lunes, 13 de agosto de 2018

LA LUZ DEL ENANO


—Maestro Velázquez, ¿podríais servirme un trago de ese vino vuestro tan bueno, el de las bodegas del rey, ese que os traen desde San Martín de Valdeiglesias?
Don Sebastián de Morra se puso en pie. Llevaba tanto tiempo sentado en el suelo del taller del pintor de cámara de Su Majestad, que las piernas empezaban a dormírsele. Aquellas piernas diminutas, repugnantes, las piernas que tanto odiaba, sus miserables piernecillas de enano convertido en bufón de la corte. Don Sebastián detestaba su cuerpo monstruoso y ridículo, que hacía reír a los niños y a las grandes damas hermosas. Ellas lo trataban como si fuera un juguete al que pudieran estirar y retorcer a su antojo, un autómata grotesco, semejante a los que a veces enviaban desde Praga. Lo usaban para que las acompañase a la iglesia o paseara junto a ellas por los jardines del palacio del Buen Retiro, en busca del amante con el que debían encontrarse a escondidas, en el laberinto de boj, o detrás de la fuente más retirada, la de Mercurio, bajo los grandes castaños traídos de las Indias.
La marquesa de Los Castillejos, siempre dispuesta a la burla, era la que más abusaba de él. En las fiestas, solía obligarlo a que bailase con ella la pavana o el pasacalles, y todos se reían con carcajadas estruendosas mientras su cuerpo enano se veía obligado a dar vueltas y tornavueltas, hacer reverencias, girar hacia uno y otro lado la cabeza deforme y ponerse de puntillas para alcanzar con su pequeña mano la mano de la dama, larga y pálida como el cuello de una garza. Un día, pocas semanas antes de la muerte de la reina, cuando Su Majestad estaba a punto de entrar en el cuarto de su esposa, lo agarró como si fuera un niño, sin que él pudiera resistirse, y lo obligó a esconderse debajo de su guardainfante. En medio de las risas de todas las cortesanas, que trataban de disimular su guasa detrás del abanico, don Felipe se acercó a la marquesa, atraído por la rara forma abullonada que había adquirido su falda de brocados.
—Señora —le dijo, enseñando sus dientes de ratón bajo el largo bigote—, veo que albergáis un ángel en el corazón y una bruja bajo la saya...
—Ha de ser más bien un brujo, Señor —respondió la marquesa, mientras empujaba sin ningún respeto a don Sebastián y le obligaba a salir reptando de entre sus pies. Como un sapo. Sí, como un sapo. Cuerpo de sapo. Cabeza de sapo. Cara de sapo. Pero su alma y su espíritu eran grandes. Grandes como la montaña más grande de las Indias, como la propia mar océana. Grandes y dulces y tristísimos.
El maestro Velázquez había interrumpido el trabajo y había salido en busca de una criada. Don Sebastián de Morra miró a su alrededor. A través de la alta ventana del taller entraba la luz de Madrid, la luz de plata, agitada, de aquella mañana de invierno, poderosos rayos que atravesaban los vidrios y se expandían por el aire —iluminando como si fueran minúsculas mariposas las motas de polvo que danzaban alegres en el cuarto—, rebotaban contra los muros y los lienzos arrinconados, y alcanzaban ansiosos la gran mesa del fondo, donde se alineaban los frascos perfumados de aceite de linaza y trementina, y los pequeños cuencos verdosos que contenían los pigmentos del pintor, polvos de momia de Egipto de los que don Diego extraía sus marrones inimitables, cochinillas trituradas para obtener los rojos, puñados de arsénico, cobre o mercurio, y hasta una vasija llena de lapislázuli maravilloso, venido de las tierras altas del otro lado del mar. Todos aquellos colores relucían bajo los rayos del sol, sólidos y tentadores, y parecían a punto de expandirse y echar a volar por la atmósfera luminosa, como pequeñas estrellas de un mundo donde la materia fuese diminuta, encogida, enana. Un mundo enano.
