domingo, 5 de febrero de 2017

DONDE TERMINAN LOS CUENTOS


Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del Castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoró por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, éste es el verdadero final de aquella historia.
El reino donde había nacido el Príncipe, y del que era heredero, estaba muy alejado del de su esposa. Tuvieron que atravesar bosques, praderas, valles y aldeas. Allí por donde ellos pasaban, las gentes, que conocían su historia, salían a su paso y les obsequiaban con manjares, vinos y frutas. Así, iban tan abastecidos de cuanto necesitaban, que no tenían ninguna prisa por llegar a su destino. No es de extrañar, pues aquél era su verdadero viaje de novios y estaban tan enamorados el uno del otro que no sentían el paso del tiempo.
Cuando acampaban, los sirvientes levantaban tiendas, disponían la mesa bajo los árboles y extendían cojines de pluma de cisne para que reposaran sobre ellos. Así, poco a poco, y sin que apenas se dieran cuenta, fueron pasando los días, los meses, y la Princesa comunicó al Príncipe que estaba embarazada y que su embarazo ya era bastante avanzado. Entonces comprendieron cuanto estaba durando aquel viaje, viaje que luego recordarían como una de las cosas más hermosas y felices que les habían ocurrido. Algunas veces, cuando el paraje que atravesaban era propicio, el Príncipe Azul, que era muy aficionado a la caza —como casi todos los hombres de aquella época—, organizaba cacerías, y a que llevaban con ellos a todos los monteros y ojeadores que también habían acompañado en su largo sueño a la Princesa, gracias a lo previsores que habían sido sus padres. Aunque todos parecían un poco amodorrados, porque uno no está durmiendo durante cien años para luego despertarse ágil y animoso. La Princesa parecía una rosa recién cortada pero, naturalmente, el beso del Príncipe que la despertó no se repitió en cuantos la acompañaban. Bastante tuvieron con despertarse por su cuenta, una vez roto el maleficio de la perversa hada, que les encantó de forma tan injusta como estúpida.
Así, iban quedando atrás los bosques umbríos donde gruñía el jabalí, las praderas verdes donde pacían las ciervas con sus cervatillos, las fuentes donde, según decían, de cuando en cuando solían aparecerse las hadas, y los misteriosos círculos de hierba apisonada, aún calientes —el Príncipe Azul y la Bella Durmiente los palpaban con respeto y un poco de temor—, donde, a decir de sirvientes y aldeanos, danzaban las criaturas nocturnas —silfos, elfos, hadas y algún que otro gnomo— en las noches de luna llena.
Fueron haciéndose cada vez más raros los pájaros alegres, ruiseñores y petirrojos, abubillas y riacheras, y aquellos otros, de nombre desconocido, que parecían flores errantes. Desaparecieron las bandadas de mariposas amarillas, las aves emigrantes que volaban hacia tierras calientes; se apagó el cristalino vibrar de las libélulas sobre el silencio de los estanques. Día a día, iban adentrándose en tierras oscuras, donde el invierno acechaba detrás de cada árbol. Los bosques se hacían más y más apretados y oscuros, más largos y difíciles de atravesar. Las hojas se habían teñido de un rojo amoratado, y aunque bellísimas, si el sol cuando llegaba hasta ellas les arrancaba un resplandor maravilloso, la Princesa sentía un oscuro temblor, y se abrazaba al Príncipe.
Al cabo de unos días, se adentraron en una región sombría y pantanosa. Ya no acudían gentes a recibirles con presentes y músicas. Entre otras razones, por la muy poderosa de que no aparecían por ninguna parte pueblos, aldeas o villas. El otoño estaba muy avanzado, pero no se veían y a hojas doradas, ni rojas, ni atardeceres de color púrpura. Las nubes tapaban el cielo, árboles desnudos alzaban sus brazos retorcidos contra el cielo, y sólo páramos y roquedales salían a su encuentro. Los sirvientes y monteros estaban bastante inquietos. Incluso alguno de ellos huyó durante la noche. De modo que el séquito era cada vez menos numeroso. Aparecieron aquí y allá esqueletos de animales, y aves lentas, oscuras y de largos gritos planeaban en círculo sobre sus cabezas.
Al fin, entraron en un bosque tan espeso y oscuro, que los ray os del sol, débiles y escasos, apenas se abrían paso en él. No se parecía en nada a los bosques que la Princesa recordaba de su niñez, ni a los que había conocido durante la primera etapa de su viaje. Era un bosque salvaje, obstruido por raíces gigantescas, donde abrirse camino requería gran esfuerzo. Las noches pobladas de gritos de lechuzas sobresaltaban su sueño, y apenas volvían a dormirse, amanecía. Lejos quedaban las noches cálidas bajo las estrellas, cuando, en la tienda de seda roja que habían armado los sirvientes, se abrazaban y amaban el joven Príncipe y la joven Princesa. Ahora también se abrazaban, pero su abrazo estaba dividido entre el amor y el miedo.
