lunes, 27 de agosto de 2018

MUERTE EN VENECIA


—No eres idiota —dijo Soledad—: A veces pienso que el mundo se mueve fundamentalmente por la necesidad de amor. Vi hace poco una ópera preciosa de Britten sobre eso. Muerte en Venecia. ¿Has oído hablar de Muerte en Venecia?
—No.
—Es una novela de un autor muy famoso, ya fallecido: Thomas Mann. Ganó el Premio Nobel. Luego también hicieron una película muy conocida, dirigida por Visconti. Pero te quería hablar de la ópera. Me encantó. El protagonista es un escritor centroeuropeo célebre, un hombre mayor, tradicional y serio. Todo sucede a principios del siglo XX. Se llama Aschenbach. Viste de una manera muy sobria, es la encarnación misma de la respetabilidad. Y resulta que está bloqueado en la escritura de su novela y decide pasar el verano en una playa, en el Lido, en Venecia, para ver si recupera la inspiración. En el barco ve a un viejo homosexual, chillón, afeminado, con ropa muy llamativa y todo maquillado. A Aschenbach le asquea. Pero por fin llega al Lido, y se instala en el Gran Hotel y baja a la playa, todo vestido, a sentarse en una silla, como entonces hacía la gente burguesa. Y en la playa descubre a un adolescente de unos catorce años, rubio, espigado, la cabeza llena de rizos que el aire desordena. Es polaco, está en el hotel con su madre y sus hermanas y se llama Tadzio. Es bellísimo. Piensa en el animal más bello que puedas imaginar y Tadzio es así. Un ciervo joven. Y su visión hiere a Aschenbach como un rayo. Queda preso, hechizado, enamorado.
—¿Entonces era homosexual?
—No. Es decir, seguramente no se lo había permitido jamás. Es un personaje de la alta sociedad, rígido y formal y muy convencional. Al autor del libro, Thomas Mann, le pasaba algo parecido, era un hombre famosísimo y obsesionado por la respetabilidad. Estaba casado y tenía hijos pero le atraían los hombres, aunque yo creo que nunca se permitió amarlos. De ahí que Muerte en Venecia tenga mucho que ver con su propia vida. Y a Aschenbach le pasa eso mismo, no quiere reconocerse. Por eso cuando ve a Tadzio se queda aterrado por la fuerza de sus sentimientos. No sólo se trata de un varón, sino que además es un niño, es una pasión doblemente infame y prohibida. Pero no puede evitar que su corazón se incendie. Termina el primer acto gritando un desgarrador te amo. Gritándoselo al aire, a nadie, a sí mismo. Simplemente admitiéndolo.
Adam había dejado de comer y la miraba absorto, sin parpadear, casi se diría que sin respirar, atrapado por su relato. Soledad se sintió poderosa, se sintió seductora. A veces también había sucedido con Mario. A veces le había tenido bebiendo sus palabras. La directora de la Biblioteca quizá tuviera razón cuando decía que ella era muy narrativa. Si tan sólo fuera capaz de escribir. Si tan sólo fuera un poco menos cobarde y se atreviera a escribir un libro…
—Entonces las cosas se complican porque en Venecia estalla una epidemia de cólera. Las autoridades intentan ocultarla porque es una ciudad turística, pero la enfermedad avanza. El barbero informa a Aschenbach de la epidemia y le aconseja que se vaya de Venecia antes de contagiarse o de que impongan la cuarentena. Pero él no puede ni imaginar dejar de ver a Tadzio. Por cierto que eso es lo único que hace, mirarlo desde lejos. Sabe que es una pasión prohibida. Sabe que jamás podrá hacerla realidad. Nunca habla con el adolescente. Ni una sola palabra. Sólo lo mira. Y el caso es que los turistas más avispados empiezan a marcharse, pero la madre del niño, que no entiende italiano, desconoce que existe una epidemia y sigue en el Lido. Aschenbach se dice que debería advertirla para que se vayan, pero no lo hace. Está poniendo en peligro la vida de su amado y su propia vida. El Gran Hotel se va quedando vacío, mientras Aschenbach desciende paso a paso todos los escalones de su desesperación y su tormento. El barbero le tiñe el pelo y lo maquilla, alabando su apariencia juvenil. Pero no resulta juvenil, sino patético, un viejo homosexual ridículo pintarrajeado y emperifollado, igual que aquél al que vio al principio de la historia en el barco y a quien aborreció. Aschenbach ha sacrificado por Tadzio todo, su prestigio, su carrera, su reputación. Incluso el respeto que se tenía a sí mismo. Lo ha sacrificado a cambio de nada, sólo por poder atisbar su belleza, sólo porque lo ama. Pasan los días… Todos los huéspedes del hotel se han ido y por fin la madre del chico está preparando las maletas para marcharse. Tadzio está por última vez en la playa; Aschenbach, enfermo y muy debilitado, se sienta en una de las tumbonas y contempla cómo su amado se aleja en dirección al mar. Y así, mirándolo, se muere.
—¿Aschenbach se muere?
—Sí, se muere ahí solo, en una de esas tumbonas de rayas supuestamente alegres pero que ahora son tristísimas porque toda la playa está vacía, y se muere con su traje ridículo y llamativo y con sus maquillajes medio derretidos de vieja loca.
Adam cabeceó con gesto de aprobación.
—Amor y muerte. Lo entiendo muy bien.

Rosa Montero, La Carne

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