miércoles, 24 de junio de 2015

LA MONEDA DE PLATA

                El horror, como todas las sensaciones no contaminadas por el discernimiento, desafía la disciplina del lenguaje. Y así, por más que el primer recuerdo que conservo esté grabado en mi mente con la nitidez de las líneas sobre la palma de mi mano, sólo me es dado evocarlo como una sucesión de impresiones momentáneas: el relincho lejano de un caballo, la mano cercenada que todavía aferraba una cimitarra, el hedor de un charco de sangre hirviendo bajo el sol del mediodía, el sabor del hierro en mi garganta.

                Mi primer recuerdo es de un campo de batalla. Mi nombre no importa, o aún no importa.

                Cuando abrí los ojos me encontré sepultado bajo una pila de cadáveres, y durante un instante de pavor me pensé uno de ellos. A mi alrededor, los cirujanos abreviaban con sus dagas la agonía de los moribundos. Le supliqué a mi cuerpo, esa doliente llaga que tan sólo codiciaba la muerte fulminante del cuchillo, que reptara hacia el río. Apagué mi sed y reparé en mi reflejo sobre la corriente. Una magia extraña hizo que las aguas discurrieran río arriba y mostraran imágenes pretéritas: un grupo de ménades danzando con serpientes enroscadas en torno a sus brazos, un niño que oraba ante la figura de un leopardo, un muchacho abatiendo su primer jabalí y a su primer enemigo, un hombre joven que depositaba una ofrenda en un templo adornado con un friso de centauros. Después, la fuente de mi memoria se secó por completo y las imágenes dieron paso al intolerable presente y al dolor. Por último, sólo quedó el dolor.

                El miedo me mantuvo oculto tras unos arbustos hasta que el último soldado hubo cruzado el río, hasta que el último estandarte y la última lanza se perdieron en el temeroso horizonte. Me puse en pie y aguardé en silencio la acometida del recuerdo, pero el recuerdo no llegó. Detrás de mí, un sol fatigado declinaba lentamente; delante, mi sombra se proyectaba trémula hacia los indefinidos confines del paisaje. «Un hombre sin memoria que lo ancle en el tiempo —razoné— vale menos que un cadáver.» Abrumado por la desdicha de no ser, herido y desnudo, emprendí mi camino con rumbo incierto.

                Fatigué durante días la cóncava planicie, que era el mundo y era más grande que el mundo. De noche, la bóveda se poblaba de constelaciones desconocidas que contaminaban mis sueños de locura; de día, el horizonte reverberaba con espejismos: vi una deslumbrante ciudad edificada de mármol y geometría, rica en baluartes y anfiteatros y templos, en cuyo centro se alzaba desmesurada una biblioteca; vi una avenida infinita flanqueada por esfinges de piedra; vi un intrincado palacio custodiado por una bestia, que no era un toro ni era un hombre; vi un tigre en cuya piel un dios había trazado, con secretos caracteres, la sentencia mágica que por sí sola serviría para conjurar, no ya mis males, sino todos los males del mundo.

Bebí el agua inmunda de las charcas que encontré a lo largo del camino, me alimenté de la carne aborrecible de las serpientes. Un día, saciado de penurias y apariencias, me dejé caer dentro de una hendidura y supliqué a mis dioses, cuyos nombres había olvidado, que sobrevinieran breves la noche y el olvido. Allí me encontraron unos mercaderes de ojos oblicuos cuyas palabras no entendí. Uno de ellos, quien se dijo conocedor de las lenguas de occidente, me aseguró que me encontraba más allá del río Yaxartes, que riega la ilimitada estepa de los escitas. Hacia el sur, de donde yo venía, un rey bárbaro llegado de poniente libraba grandes guerras de conquista. Ellos se encaminaban hacia el este, de regreso a su país, que llamaron la tierra de Shang.

Aquellos hombres saciaron mi sed y untaron ungüento en mis heridas. Mi carne restaurada volvió a apetecer la vida. Me uní a su caravana en un viaje que llegué a pensar sin final, y que nos condujo, a través de cordilleras de nombre incierto y desiertos extenuados, hasta un país cuyos habitantes hablaban en las lenguas de los pájaros, una tierra cuya inconcebible vastedad se miraba en los cielos. Allí, obediente a un destino que presentí guerrero, vendí mi espada como mercenario.

En ésta mi historia —acaso en todas las historias de los hombres— tan sólo el principio y el final revisten importancia, ya que el resto se reduce a un brevísimo intervalo en el vacío. Baste, pues, con decir que sobreviví a muchas otras batallas y que numerosas fueron las ocasiones en que mis armas se tintaron de sangre y de victoria. El inevitable desenlace no ocurrió hasta muchos años después, cuando, tras regresar de una expedición contra el reino de Chou, recibí con mi parte del botín una bolsa llena de monedas. Entre ellas había una extraña pieza de plata, una moneda extranjera de la cual no pude apartar la vista. En su anverso vi representado a un hombre joven de rizados cabellos; dos cuernos de carnero brotaban de sus sienes. Al cabo, noté el calor de las lágrimas sobre mi rostro.

                —¿Qué te ocurre? —preguntó mi capitán—. ¿Te atormenta alguna antigua herida?

                Negué con la cabeza y le mostré mi hallazgo.

                —Contempla esta moneda —repuse con la voz empañada por el llanto—. Es un tetradracma de plata que yo mismo ordené acuñar para celebrar mi victoria sobre el Gran Rey en Gaugamela, cuando todavía era Alejandro de Macedonia y el Asia entera se estremecía al oír mi nombre.

Eloy M. Cebrián