martes, 16 de junio de 2015

HOY ES EL DÍA MÁS HERMOSO DE NUESTRA VIDA


Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la bueno conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén.

(Cita atribuida a Miguel de Cervantes)

El sol salió por el horizonte, como siempre; los rayos del sol atravesaban la fina cortina del dormitorio rompiendo la penumbra de la habitación. Adrián, en su cama pero despierto, contemplaba como los objetos de la habitación parecían cobrar vida con la luz del amanecer. Sí, el sol salió por el horizonte, como siempre, pero no era un día cualquiera.
A pesar de ser muy temprano Adrián no podía dormir, así que decidió levantarse y darse una ducha para espabilarse del todo. Era un chico joven, o al menos con veinticincoaños a mi me lo parecía, tenla el pelo moreno y rizado, y unos enormes ojos grises... o azules... o verdes, no sabría deciros. Era delgado y alto, de piel muy blanca, casi pálida, y portaba una sonrisa encantadora. Se duchó rápido y sin hacer mucho ruido, no quería despertar a su madre, aunque tenía claro que ella se levantaría enseguida, siempre lo hacía, y más si él estaba en casa, pues le encantaba prepararle el desayuno a su "pequeño". Con el albornoz puesto y el pelo todavía húmedo, volvió a su habitación y abrió el armario, ¿Qué me pongo?, pensó para sí mismo, cogió unos vaqueros y una camisa para luego volver a dejarlo todo en su sitio otra vez y decidirse finalmente por un pantalón de tergal azul y un jersey de hilo gris, que hacia juega con sus ojos, y comenzó a vestirse.
- Adrián - dijo su madre desde la habitación contigua - ¿Te hago el desayuno?
- Déjalo, mamá, mejor sigue durmiendo y ahora me preparo yo un café.
- ¿No quieres que te haga algo, unas tostadas, un zumo…?
- Que no, mamá... duérmete
Su madre ya no contesto, sabía muy bien que si su hijo decía que no a algo, era que no; de manera que prefirió dejarlo y seguir durmiendo un poco más, aún a sabiendas de que ya no podría dormirse y se levantaría en cuanto este se marchara.
Adrián por su parte, una vez vestido, se fue a la pequeña cocina del apartamento y se calentó una taza del café que había hecho el día anterior. Se comió un par de galletas María sin llegar a sentarse en una silla y volvió de nuevo a su habitación para coger un par de cosas. Debía de irse pronto, no quería llegar tarde.
Ahora, con el sol más alto, la habitación aparentaba ser mayor, y los lomos dorados de los libros de las estanterías parecían diminutos soles a punto de estallar. Adrián cogió su cartera de piel y metió dentro unos folios unos lápices, un borrador, un sacapuntas y una pluma, que era un regalo de su madre. Se quitó las zapatillas, se puso sus mejores zapatos, los negros de cordón fino, limpios y brillantes, y salió hacia la puerta de la casa donde en la entrada estaba colgado su abrigo negro y su bufanda de cuadros. Se lo puso todo y salió del piso sin hacer apenas ruido. Cuando iba a cerrar la puerta escuchó una voz que le decía:
- Abrígate, no vayas a coger frío .
-Si, mamá... y duérmete, por Dios.
Sonriendo para sus adentros, bajó los dos pisos que le separaban de la calle, por la estrecha escalera, una escalera antigua, como el edificio, con un pasamano de hierro negro y el suelo de terrazo, pintada de un blanco impoluto y con un fuerte olor a lejía.
Abrió la pesada puerta, también de hierro negro, y respiró el aire de la calle, ese aire plomizo de ciudad, con olor a gasolina, a polución, vamos, a ciudad, a su ciudad. Pero a él le encantaba; de hecho, no había respirado otra cosa en toda su vida, salvo cuando se iba una semana de vacaciones a la playa con sus tíos, pero enseguida la echaba de menos.
Con pasos largos y firmes avanzó por la acera en busca de la estación de cercanías que había a pocas calles de allí, la misma estación donde años antes solía ir con sus amigos a poner monedas en las vías, ¡qué recuerdos...!
- ¡Adiós, Adrián! -dijo la señora de la panadería que estaba barriendo la entrada de su local- ¡que guapo vas esta mañana! ¿quieres un bollo? Los acabo de sacar del horno.
- No, Doña Luisa, muchas gracias, pero tengo prisa .
Doña Luisa era la panadera de aquel lugar desde antes de que naciera Adrián y lo había visto crecer, lo quería como a un hijo, aunque lo cierto es que tenia edad para ser su abuela. Adrián siguió caminando por la acera, conocía bien aquellas calles, se sabía de memoria cada rincón de aquel barrio, cada casa, cada lugar, la peluquería, la tintorería, el bar de Paco, el colegio... Hoy estaba nervioso, como aquellos días en los que tenía un examen y había estudiado poco, pero no podía permitírselo, no, ¡debía de estar tranquilo! Esa mañana era muy importante, y la ilusión era mayor que su miedo; recordó las palabras de aquel viejo profesor que le daba historia, "los grandes hombres nunca se dejan vencer por sus miedos", tal vez hoy era el momento de poner en práctica aquella frase. No     había mas remedio y al pensar en ello no pudo evitar tocarse la cruz que llevaba colgada al cuello. Era un recuerdo de su abuelo que llevaba encima desde que era muy pequeño.
- Adrián, chiquillo, ¿a dónde vas? Pasa a tomar un café.
Un hombre de unos sesenta años con el pelo canoso y una generosa barriga, asomó por la puerta del bar al verlo. Era Paco, el dueño. Adrián habla trabajado para él de camarero en la terraza algunos veranos, tiempo atrás, y se había ganado su cariño.
- No puedo, Paco, gracias, tengo prisa, luego te lo cuento todo más despacio.
- Eso espero, niño, .le dijo sonriendo y volviendo a meterse adentro.
En apenas cinco minutos ya estaba en la estación, la vieja estación de ferrocarril donde tantos días había cogído el tren para ir a la Universidad cuando decidió estudiar una carrera. Aquel viejo edificio le traía tantos recuerdos, sus paredes viejas y grisáceas, sus desgastadas bancos en la sala de espera, ese aroma tan peculiar en el ambiente, mezcla del café de la cafetería, los perfumes de las mujeres y el propio olor de los trenes que allí paraban. Adrián saludó con la mano al empleado de la taquilla, lo conocía de tantas veces que lo había atendido y salió al andén, Su cercanías estaba haciendo la entrada, por eso tenia tanta prisa. La gente se agolpaba en las puertas de los vagones para subir, y, aunque no iba lleno, era previsible que se llenaría antes de llegar a su destino: todo el mundo quería ir a trabajar a la misma hora. A pesar de las prisas de la gente, cuando él subió, todavia quedaban asientos libres. Se fue al centro del vagón, donde dicen que se mueven menos los trenes, y se sentó junto a la ventanilla. El tren se puso en marcha y la estación desapareció de la ventana, dejando a la vista el paisaje urbano que a Adrián tanto le gustaba contemplar. La ciudad era un ser vivo ante sus ojos, por sus venas, personas y vehículos iban de un lado para otro, transportándolos a a ellos mismos, sus mercancías o sus sueños, igual que él en ese instante.


