lunes, 6 de agosto de 2018

VIGO


Es una ciudad con arterias, pulmones y una estructura ósea que la sostiene. Su corazón es azul y los antepasados le pusieron el nombre de Atlántico. Él es quien expande el aroma salado por toda la costa. Es como si albergase en el interior de sus aguas un artefacto manejado por misteriosos e incansables animales marinos, que nunca dejan de bombear con sus patitas mientras exhalan burbujas de aire. En una zona llamada Berbés el olor es tan denso que si cierras los ojos y te dejas llevar por un instante, casi consigues trasladarte a las bateas que visten los alrededores del puente de Rande, una construcción imponente que se eleva sobre el mar. Allí, en el interior de las aguas, las bateas extienden sus extremidades como tentáculos invisibles, completamente infestadas de mejillones. Pero de pronto, vuelves a abrir los ojos y allí continúa el Berbés, una de las caras más tristes de la ciudad. De día es lonja y pesca de altura, barcos de nombres bonitos como Santa Mafalda, Capricornius o Destiner, que desafían el horizonte con sus proas alargadas como picos de pájaro. Las empresas de congelados de la zona rotulan sus edificios con carteles de letras grandes y frases hermosas que me despistan cada vez que conduzco por ese lugar, haciéndome soñar con historias que en realidad no existen: «No importa el frío, no se nos congelará el corazón» o «Este mar nos ha llevado al mundo». Pero cuando cae la noche, el Berbés se viste de suburbio. Muchos conductores circulan por la zona buscando mujeres prostituidas. De noche, el Berbés es una trampa.

Vigo es industria, calles, barcos, pescado, edificios antiguos de piedra, caballos, marineros arrastrando redes. Vigo es una criatura poliédrica y maravillosa. Una criatura que ha crecido hasta alcanzar la edad adulta. Pero no siempre ha sido así. La historia que me dispongo a relatar sucedió en un tiempo en el que todo estaba todavía por hacer. En un tiempo donde el mar y los montes no tenían barreras. Imagina por un momento una ciudad cualquiera. Empieza a quitarle edificios. Elimina el ayuntamiento, el teatro, las casas más imponentes, las esculturas modernas, los semáforos, los automóviles. Quita todo lo que pertenece a este siglo y también al siglo pasado. Sustituye aquellos lugares en donde hoy hay chalés a pie de playa, por mar y arena. Retira todo lo actual, pieza a pieza. Desnúdala hasta reducirla a su esencia. Ahí, en ese momento concreto es en el que empieza esta historia.


PREMIO LAZARILLO 2015

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