miércoles, 29 de agosto de 2018

LA DAMA DEL ARMIÑO


Aparte de la propia Karolina, lo más extraordinario que había en la tienda era la casa de muñecas que estaba construyendo sin descanso su nuevo amigo. Cada tarde, el Fabricante de Muñecas trabajaba en ella y en una nueva muñeca, una niña con oscuros tirabuzones y unos ojos brillantes de colores diferentes. El de la izquierda era de color verde intenso y el derecho azul marino.

Mientras el Fabricante de Muñecas tallaba con su cuchillo, Karolina cosía prendas para los otros juguetes. Esa noche estaba haciéndole un vestido rosa a una muñeca llamada Lucja. Pero Karolina no podía concentrarse en las rosas que estaba bordando en el cuello del vestido. Le interesaba demasiado la muñeca que iba a vivir en la casita.

—Tiene pinta de que será una princesa —dijo Karolina—. Es casi tan preciosa como la dama del armiño.

La dama del armiño era la obra de arte favorita de Karolina. El Fabricante de Muñecas poseía una copia pintada por uno de los artistas que pasaban el tiempo en el café cercano. La pintura original, de Leonardo da Vinci, estaba en el Museo Czartoryski, un pequeño edificio con un alegre tejado verde al otro lado de la plaza principal. La mujer del cuadro parecía ocultar mil secretos tras su sonrisa apenas esbozada. Su armiño blanco se le enroscaba en el brazo como una fumarola, y miraba con ojos traviesos.

—Yo no soy un artista como Da Vinci —dijo el Fabricante de Muñecas. Pero sonreía: siempre parecía contento cuando hablaba de la casa de muñecas y de la muñeca que viviría dentro. Aquellos dos juguetes parecían significar para él más que cualquier otra cosa de la tienda, salvo Karolina.

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