Don Sebastián se acercó al retrato dispuesto en el caballete. Allí estaba él. El sapo. El enano. Era horrible verse así, encontrarse así, de pronto, con toda su fealdad. El maestro lo había reflejado como nadie más habría podido hacerlo. Visto de frente, con las piernecillas estiradas sobre el suelo y las plantas de los pies tan cerca de los ojos de quien contemplase el cuadro, resultaba aún más ridículo. Un engendro contrahecho. Un escupitajo de Dios. Pero había algo más. Algo más: una energía luminosa que surgía de su interior y se expandía más allá del cuadro, llenando el universo de un clamor profundo, el grito desesperado de aquellos a quienes el Creador ha sometido a su feroz injusticia. Los puños se apretaban en un gesto de rabia. La boca se cerraba firme. Los ojos observaban valientes a quien los observase, sin temor ni vergüenza, dignos y sabios. Y además estaba esa luz, la luz que iluminaba la parte derecha de su rostro y hacía refulgir la frente bajo los rayos y palpitar su inteligencia más allá de la piel. Dentro de él, encerrado en la fealdad de su cuerpo, había un hombre hermoso, tanto dolor y tanta ternura. El maestro Velázquez había sabido verlo.
Don Sebastián de Morra rompió a llorar. Lloró como no había llorado nunca, ni cuando los otros niños de la aldea lo tiraban al suelo y le pegaban patadas, ni cuando el cura lo echó de la iglesia porque el Señor no se merecía la contemplación de un monstruo en su casa, ni cuando los criados del infante don Fernando se lo compraron a su madre y ella lo abrazó sollozando y él supo que nunca más la volvería a ver. Ni siquiera el día aquel en que, recién llegado al Alcázar, la preciosa duquesita de Morantes, que estaba a punto de contraer matrimonio, lo llevó a rastras hasta detrás de una columna, cogió su mano y la metió por dentro de su escote, entre la plancha de madera que apretaba su busto y la piel, hasta que él rozó sin querer con los dedos el bulto tibio que presidía sus pechos, y luego le hizo sacarla a toda prisa y le obligó a arrodillarse ante ella y a besarle los pies, y después le dio un manotazo en la cabeza y se alejó entre carcajadas, dejándole tirado en el suelo, mareado, jadeante, con el corazón a punto de estallar.
El maestro volvió a entrar, seguido de una criada con los vasos y el pichel más que mediado del vino dorado y transparente de San Martín de Valdeiglesias. Entre los privilegios que el rey le concedía a su pintor de cámara, figuraba el de poder disponer en su propia casa de aquel mismo caldo, elegido entre todos, que a él le llevaban desde las cercanías perfumadas de jara y vientos de nieve de la sierra de Gredos. Velázquez fingió no haberse dado cuenta de la conmoción de don Sebastián —por más que aquel fuese el mayor halago que podía recibir— y llenó sonriendo los vasos. El vino cálido y oloroso reconfortó rápidamente a los dos hombres cansados de la larga sesión de pose de aquella mañana. Don Diego levantó la copa y la alzó hacia la luz, observando los juegos del sol en el líquido, como si tratase de atrapar su misterio para reflejarlo luego en alguno de sus lienzos.
—¿Vais a acompañar a vuestro señor el príncipe en la campaña contra los franceses? preguntó de pronto a su invitado.
—Sí, debo ir. A Su Alteza le gusta tener largas charlas conmigo antes de dormirse —respondió el bufón del heredero Baltasar Carlos, y un relámpago de tristeza pareció brotarle de la mirada—. Os confieso que preferiría quedarme aquí con Vuestra Excelencia. No tengo ninguna gana de asistir de cerca a nuestra derrota.
—Os sentís pesimista, don Sebastián...
—Observo la realidad, maestro, eso es todo. Nadie se fija en mí, pero yo me fijo en todo. Los franceses tienen mejores ejércitos que nosotros, y lo demuestran una y otra vez. Sus hombres están bien armados, bien alimentados y bien pagados. Los nuestros...
