jueves, 16 de agosto de 2018

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Dentro de unos días, habré llegado a El corazón de las tinieblas.
Esa novela siempre me ha obsesionado. Al encontrarme, un siglo largo después de Conrad, en los mismos lugares que él visitó, donde padeció la aventura que después se convirtió en libro, no pude evitar la opresión de su sombra, como un peso aplastante.
Sin embargo, las circunstancias eran muy diferentes: ya no estamos en el siglo XIX, sino en el XXI. El centro del río Congo, a plena luz del día, dista mucho de recordar las tinieblas. El río es ancho, más de un kilómetro, y sus aguas reflejan los rayos del sol como mil espejos. El cielo, a esa hora y en ese mes, es tan luminoso que más que azul parece blanco. La selva impenetrable, que corta la vista a lo largo de ambas orillas, combina los verdes más brillantes con los más opacos para formar una imagen caleidoscópica, realzada por las variadas notas de color de las últimas casas de Brazzaville, que se iban perdiendo a nuestra espalda. Todo muy alejado de El corazón de las tinieblas. En apariencia.
El primer día de viaje lo pasé acodado en la amura de estribor, contemplando con prevención la orilla derecha del río, donde la selva contrastaba oscura contra la cegadora luz del sol, que apenas se alzaba sobre las copas de los árboles más altos. La tripulación del vapor parecía compartir mis temores. Además de ceñirse lo más posible a la orilla izquierda, lanzaban miradas de soslayo hacia el lado opuesto, como si temiesen ser atacados en cualquier momento. Pero ningún grupo de hombres armados rompió la quietud y el silencio del bosque, y hasta que pasamos frente a Kunzulu apenas vimos señales de habitación humana. Río abajo, Kinshasa era invisible, oculta por la gran isla boscosa situada en el centro de la balsa de Malebo.
Tras esa masa negruzca de árboles entrelazados, trepadoras y epifitas, uno podía imaginarse lo peor. Detrás de ese telón, invisible como una obra de teatro representada a espaldas del público, a lo largo de miles de kilómetros, ardían a escondidas varios campos de batalla: los de la lucha contra enfermedades misteriosas, terribles, como el SIDA y el virus Ébola; los del conflicto olvidado, la guerra continental africana, la pugna de nueve países por el control de los diamantes. La tragedia de Ruanda, que conmovió al mundo, había contaminado el país vecino, esa triste víctima de colonialismos, guerras civiles y dictaduras, que ni siquiera parece capaz de mantener su nombre, pasando en rápida sucesión, en menos de medio siglo, por Congo Belga, Congo-Kinshasa, Zaire, República Democrática del Congo...
Afortunadamente, mi viaje no haría otra cosa que rozar la frontera fluvial del país mártir. Yo me dirigía a Ouésso, al norte del otro Congo, la República del Congo, el Congo-Brazzaville. Para llegar allí debíamos remontar el gran río hasta su confluencia con uno de sus afluentes, el Sangha, un poco más arriba de Mossaka. Una distancia de casi cuatrocientos kilómetros. A partir de ahí, otros trescientos sesenta Sangha arriba. Allí, al revés que a Marlow, el héroe de la novela de Conrad, no había ningún Kurtz esperándome. Al menos, eso creía yo.
Me las prometía muy felices. Por cuenta de mi periódico, iba a entrevistar a una mujer famosa en todo el mundo, la doctora Joan Wickedwhole, la zoóloga. No era mi primer viaje a los lugares exóticos del planeta. Hace años me interné en las profundidades de las selvas de Camboya para hacer un reportaje gráfico sobre el estado de las ruinas de Angkor Vat después de la caída de los Jemeres Rojos. También he estado en las canteras de Liao-Ning, en el corazón de China, donde tuve la suerte de ser testigo del descubrimiento de una nueva especie de dinosaurios con plumas, el Microraptor gui. Todo esto me ha dado cierta notoriedad, que me resbala, pues me interesa mucho más lo que yo hago que lo que digan de mí.
