miércoles, 8 de agosto de 2018

LLEGANDO A SOFÍA



Sofía, año 2008. Mes de mayo, un tiempo primaveral intachable y la diosa del Capitalismo sentada sobre su trono chabacano y raído. En lo alto de la escalinata del hotel Forest aguardaba una joven (una niña aún, más que una mujer), extranjera por más señas. El hotel se hallaba frente al NDK, el antiguo Palacio Nacional de la Cultura del ex régimen comunista, una gigantesca afloración de cemento ahora frecuentada por adolescentes cuyo cabello erizado centellaba al sol. Alexandra Boyd, agotada por un viaje en avión interminable, trataba de mantener su largo cabello liso sujeto detrás de una oreja mientras observaba a los chavales búlgaros maniobrar con sus monopatines. A su derecha se alzaban bloques de pisos pintados de gris y ocre, así como una edificación más reciente de acero y cristal y una valla publicitaria que mostraba a una mujer en bikini cuyos pechos prominentes señalaban hacia una botella de vodka. Cerca de la valla, árboles majestuosos se engalanaban con flores blancas y magentas. Eran castaños de Indias. Alexandra los había visto durante un viaje a Francia, estando en la universidad, en su única visita anterior al continente europeo. Le escocían los ojos y tenía el pelo sucio por el sudor del viaje. Necesitaba comer, ducharse, dormir. Sí, dormir, tras el último vuelo desde Ámsterdam, y despertarse sobresaltada cada pocos minutos para hallarse expatriada por propia voluntad al otro lado del océano. Se miró los pies para cerciorarse de que seguían ahí. Su ropa, a excepción de las deportivas de color rojo vivo, era muy sencilla (una blusa fina, vaqueros azules, un jersey anudado a la cintura), y se sentía desaliñada y mal vestida al lado de las faldas de traje y los tacones de aguja que veía pasar a su lado. Llevaba en la muñeca izquierda una pulsera ancha de color negro, y en las orejas largos pendientes de obsidiana en forma de lanza. Agarró las asas de una maleta con ruedas y un maletín oscuro que contenía una guía turística, un diccionario y algo de ropa. Colgada del hombro llevaba una bolsa de ordenador y su bolso ancho y colorido, con un cuaderno y una edición de bolsillo de Emily Dickinson al fondo.
Desde la ventanilla del avión había visto una ciudad enclavada entre montañas y jalonada por altos bloques de pisos semejantes a lápidas. Al bajar del aparato con su flamante cámara en la mano había aspirado un aire de olor extraño: a carbón y a gasóleo, con una veta de aroma a tierra recién arada. Había cruzado la pista y subido al autobús del aeropuerto, y se había fijado en las cabinas de aduanas, que relucían como recién estrenadas, en sus taciturnos funcionarios y en el sello exótico que habían estampado en su pasaporte. El taxi había serpenteado por las afueras de Sofía antes de adentrarse en el corazón de la ciudad (siguiendo, posiblemente, una ruta más larga de lo necesario, sospechaba Alexandra), y había pasado casi rozando las mesas de las terrazas de los cafés y las farolas forradas de carteles políticos y anuncios de tiendas eróticas. Desde la ventanilla del taxi había fotografiado varios Ford y Opel antiguos, Audi nuevos con las ventanillas tintadas tipo gánster, autobuses grandes y parsimoniosos y tranvías semejantes a chirriantes megalosaurios cuyos raíles de hierro despedían chispas. Para su asombro, el centro de la ciudad estaba pavimentado con adoquines amarillos.
Pero el taxista no había entendido sus instrucciones y la había depositado allí, en el hotel Forest, no en el hostal que tenía reservado desde hacía unas semanas. Alexandra tampoco había entendido lo que sucedía hasta que, tras marcharse el taxi, había subido los escalones del hotel para ver su entrada más de cerca. Ahora estaba sola, más sola que nunca en sus veintiséis años de vida. De pie en medio de una ciudad y una historia que no entendía, entre personas que subían y bajaban la escalinata del hotel con paso decidido, se preguntaba si debía bajar de nuevo a la acera para intentar coger otro taxi. Dudaba de que pudiera permitirse pagar una habitación en el monolito de cristal y cemento que se erguía a su espalda, con sus ventanas tintadas y sus clientes que, ataviados con trajes oscuros, como cuervos, iban y venían o fumaban en los peldaños. Una cosa era segura: se había equivocado de sitio.

Elizabeth Kostova, Tierra de Sombras

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