martes, 28 de febrero de 2017

LA CAÍDA DE TROYA


—Soy poeta, Lavinia. —Me gustó el sonido de la palabra, pero no la conocía—. Un vate —añadió. Esta sí que la conocía, claro: un narrador, un vidente. Hacía juego con la sangre etrusca que corría por sus venas y esa capacidad que parecía poseer de conocer lo que no había ocurrido aún. Pero yo no entendía lo que tenía que ver con aquella mujer guerrera y se me antojó una mera historia.
—¿Puedes contarme algo más sobre ese hombre que se acerca?
Reflexionó un momento. A pesar de que estábamos hablando con total desenvoltura y sinceridad, con total confianza, como si los dos fuéramos sombras inofensivas a invulnerables, con toda la eternidad ante nosotros, seguía siendo un hombre que pensaba antes de hablar.
—Sí —dijo—, eso sí puedo hacerlo. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué viene aquí?
—Creo que eso no debería decírtelo ahora. El tiempo lo hará. Pero no creo que tenga nada de malo que te cuente de dónde viene.
—Te escucho. —Me acomodé mejor sobre los vellones.
—Oh, Lavinia —dijo—. Vales por diez Camilas y nunca me di cuenta. Bueno, ya no importa. ¿Has oído hablar de Troya?
—Sí. Es un pueblecillo al sur de aquí, cerca de Ardea.
—Ah… No, ésa es Troia. La que yo te digo era una gran ciudad muy lejana, al este de aquí, al este del mar, al este de las islas griegas, en la costa de Asia. Había un hermoso príncipe troyano llamado París. Una reina griega y él se fugaron juntos. Su marido convocó a los demás reyes de Grecia y todos juntos marcharon sobre Troya, un gran ejército en mil naves picudas, para recuperar a la mujer. Helena, así se llamaba.
—¿Por qué querían recuperarla?
—El honor de su marido así lo exigía.
—Pues yo diría que su honor exigía que se divorciara de ella y se buscara una esposa decente.
—Lavinia, esos hombres eran griegos. No ro… no itálicos.
—El rey Evandro es griego. Me pregunto si iría a buscar a su esposa si ésta lo engañara.
—Lavinia, hija del rey, ¿me dejas que te cuente mi historia?
—Lo siento. Guardaré silencio.
—Entonces te contaré la historia de la caída de Troya, tal como Eneas se la refirió a la reina de Cartago —dijo. Enderezó la espalda, sentado como estaba en el suelo oscuro, una sombra entre sombras, y empezó a cantar.
No era una canción como los cantos de los pastores, los coros de los remeros o los himnos de Ambarvalia y Compitalia, ni como las canciones que entonan las mujeres todo el día mientras hilan, tejen, baten, cortan, limpian y barren. No tenía melodía. Las palabras eran su única música, las palabras eran el ritmo del tambor, el chasquido del telar, el ruido de los pasos, el golpe de los remos, el latido de los corazones, las olas que rompían en la playa de Troya, al otro lado del mundo.
No puedo repetir aquí todo lo que cantó, el gran caballo y las serpientes que salieron del mar y la caída de la ciudad. Sólo contaré aquella parte del relato en la que más he pensado.
Cuando los griegos salieron del caballo y su ejército se dispersó por la ciudad, Eneas, el guerrero troyano, luchó contra ellos en las calles. Lo hizo sumido en una especie de locura, furioso y ciego, hasta que vio que la casa del rey estaba ardiendo. Entonces se aclararon sus pensamientos. Se acordó de su propia casa y de los suyos, y corrió hacia allí. La casa estaba a cierta distancia del centro de la ciudad y allí todavía reinaba la calma.
Mientras recorría las calles, vio grandes poderes que se habían hecho visibles y se movían en la oscuridad, poderes que deseaban que Troya ardiera.