La mañana del segundo día cambió el aspecto del paisaje. El río se ensanchó considerablemente y comenzó a salpicarse de cadenas de islas que dividían su corriente y nos protegían convenientemente de la temida orilla derecha. La pantalla de árboles que se alzaba a nuestra izquierda se hizo menos tupida y permitió columbrar a lo lejos sabanas abiertas pobladas por pequeños grupos de jirafas, los únicos animales visibles a esa distancia.
A la caída de la noche llegamos a Mossaka, poco más que un amontonamiento de casas nativas alrededor del muelle. Descendí a tierra y busqué alojamiento en una fonda a dos calles del río, pues la tripulación tenía que dejar allí parte de la carga y no proseguiríamos viaje hasta la mañana siguiente. Apenas puse pie en el muelle, me asaltó una nube de mosquitos, de los que nos habíamos librado, desde que salimos de Brazzaville, gracias a la velocidad del barco. La cena fue un simple guiso de arroz con pan de mandioca, sazonado por precaución con una píldora antipalúdica. Dormí de un tirón sobre una triste colchoneta, debajo del mosquitero, aunque estaba magullado después de treinta y seis horas de viaje por el río.
Apenas alboreó el día, emprendimos la segunda parte del viaje y abandonamos el río Congo y la frontera, introduciéndonos en el Sangha y en el territorio de la República del Congo. El terreno es pantanoso, cubierto de manglares, juncos y hierbas altas. Allí la selva se retira del río, pero su masa oscura sigue siendo visible a la distancia como una amenaza insondable.
Durante la noche siguiente, mientras trataba en vano de conciliar el sueño sobre un duro catre, poco más que un estrecho banco cubierto con una manta, penetramos en el territorio de Sangha, una de las dos regiones situadas al norte de la República, la parte más salvaje y menos poblada del país. Según los datos que había podido recabar, poco dignos de confianza por la falta de censos fiables, la población de Sangha no llega a un habitante por kilómetro cuadrado. No era, pues, de extrañar que al día siguiente, último del viaje, apenas distinguiésemos casas o seres humanos en las orillas, aparte de un par de aldeas ribereñas, Pikounda e Ikelemba, donde ni siquiera nos detuvimos. Poco más allá de esta localidad, la selva vuelve a acercarse por ambos lados hasta las márgenes, y el río, mucho más estrecho que en su desembocadura, se convierte en un túnel umbrío, que avanza entre dos murallas verdes que se aproximan por la parte superior, dejando apenas entrever el cielo como una estrecha banda sobre nuestras cabezas.
Caía la tarde cuando llegábamos a Ouésso. La capital de la región de Sangha, situada junto a la frontera del Camerún, es tan pequeña que ni siquiera figura en muchos mapas. Las chozas nativas, cuadradas con techo de bálago, se agrupan de forma irregular alrededor de los edificios administrativos, que forman el centro de la localidad. Avisado por radio de mi llegada, el señor Kukuya, representante del gobierno en Ouésso, me estaba esperando en el muelle. Se lo agradecí, especialmente cuando me informó de que la doctora Wickedwhole no vivía en la ciudad.
—Es un poco tarde —dijo, señalando hacia el cielo, que el breve crepúsculo ecuatorial había oscurecido en un abrir y cerrar de ojos—. No encontrará a nadie que quiera guiarle en plena noche. Entre tanto, le ofrezco la humilde hospitalidad de mi casa y de mi mesa.
—Acepto agradecido —repuse—. ¿Está muy lejos de Ouésso la residencia de la doctora?
—A unos diez kilómetros hacia el este, al otro lado del río, en el corazón de la selva. El camino no es difícil. Mañana, a primera hora, le llevarán hasta allí.
Kukuya chascó dos dedos para ordenar a un par de mozos que cargasen con mi equipaje, y emprendió la marcha hacia el centro de la capital. Le seguí, arrastrando un poco los pies, pero contento ante la perspectiva de una buena cena y de dormir en una cama de verdad, después de cuatro días de viaje agotador. Las palabras que había pronunciado mi huésped me habían recordado mi obsesión, la novela de Conrad. Por fin estaba en El corazón de las tinieblas.

Manuel Alfonseca, Los Moradores de la Noche

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