Hipnotizado por el sonido de las vías apenas se dio cuenta de que hacían su primera parada, pero al hacerlo miró instintivamente hacia las puertas del vagón. Un puñado de personas entró en tromba, y, conforme fueron disolviéndose, apareció una chica menuda y rubia, de ojos pardos como el lomo de un visón. Llevaba una falda larga y un chaquetón de cuero, ambos negros; por arriba, asomaba un jersey rojo de cuello vuelto. Se quedó mirando y enseguida lo vio. Grácil, sutil, liviana, caminó hacía él, mientras este le ofrecía la mejor de sus sonrisas. Sin preguntar nada se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
- Hola Adrián, me alegro de verte, aunque tampoco me sorprendes Tino me dijo lo que había y esperaba verte por aquí cualquier mañana. Hoy es el gran día, ¿verdad?
Adrián la contempló con la serenidad del que disfruta de una puesta de sol. Lorena, su antigua novia de la universídad, a pesar de los años seguía poniéndolo nervioso. Posiblemente era algo que no se le pasaría nunca, ¡qué se le iba a hacer!
- Yo también me alegro de verte Lorena... Estas increíble - dijo tras unos instantes- Pues, la verdad es que si, hoy es el gran día.
- ¿Y qué, estás nervioso? Yo lo estaría -dijo cogiéndole la mano.
- No es como cuando tentamos un examen con don Severino, pero, sí, la verdad es que sí, un poco. -dijo mirándola a los ojos fijamente.
Al decir aquello Lorena soltó una carcajada y comenzó a hablar de aquellos años en los que iban juntos al colegio. En la mente de Adrián los recuerdos empezaron a aflorar como pequeñas margaritas. Sin darse cuenta ninguno de los dos, el vagón se abarrotó de gente, gente ajena a ellos, a sus risas y a sus miradas. Su estación de destino llegó pronto, muy pronto; para Adrián, quizás demasiado pronto. El tren comenzó a detenerse y la mayoría de los viajeros fueron poco a poco abandonando sus asientos en busca de las puertas de salida. Ellos se levantaron los últimos, sabiendo que tenían tiempo de sobra para bajar, y se pusieron al final del pelotón de viajeros. Al salir del tren el frio atacó sus rostros y comenzaron a exhalar aire caliente por la boca en forma de vapor.
- ¡Caray! - dijo Lorena - hace ahora más frío que cuando subimos, ¿no te parece?
- Ya lo creo, y encima parece que va a llover -contestó Adrián- será mejor que nos demos prisa.
Escoltados por un tumulto de desconocidos, cruzaron el interior del vestíbulo y salieron  por fin a la calle, a la ciudad, y allí ambos se detuvieron.
- Bueno, supongo que aquí nos separamos -dijo Adrián- por cierto, no te he preguntado, ¿Qué tal tu trabajo?
- Bien, un poco aburrido, pero bien. El típico trabajo de una gestoría, ya sabes -dijo Lorena ofreciendo una de sus discretas sonrisas.
Un abrazo, un beso, y poco más. Lorena se dio la vuelta y se marchó perdiéndose entre las personas que abarrotaban aquella acera, y Adrián se quedo unos instantes contemplándola marcharse como una flor en un río arrastrada por la corriente, "¡Adiós, Lorena!", pensó para sí mismo. Una fina lluvia comenzó a caer. Se subió el cuello del abrigo y, con su cartera bajo el brazo y las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta. Se hacía tarde.
Resulta curioso cómo puede ser posible que a pesar de estar rodeado de gente, a veces uno puede sentirse solo. Tal vez fuera por la lluvia, por el frío día o simplemente por sus nervios, pero le daba la impresión de que la gente no lo veía, se sentía como un fantasma al que nadie puede ver, aunque él podía verlo todo. Las aceras comenzaban a estar mojadas y le daban al paisaje un cierto aspecto de postal, pero él, a pesar de sus nervios,ahora era capaz de recordar donde se había dejado el paraguas que en esos momentos tan bien le habría venido. Se puso la cartera en la cabeza y aceleró el paso.


