lunes, 1 de junio de 2015

DEIRDRE

En Irlanda, el rey Connacher de la familia Ulster, celebraba la fiesta del Samhain en su salón real, cuando de pronto oyó un tenebroso grito. El druida consejero Cathbad, alzando su bastón, se acercó hasta el trono.

- El grito ha sido emitido por Deirdre -dijo mientras tocaba el vientre de Elva, la esposa del arpista real, que estaba embarazada- La niña será el fin de la Rama Roja, los reyes pelearan entre ellos por su belleza, y los tres mejores caballeros del reino conocerán por ella el exilio.

Hubo muchos que sugirieron su muerte, pero el rey, intrigado por su belleza, decidió que la niña, tras nacer, fuera llevada a un lugar lejano, y cuando fuera mayor la desposaría. Así fue.

La niña fue creciendo, y el aya que la cuidaba, Levarcham, le comunicó un día el deseo del rey de hacerla su esposa. Deirdre entristeció, hasta que una mañana que salió a pasear como de costumbre contempló un grupo de cuervos. Uno de ellos se posó en su brazo. A ella le recordó el hombre con el que una vez había soñado, que tenía los cabellos negros como el plumaje de los cuervos, la piel blanca como la nieve y los labios rojos como la sangre.

Pasó el tiempo, y llegó el invierno. Deirdre salió al bosque temprano. Oyó el sonido de unas voces y vio un grupo de cazadores que se aproximaba. Entre ellos reconoció al hombre con el que soñó tiempo atrás. Se acercó a él. Hablaron durante largo rato. Era Naois, el mayor de los hijos de Uisnach. Se enamoraron y decidieron huir juntos. Marcharon hasta llegar a las costas de Alba (Escocia) junto con los hermanos de Naois, pero no encontraron cobijo, porque cada rey al que pedían hospitalidad intentaba matar a los tres hermanos para quedarse con Deirdre. Así se iba cumpliendo la profecía. Finalmente, en una pequeña isla construyeron una casa y allí vivieron.

Pero el rey Connacher se enteró y decidió mandar a su emisario para comunicarles que no hacía falta que huyeran. Que podían volver en paz.

Deirdre había tenido un sueño que le auguraba un mal presagio. Aconsejó a Naois y a sus hermanos que no volvieran, que todo era mentira.

Pero no la escucharon y cuando volvieron a Irlanda el rey ordenó matar a todos, excepto a la muchacha, de la que seguía enamorado. Sólo consiguieron vencerles con la ayuda del druida.

Enterraron a los tres hermanos y encerraron a Deirdre en la torre del castillo del rey.

A los treinta días de su encierro, murió y fue enterrada junto a la tumba de Naois. Cada tumba fue marcada por una estaca de tejo. Dos años después, de cada estaca había crecido un árbol. Aunque sus troncos estaban separados por seis pies de distancia, los tejos continuaron creciendo y sus ramas terminaron por entrelazarse, dando la impresión de que se trataba de un solo árbol. Aunque las piedras que marcaban las tumbas se convirtieron en polvo, los tejos continúan vivos.

Leyenda Celta