martes, 21 de febrero de 2017

EN LA OSCURA PROFUNDIDAD DEL MAR

 

El Támesis es una bestia inmunda: avanza sinuoso por Londres como un lución o una serpiente marina. Todos los ríos desembocan en él, el Fleet y el Tyburn y el Neckinger, llevando consigo toda la suciedad y la espuma y los residuos, los cadáveres de gatos y perros, y los huesos de ovejas y cerdos hasta las aguas marrones del Támesis, que se las lleva al este hasta el estuario y, desde allí, las arrastra hacia el mar del Norte y el olvido.

Está lloviendo en Londres. La lluvia arrastra la porquería hasta las alcantarillas, y alimenta los arroyos hasta convertirlos en ríos, y los ríos en criaturas poderosas. La lluvia es ruidosa, salpica y golpetea y repiquetea en los tejados. Si lo que cae del cielo es agua limpia, sólo tiene que tocar Londres para convertirse en suciedad, para mezclarse con el polvo y convertirse en barro.

Nadie se la bebe, ni el agua de lluvia ni la del río. La gente hace chistes sobre el agua del Támesis, dicen que te mata al instante, y no es verdad. Hay traperos que se sumergen en el río en busca de los peniques que tira la gente, luego salen a la superficie, escupen el agua, se estremecen y enseñan las monedas. No mueren, claro, por lo menos no mueren de eso, aunque no hay traperos de más de cincuenta años.

A la mujer no parece importarle la lluvia.

Pasea por los muelles de Rotherhithe, como ha hecho durante años, durante décadas. Nadie sabe cuántos años lleva haciéndolo porque a nadie le importa. Ella pasea por los muelles o se queda mirando fijamente el mar. Contempla los barcos, que cabecean anclados. Debe de hacer algo para evitar que su cuerpo y su alma se disocien, pero ninguno de los trabajadores del muelle tiene la más remota idea de lo que puede ser.

Te refugias del diluvio bajo el toldo de lona que ha desplegado un velero. Al principio crees que estás solo ahí abajo, porque ella está quieta como una estatua y mira fijamente a través del agua, aunque la cortina de agua no deja ver nada. La otra orilla del Támesis ha desaparecido.

Y entonces te ve. Te ve y empieza a hablar, pero no te habla a ti, oh, no, sino al agua gris que cae del cielo gris al río gris. Y dice:

—Mi hijo quería ser marinero.

Y tú no sabes qué contestar ni cómo contestar. Tendrías que gritar para hacerte oír por encima del rugido de la lluvia, pero ella habla y tú escuchas. Te sorprendes estirando el cuello y
esforzándote para oír sus palabras.

—Mi hijo quería ser marinero.

»Le dije que no se hiciera a la mar. Soy tu madre, le dije. La mar no te amará como yo, ella es cruel. Pero él replicó: oh, madre, necesito ver mundo. Necesito ver el amanecer en el trópico, y ver el baile de la aurora boreal en el cielo ártico, y por encima de todo necesito hacer fortuna y entonces, cuando lo haya conseguido, volveré contigo, te construiré una casa, y tendrás criados, y bailaremos, madre, ya verás cómo bailaremos…

»¿Y qué haré yo en una casa elegante?, le pregunté. Tú y tu palabrería; eres un necio. Le hablé de su padre, que nunca regresó de la mar: había quien decía que murió y lo tiraron por la borda, mientras que otros aseguraban sin pestañear que lo habían visto regentando un prostíbulo en Ámsterdam.

»Tanto da. La mar se lo llevó.

»Cuando tenía doce años, mi hijo se escapó a los muelles y se enroló en el primer barco que encontró; me dijeron que se había ido a Flores, en las Azores.

»Hay barcos de mal agüero. Barcos malos. Les dan una mano de pintura después de cada catástrofe y les ponen un nombre nuevo para engañar a los incautos.

»Los marineros son supersticiosos. Se corre la voz. El capitán de ese barco lo hizo encallar siguiendo las órdenes de sus propietarios, para defraudar al seguro; y luego, después de repararlo y dejarlo como nuevo, lo abordan los piratas; y después coge un cargamento de mantas y se convierte en un barco apestado tripulado por los muertos, y sólo tres hombres lograron llevarlo hasta el puerto de Harwich…

»Mi hijo había embarcado en un barco maldito. Fue en el viaje de vuelta a casa, cuando venía a traerme su sueldo (era demasiado joven para habérselo gastado en mujeres y grog), cuando se desató la tormenta.

»Era el más pequeño del bote salvavidas.

»Dijeron que lo echaron a suertes, pero yo no me lo creo. Él era más pequeño que ellos. Después de ocho días a la deriva en un barco, estaban hambrientos. Y si lo echaron a suertes, hicieron trampa.

»Rebañaron sus huesos, uno a uno, hasta dejarlos relucientes, y se los dieron a su nueva madre, la mar. Ella no derramó lágrimas y los aceptó sin mediar palabra. Es cruel.

»Algunas noches desearía que no me hubiera contado la verdad. Podría haberme mentido.

»Le entregaron los huesos de mi hijo a la mar, pero el primer oficial del barco, que conocía a mi marido y a mí también mejor de lo que creía mi esposo, a decir verdad, se quedó un hueso de recuerdo.

»Cuando regresaron a tierra, todos juraban que mi hijo había muerto en la tormenta que hundió el barco; él vino a verme por la noche y me contó la verdad, y me dio el hueso, por el amor que un día había habido entre nosotros.

»Le dije: lo que has hecho está mal, Jack. Te has comido a tu hijo.

»Aquella noche la mar también se lo llevó a él. Se internó en ella con los bolsillos llenos de piedras, y anduvo mar adentro. No sabía nadar.

»Y yo me colgué el hueso del cuello en una cadena para recordarlos a los dos, por la noche, cuando el viento azota las olas del océano y las arrastra hasta la arena, cuando el viento aúlla entre las casas como el llanto de un bebé.

La lluvia está aflojando y piensas que la mujer ha terminado, pero entonces te mira por primera vez y parece que esté a punto de decir algo.
Ha cogido algo que lleva colgado al cuello y te lo está acercando.

—Mira —dice. Cuando la miras a los ojos adviertes que son tan marrones como el Támesis—. ¿Quieres tocarlo?

Te dan ganas de arrancárselo del cuello y tirarlo al río para que los traperos decidan si se lo quedan o prefieren dejarlo allí. Pero sales tambaleándote de debajo del toldo de lona y el agua de lluvia te resbala por la cara como si fueran las lágrimas de otra persona. 

Neil Gaiman