Don Sebastián de Morra se interrumpió, como si temiera ir demasiado lejos en sus reflexiones. Velázquez levantó su vaso hacia él, para animarle a proseguir:
—Podéis hablar cuanto queráis, amigo mío. Yo sirvo y serviré fielmente al rey hasta el final. Todo lo que soy, se lo debo a su protección. Pero eso no me impide conocer muy de cerca cada uno de sus errores. Hace más de veinte años que llegué a la corte, y desde entonces le he visto una y otra vez darle la espalda al deber, dedicar su tiempo a perseguir mujeres, a ir al teatro y cazar venados en lugar de a meditar sobre el buen gobierno y los problemas de sus súbditos, y correr luego a arrodillarse a los pies de una imagen para pedir perdón por sus pecados... Tenéis razón, don Sebastián, las cosas no van bien, y la abulia de Su Majestad no es el mejor remedio para nuestros males.
—Es más grave que eso, maestro, creedme. Mucho más grave. Los reinos de don Felipe se desmoronan. El oro y la plata de las Indias ya no nos llegan. Los nobles se niegan a hacer cualquier esfuerzo que no sea el de empuñar una espada y combatir, o fingir que combaten. Y las gentes del pueblo pasan hambre. ¡Hambre, excelencia, en el imperio más rico de la Tierra...!
Don Diego Velázquez cerró los ojos. La luz fue desvaneciéndose bajo sus párpados. Desaparecieron los ríos plateados, las motas de oro que el sol de la mañana había generado a su alrededor, los colores vibrantes de las cosas. Solo quedó la oscuridad. Un dolor que pinchaba su cabeza como una aguja afilada. Los reinos de España se desmoronan... Se irá el sol, y quedará la negrura. Un mundo negro y hambriento, de mendigos y chinches.
El maestro hizo un esfuerzo por recuperarse. Abrió lentamente los ojos, y miró largo rato a don Sebastián.
—Debemos volver al trabajo, amigo mío. Quiero terminar vuestro retrato antes de que os vayáis.
El bufón volvió a sentarse en su sitio, en el suelo, cerca de la pared sobre la que la luz iba descendiendo, llevándose con ella la tibieza. Estiró las piernas, alzó la cabeza, colocó los puños cerrados sobre los muslos diminutos.
—¿Así...?
Velázquez asintió. Ya estaba de nuevo ante el caballete, sujetando el pincel y la paleta en la que relucían los colores. De pronto, la puerta se abrió, y apareció ruidoso y solemne uno de los guardias reales:
—¡Su Majestad don Felipe IV!
Los dos hombres se apresuraron a hacer la reverencia. El rey entró en el taller con sus pasos pequeños y torpes. El pelo rojizo formaba un halo ridículo alrededor de su cabeza, y la ropa negra que no se había quitado desde la muerte de la reina un año atrás le hacía parecer más viejo y demacrado, lúgubre y duro como un insecto gigante que anunciara desdichas y ruinas. Se acercó al cuadro y lo contempló durante unos instantes:
—¡Gran retrato, don Diego! exclamó —. ¡Gran retrato! Lo colgaremos en la Torre de la Parada, en la galería de bufones. ¡Va a ser la galería más cómica de Europa!
Velázquez bajó la cabeza y se mordió los labios. No pudo verlo, pero presintió el gesto de don Sebastián, que apretaba los puños y hundía las uñas en su carne casi hasta hacerse sangre. El rey se volvió hacia su pintor y le palmeó el hombro:
—Quiero que vengáis conmigo. Los coches nos esperan. Iremos a almorzar a casa del marqués de La Florida y luego al corral de la Cruz. Se estrena una actriz nueva de la que dicen que no se ha visto otra tan hermosa desde los tiempos de la Calderona —y se frotó las manos con vigor, en aquel gesto que solía repetir siempre que anticipaba el placer.
—Disculpadme un momento, Majestad —respondió inesperadamente Velázquez.
El maestro se acercó al bufón y lo empujó con suavidad hacia los rayos del sol. Luego regresó junto al cuadro, observó durante unos momentos a aquel hombre triste y grande que posaba frente a él —fingiendo que no sentía una vez más en sus tripas la eterna revoltura de la humillación—, mojó despacio el pincel en el blanco de albayalde y depositó sobre los ojos negros del retrato dos gotas de luz. El alma resplandeciente de don Sebastián de Morra.

Ángeles Caso

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