El edificio al que iba ya podía verse, y conforme avanzaba, los nervios iban atenazando su estómago. No era miedo, era incertidumbre, y aunque no dudaba de sí mismol, no sabía muy bien lo que iba a pasar a partir de ese día. De no haber sido el hijo de una madre soltera, podría haber hablado antes con su padre de algunas cosas que le preocupaban, y habría obtenido respuestas menos protectoras que las que le daba su madre, ¡qué contenta se puso cuando se lo dijo! ¡Cuánto le debía, cuánto la quería!
Se detuvo frente a un enorme edificio con la parte inferior de la tachada en piedra, pero sólo la parte de abajo, todo lo demás eran enormes ventanas con cristales tintados: era un edificio de oficinas. Respiró profundo y cruzó la enorme puerta de acero, y al pasar miró a todos lados como buscando a alguien, pero no lo encontró. En su lugar, un tipo alto y de cara agria, vestido de conserje, abandonó el mostrador del enorme vestíbulo y se acercó hasta él.
- Buenos días -dijo aquel hombre con voz áspera- ¿se ha perdido usted? El edificio de Hacienda está más adelante, si es lo que está buscando.
Adrián miró al conserje algo intimidado pero, antes de que pudiera contestar nada, la voz de un señor elegantemente vestido surgido de la nada se introdujo entre los dos.
- El señor no se ha perdido, Sebastián -dijo el elegante caballero al conserje- El señor es Don Adrián Blázquez, un nuevo miembro de nuestra firma de abogados y al que a partir de ahora vas a ver por aquí todos los días.
- Por supuesto -dijo el conserje al darse cuenta de la metedura de pata- Bienvenido, señor.
Y escoltado por el recién llegado, que lo llevaba cogido con una mano en el hombro, ambos se dirigieron al sobrio ascensor que abría sus puertas cuando ellos llegaban hasta él. Se metieron dentro, y todos los miedos que Adrián había traído consigo se quedaron en el vestíbulo de aquel edificio, junto con la mirada impávida de aquel conserje que lo observaba mientras se cerraban las puertas. Aquel era un día especial, aquel era su primer día de trabajo como abogado.

Inés Herrera Mesas