lunes, 22 de junio de 2015

ABRACADABRA

A las ocho y media de la tarde, el Gran Prince Magic se encontraba en el paseo de la Castellana, cerca del Museo Sorolla. Momentos antes; mientras viajaba en el autobús, el viejo mago había experimentado una transformación. Una especie de energía fluía ahora en su interior, una corriente, una fuerza capaz de desplazar de su cabeza los pensamientos más negativos. Tenía que demostrar al mundo quién era él, quería hacerlo, y para ello volvería a realizar magia, la verdadera magia, la que solo unos pocos privilegiados dominaban. Él no era un ilusionista, un simple tramposo que engañaba a la gente con trucos baratos. Él era mago, un auténtico mago capaz de burlar las leyes físicas y de convertir lo sobrenatural en natural. Así lo había demostrado cientos de veces en sus distintas actuaciones a lo largo de los años. Sentía que tenía que hacer algo grande, que la energía se le escapaba por la punta de los dedos.

Hizo una pequeña prueba. Metió la mano derecha en el bolsillo vacío de su chaqueta, el mismo que había alojado el cuerpo inerte de Blanquita, y cuando la sacó portaba un llamativo balón de colores que de ningún modo hubiese cabido en un espacio tan pequeño. «Toma niño, es para ti», le dijo a un chavalin que caminaba solo y que tenía toda la pinta de ser un indigente.

«¡Gracias!», exclamó el niño con una amplia sonrisa. Y el Gran Prince Magic se sintió el hombre más feliz de la Tierra.

Comenzaba a apagarse el día y el viejo mago tomó el paseo del General Martínez Campos para dirigirse a la vieja pensión donde pernoctaba, en la callé de Santa Engracia. Al pasar ante el museo que tantas veces había visitado comprobó que estaba abierto. «Horario especial: abierto ininterrumpidamente de 9:30 a 21:30 h», leyó en un cartel. Sabía que el museo cerraba a las ocho de la tarde de manera habitual, pero siempre había jornadas especiales en las que ampliaba su horario para deleite de los visitantes, que podían dedicar más tiempo a admirar las obras de su pintor favorito. No lo dudó. El acceso para mayores de sesenta y cinco años era gratuito y su reloj marcaba las nueve de la noche. Todavía podía disfrutar durante media hora de las pinturas de un genio como Sorolla, un genio como él mismo, porque al fin y al cabo lo que el artista valenciano había conseguido plasmar en los lienzos era magia. Siempre había sido uno de los pintores preferidos de su madre, junto con los impresionistas Monet y Van Gogh, y en una ocasión, cuando su brillante carrera como mago se lo permitió, compró para ella una de las más bellas obras del artista valenciano, que más tarde, a la muerte de la anciana, fue donada al Museo d' Orsay, en París.

Sorolla había sido capaz de atrapar la luz, la energía, la misma energía que en aquel momento recorría el cuerpo del Gran Prince Magic con la fuerza de un volcán. El pintor la había sabido retener en cientos de lienzos, y el viejo mago la iba a liberar solo en uno. Un solo cuadro seria el elegido para demostrar al mundo su poder. Así lo había decidido, y con esa idea martilleándole la cabeza, y una sonrisa escondida entre los labios, se adentró en el museo.

Atravesó los tres jardines de inspiración andaluza sin apenas entretenerse en su contemplación; ya los conocía demasiado. Cruzó el patio y accedió a la sala de dibujos.

Observó algunas de las acuarelas y gouaches, pero no eran aquellas obras de arte las que buscaba. El Gran Prince Magic ya tenía claro cuál sería el cuadro en el que volcaría toda su magia.

Subió a la planta principal, dividida en tres salas, que constituyeron en su día la zona de trabajo del pintor. Un grupo de visitantes, precedidos de un guía, abandonaban en ese momento la Sala 11 y era de suponer que accederían a la III, justo la que el viejo mago necesitaba vacía y sin testigos para llevar a cabo su plan. Anduvo un tanto nervioso de sala en sala contemplando la belleza de los lienzos, el brillo del mar, la luz cegadora que parecía escapar de aquellas pinturas mágicas, como si en vez de observar cuadros estuviera mirando a través de ventanas abiertas.

Se fijó en su reloj. El tiempo transcurría demasiado deprisa y él tenía álgo importante que hacer. Apenas contaba con diez minutos. La visita guiada abandonó la Sala III y el viejo mago accedió a ella con el pulso acelerado. Todavi quedaban algunos visitantes que iban por libre; pero. no fue óbice para que el Gran Prince Magic se detuviera ceremoniosamente ante aquel enorme cuadro. Toda la energía flotaba a su alrededor y un halo de luz envolvía al anciano. Podía haber sido apreciado por cualquiera que se hubiese fijado en él, pero la gente estaba demasiado absorta en la contemplación de las pinturas, y nadie reparó en un hombre vestido de negro. El personal del museo comenzó a pedir al público que desalojarán las salas; faltaban cinco minutos para la hora de cierre. El Gran Prince Magic seguía como hipnotizado ante el cuadro Paseo a orillas del mar, una de las obras del pintor valenciano más conocidas a nivel mundial. Reparó en las dos mujeres, la blancura de sus trajes, la sombrilla abierta que portaba la de la izquierda y que parecía querer arrebatarle el viento, la arena cálida bajo sus pies, las pamelas de paja con adornos florales que portaban ambas damas, la de la izquierda cubriendo su cabeza, con una gasa que volaba sobre el rostro, la de la derecha en la mano, permitiendo que el sol y la brisa del mar acariciaran la belleza de sus facciones. Era una hermosa estampa. La madre y la hija paseando junto al mar, un mar límpido y azul en un espléndido día de verano.

Un empleado del museo reiteró el aviso de que las salas fueran desalojadas, y el Gran Prince Magic, nervioso, miró de reojo a derecha e izquierda para cerciorarse de que estaba solo. Giró la cabeza con disimulo y escudriñó tras él. Los últimos visitantes habían abandonado la Sala III. Era su oportunidad; debía actuar rápido.

Colocó su mano derecha en el corazón y miró fijamente al cuadro. Primero se detuvo un instante en la contemplación de la madre, pero entonces fijó toda su atención en la joven de la derecha, la muchacha morena de la mirada perdida. Un resplandor sobrenatural envolvía al viejo mago y lo hacía levitar, ascendía lentamente hasta quedar a la altura de las dos mujeres. «Esto no lo olvidará nadie», se dijo. Del lienzo emanaba la misma luz cegadora que de su cuerpo, y ambas se fundieron en un espectáculo extraordinario. El Gran Prince Magic no escuchó el último aviso para desalojar la sala. El viejo mago en realidad no estaba allí, había alcanzado una dimensión desconocida. Separó la mano del corazón yla dirigió a la muchacha del cuadro. Potentes rayos luminosos salieron de sus dedos. Todo estaba preparado para la magia.

«Escaparás de aquí por un año, abandonarás el cuadro y el museo y entrarás en el mundo de los vivos». Después, la luz se fue tornando cada vez más potente y el mago gritó: «¡Ahora!».

Simultáneamente, en una playa de Valencia, una muchacha morena ataviada con extrañas vestimentas apareció paseando por la orilla del mar…

Maribel Romero Soler, El Último Truco de Magia