jueves, 30 de agosto de 2018

EL CRISMÓN DE LA CATEDRAL DE JACA


Don Arístides nos ha guiado entonces hasta la entrada principal del templo, un acceso situado en el extremo occidental de la nave, justo debajo del campanario. Allí ha querido que admiráramos su Magna Porta, una portada enmarcada por unas arquivoltas reconstruidas no hace mucho. Sobre su dintel, inscrito en una medialuna de piedra, nos ha mostrado la primera de las «pruebas físicas» que compartió con nuestro compañero: un crismón. El más grande y hermoso que hayamos visto nunca.

¿Han oído ustedes alguna vez hablar de ellos?

Los crismones son piezas decorativas singulares que sólo se encuentran en algunas iglesias medievales. Solían colocarse sobre vanos y lugares de paso y por lo general se reducían a un círculo en el que se inscribían las letras griegas rho (ρ) y ji (Χ), que eran las dos primeras del nombre en griego del Mesías (Χριστός). El ejemplar de Jaca ha resultado ser, sin embargo, muy distinto a todos los que conozco. Está flanqueado por dos leones simétricos, y sus letras, de un relieve afiligranado, forman una suerte de anagrama.

Don Arístides nos ha entregado incluso un grabado antiguo para que pudiéramos apreciar mejor sus inscripciones. Éstas, escritas en un latín repleto de arcaísmos, advierten a quien entra que sólo el que purifica su alma y se humilla en ese suelo alcanzará la vida eterna y superará la «ley de la muerte».

Deténganse en este punto un momento. ¿No era precisamente eso a lo que aspiraban los caballeros de los relatos artúricos? ¿No fue la superación de la muerte el principal atributo del grial?

Para rematar ese simbolismo, y siempre atendiendo a las explicaciones de don Arístides, el cantero del crismón subrayó su mensaje añadiéndole ocho margaritas que son prácticamente endémicas de esa pieza. Éstas se encuentran entre los radios, talladas con un detalle que maravilla. Son, nos ha dicho, muy raras en un símbolo de este tipo aunque su intención debió de ser muy clara en tiempos de Sancho Ramírez: se trataba de una marca de pureza. Un símbolo de renacimiento.

Javier Sierra, El Fuego Invisible

PREMIO PLANETA 2017

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