Al llegar a su casa, intentó que sus moradores la abandonaran, escaparan de la ciudad, se salvaran. Pero su padre, Anquises, no quería irse. Estaba lisiado y apenas podía andar. Le dijo que prefería morir en su propia casa. Pero la gente de la casa no estaba dispuesta a dejarlo allí. No se irían sin él. Eneas decidió rendirse, regresar corriendo a la locura y hacerse matar en las calles, pero en ese momento su esposa Creusa lo detuvo y le dijo que no tenía derecho a hacerlo. Su deber, y el de ella, era tratar de salvar a los suyos. Tenía consigo a su pequeño, Ascanio. Y mientras hablaban alguien gritó «¡Mirad!», y al hacerlo vieron que al niño se le había inflamado el pelo y una llama dorada danzaba sobre su cabeza. La apagaron, pero el viejo Anquises, que sabía leer los augurios, dijo que era un buen presagio. Entonces vieron que una estrella fugaz cruzaba el firmamento y se perdía sobre los bosques que cubrían la montaña que dominaba la ciudad, el monte Ida. Anquises dijo que debían seguirla, así que Eneas les ordenó a todos que se dispersaran y echaran a correr, que salieran de la ciudad por donde pudieran, y luego les dijo dónde se encontrarían: en un montículo con un antiguo altar de la Madre del Grano, extramuros, bajo el monte Ida. Anquises guardó los tesoros de la casa en una gran cazuela de arcilla y Eneas se cargó a su lisiado padre sobre las espaldas. Cogió al pequeño Ascanio de la mano y, seguido por Creusa, partió por las calles oscuras.
Pero Anquises vio entonces a unos soldados en un callejón y le gritó a Eneas que corriera. Eneas obedeció, tomó otro camino y, echando a correr a ciegas por las calles, se perdió. Al fin reconoció una avenida y continuó por allí, sin soltar a su padre ni a su hijo pequeño, hasta llegar a las puertas, tras de las cuales se encontraba el altar donde lo esperaban todos los suyos. Sólo entonces reparó en que su esposa no estaba con ellos. Se había quedado atrás cuando él se dio la vuelta y echara a correr, sin pararse una sola vez para comprobar si seguía a su lado. Desde entonces, nadie la había visto.
Así que Eneas regresó solo a la ciudad. Corrió a la casa, pensando que tal vez se hubiese refugiado allí. El edificio estaba ardiendo por los cuatro costados. Corrió por toda la ciudad gritando «¡Creusa! ¡Creusa!» entre los edificios en ruinas, los incendios y los soldados que mataban y saqueaban. Y entonces la vio. Se encontraba frente a él en la calle oscura. Pero era más alta de lo que él recordaba. Y dijo:
—No iré contigo, ni seré la esclava de ningún griego. La Madre Tierra me mantiene aquí. Y tú deberás viajar muy lejos y durante mucho tiempo. Debes irte, mi dulce esposo, para llegar a las tierras de occidente. Allí serás rey y tendrás una reina. No llores por mí; reserva tu amor para proteger a nuestro hijo.
El intentó hablarle y cogerla entre sus brazos… Tres veces lo intentó, pero era como abrazar al viento, tratar de asir un sueño. Se había perdido en la sombra.
Así que Eneas regresó al montículo del altar, donde se había congregado un gran gentío que, al huir de la ciudad, se había unido a su casa. Los griegos no los habían seguido aún. Volvió a cargarse a su padre a la espalda y los llevó hacia las colinas donde se había perdido la estrella fugaz. Casi había amanecido.
Recuerdo que, mientras se apagaba la voz del poeta, cantó un primer pájaro, con voz aguda y lejana, a pesar de que no había aún luz en el cielo, y ninguna voz le respondió. También estaba amaneciendo. Miré en dirección a la sombra del poeta y vi que ya no estaba. Me tendí sobre los vellones y dormí hasta que la luz del sol perforó con sus rayos los oscuros troncos y el denso sotobosque y me despertó.

Ursula K. Le Guin, Lavinia

PREMIO LOCUS NOVELA DE FANTASIA 2009