simple nevada, pero no podía resistir el impulso de celebrar aquel acontecimiento con una alegría infantil.

Le entraron unas ganas locas de llamar a la puerta de todas las habitaciones para que la gente saliera y pudiera contemplar aquella maravilla blanca. Pero se recordó a sí misma que todo el colegio estaba de fiesta —su fiesta— y que Heather, Martha y los demás todavía debían de estar bebiendo real ale en el Dog & Bone a aquellas horas.

Los copos caían lenta y parsimoniosamente, e Irene se dio cuenta de que el manto blanco iba a cuajar.

Nunca había visto nevar sobre el mar, así que decidió hacer una pequeña excursión nocturna.

Rocío Carmona, La Gramática del Amor

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