sábado, 24 de mayo de 2014

LOOR A LA LECTURA

Ya está: sólo soy un lector. Lo demás es miseria o corolario. Y el lugar de un lector, su palacio, su aula y su palestra es la biblioteca. He leído que algunos aprenden grandes cosas sobre el universo y nuestras servidumbres para con él bajando a las cloacas o convocando a los dioses: por mi parte, sólo puedo decir que leí su testimonio junto a muchos otros y eso me basta. Supongo que tendrán razón, lo mismo que yo tengo una para no haberlos imitado. De modo que si me inquieren sobre qué libro o libros me llevaría a una isla desierta no sé cómo contestar porque la única isla desierta que conozco —desierta de adláteres pero abarrotada de íntimos fantasmas— es precisamente la biblioteca en la que moro desde que tengo uso de razón, o lo que es igual: capacidad de leer. (...)

No voy a recomendar a nadie la lectura como no pretendo aconsejar la dulce y fiera práctica del coito o la degustación de ese amigo de los hombres, el vino.

Toda pasión tiene sus peligros y sólo los idiotas sueñan con una vida apasionadamente segura, como sólo los exangües buscan una seguridad apática.

Quien no quiera mojarse que no aprenda a nadar, ni se atreva a amar o a beber. Y que no lea tampoco o que sólo lea para aprender, para destacar, para hacerse sabio o famoso, es decir: para seguir siendo idiota. El que valga para leer, leerá: en pergamino, en volumen encuadernado en piel, en libro de bolsillo, en hoja volandera o en la pantalla del ordenador. Leerá por nada y por todo, sin objetivo y con placer, como quien respira, como quien se embriaga o enreda sus piernas en las de alguien apetecible. Sólo eso importa, cuando la pasión manda.

Y así he leído yo no toda mi vida pero sí en los mejores momentos de mi vida. Ahora retrocedo un poco y acaricio con los ojos esta sobrecargada biblioteca con la que vivo, en la que vivo. Es como la farmacia de un viejo alquimista, donde pueden buscarse analgésicos y afrodisíacos, tónicos y conjuros diabólicos, visiones de gloria o pesadilla y la seca agudeza descarnada que revela lo real.

Ya es hora de volver a ella.

Fernando Savater