lunes, 15 de junio de 2015

LA MANO QUE AYUDA

           Travis había llegado al final de su cuerda..., al menos por decimosegunda vez. Acababa de ser despedido del trabajo; sabía que no había nada por lo que valiera la pena vivir, y en sus manos tenía los medios para poner fin a un existencia que no le ofrecía otra cosa que la humillación. El veneno de aquella botella -bellis annabula se llamaba- era rápido, seguro y absolutamente indoloro. Lo había robado del laboratorio donde había trabajado hasta un semana antes. Allí se utilizaba para fijar los hidrocarbonos. Travis tenía la intención de fijarse a sí mismo, de un vez por todas.

            Los pocos amigos que le quedaban pensaban que no era más que alguien que buscaba la atención de los demás, puesto que ya había intentado llevar a cabo aquella clase de acto un docena de veces. Bien, ¡esta vez ya les enseñaría él! Ya verían si tenía o no el valor para hacerlo, y después lo sentirían. Hasta era posible que su propia esposa lo sintiera...

Fue el pensamiento de su esposa lo que realmente endureció la decisión de Travis. Durante los diez años de matrimonio, el amor de ella había pasado por la indiferencia y se había convertido en odio..., un odio incisivo, dominante y ácido contra el que él se sentía indefenso.

            "¡Hazlo ahora!". Cerró los ojos y levantó la botella... ¡Y una mano le arrebató la botella!

            -¿Qué te piensas que estás haciendo? -preguntó la voz endurecida de su esposa.

            -Creo que es evidente -contestó Travis con un desamparado encogimiento de hombros
.
            Ella estudió la expresión de su rostro. Era un mujer grande, dotada de la extraña facultad de odiar sin límites. Ahora, sin embargo, la expresión de su rostro se suavizó.

            -Esta vez iba en serio, ¿verdad?

            -No importa -dijo Travis-. Ya lo haré mañana, o a la semana que viene.

            -Nunca creí que tuvieras la intención de hacerlo -dijo ella-. Supongo que te he hecho la vida imposible. Soy una persona que siempre tiene que salirse con la suya, a cualquier precio.

            -No comprendo por qué me lo has impedido -dijo Travis-. Después de todo, me odias.

          Su esposa no dijo nada. No era posible que ella estuviera cambiando sus sentimientos...  
           
-Te he juzgado mal -dijo ella finalmente- Creía que no eran más que fanfarronadas. ¿Recuerdas cuando amenazaste con saltar desde la ventana? Te asomaste a la ventana... así.

            Su esposa se asomó por la ventana, con el cuerpo inclinado hacia la calle.

-¡No hagas eso! -dijo Travis-. Me da vértigo.

            Ella retrocedió, sonriendo.

            -¡No me digas que vuelves a sentir cierto amor por la vida!

            -Podría sentirlo -replicó Travis-, si tú y yo...

            -Quizá -dijo ella, y Travis experimentó una repentina sensación de esperanza. ¡Las mujeres eran seres tan raros! Ella sonreía. Le puso las manos sobre los hombros y le dijo-: Estaba equivocada, querido. No tienes ni la menor idea de lo que siento por ti.

            A Travis le fue imposible responder nada. Se sentía conmovido. Las manos fuertes y acariciantes de su esposa sobre sus hombros le empujaron violenta e inefablemente... a través de la ventana abierta.

            Mientras caía hacia la calle, Travis aún la oyó gritarle:

            -¡Sólo quería hacerlo a mi manera, querido!

Robert Sheckley