Aquél era, sin duda alguna, un bosque diferente a todos los conocidos. Y, cuando menos se esperaba, el largo aullido de algún animal desconocido lo atravesaba y dejaba su eco colgando de las ramas que, luego, el viento sacudía y esparcía. « Acaso —pensó la Princesa— sea un bosque embrujado» . Porque, en ocasiones, pudo distinguir entre los helechos, las ortigas y la alta hierba, carreras veloces o huidas de diminutas e inquietantes criaturas que ella jamás había visto antes, y de las que sólo su nodriza le había hablado en su infancia. Dos o tres veces creyó distinguir sus caritas, que a primera vista parecían traviesas, para inmediatamente traslucir una refinada maldad. Luego, desaparecían entre las altas hierbas, y ella no sabía decirse si fueron verdaderas o las había imaginado o confundido con insectos, pequeños animales o diminutas criaturas del fondo de la maleza.
Cuando por fin decidió preguntar al Príncipe el porqué de aquellas apariciones, se dio cuentade que él no parecía haberlas notado. Es más, no se mostraba inquieto, ni temeroso, sino más bien tranquilo y confiado.
—Estamos ya en las tierras de mi padre —dijo.
Y parecía satisfecho.
Al fin, penetraron en un tramo del bosque donde todo aparecía tan oscuro, apretado y retorcido como ella jamás pudo imaginar. Los árboles, las ramas y hasta los helechos se contorsionaban de tal manera que, más que un bosque, parecía un nido de pulpos gigantescos.
—¿Éste es tu reino…? —le pregunto, llena de inquietud al Príncipe Azul.
Pero él la abrazo y dijo:
—Mi reino eres tú y yo soy tu reino.
Tras lo cual, ella no supo que contestar, y sus pensamientos se desviaron hacia otros asuntos mucho más placenteros.
Día a día, mientras avanzaban por aquel bosque que parecía no iba a terminar nunca, los caballos se asustaban, se encabritaban y los servidores, incluso los monteros, huían. El séquito de la Princesa se había reducido, casi, a menos de la mitad. Ni siquiera había permanecido a su lado una sola de las doncellas. Encantadas por el clima de amor y felicidad de los primeros tiempos, se habían enamorado, ora de este palafrenero, ora de aquel paje, ora de este montero… y habían desaparecido con ellos, hacia quien sabe dónde.
Un día, la Princesa, que sentía y a en sus entrañas los jugueteos del niño que llevaba dentro, pregunto:
—Cuando me despertaste con un beso, los árboles y los arbustos florecían, y la hierba, y hasta las ortigas, despedían un maravilloso perfume, que nunca olvidare… ¿Qué ha pasado? ¿Por qué han desaparecido el canto de los mirlos, y las flores, y el sol?
—Es que entonces era primavera —contesto el Príncipe— y ahora se acerca el invierno… Pero, a nosotros, ¿que nos importa?
Y se abrazaron, y se amaron, y todo lo demás desapareció a su alrededor.
Desapareció en su mente, pero no en la realidad que les rodeaba. Ellos pensaban que ni la oscuridad, ni la perversidad que se ocultaba tras el tallo de cada hoja, ni los aullidos de los lobos que acechaban a su paso, existían realmente. Claro que ninguno de los dos había alcanzado eso que las gentes llaman edad de la razón.
Y a pesar de todo, a medida que se adentraban más y más en el bosque, más y más iba encogiéndose el corazón de la Princesa, ovillándose en sí mismo, como uno de aquellos animalitos tan suaves y confiados, que caen atrapados en la primera trampa tendida a su paso.
Y por fin, un día, salieron del bosque y dejaron atrás el último de sus árboles.
Sobre un montículo rocoso, rodeado de niebla, apareció la silueta de un castillo. Parecía formar parte de la niebla, era en sí mismo como una figura hecha de niebla aún más oscura, de contornos imprecisos.
—¿Es este tu castillo? —pregunto tímidamente la Princesa.
Pero claro, cuando se han pasado cien años dormida, es natural que cuanto se presente a tu mirada resulte un poco raro.
—Y el tuyo —dijo alegremente el Príncipe, que no parecía acusar lo tenebroso del ambiente.
A fin de cuentas, había nacido y crecido allí, y uno permanece apegado a su infancia y, cuantos más años pasan, menos advierte los defectos que pudiera tener el entorno donde transcurrió.
—¿Qué es esa cosa negra y viscosa hacia la que vamos? —pregunto la Princesa.
Pero el Príncipe Azul parecía tan feliz, que no entendió del todo la pregunta y sólo dijo:
—Es el Castillo donde tú serás reina, mi reina, algún día.
Los enamorados dicen a veces cosas así, y es mejor no hacer demasiado caso. Pero quien las oye se siente muy satisfecho, y así se sintió la Princesa. Cuando ya se hallaban frente al castillo, la Bella Durmiente pudo ver que de su foso surgía una especie de neblina muy oscura, y que un olor a fango y raíces podridas brotaba de él, mezclándose al chapoteo de animales que ella no conocía. Como desconocía tantas cosas, y era consciente de su ignorancia de cien años, no dijo nada. Pensó que las costumbres habían evolucionado bastante desde el día en que ella se pincho con el fatídico huso. Bajaron el puente levadizo, chirriaron las cadenas, y dos heraldos vestidos de color verde musgo anunciaron su llegada. Apenas pudo distinguirlos entre los vapores que surgían del foso, pero si pudo ver claramente, sobre su cabeza, por encima de las torres, los vuelos de dos grandes milanos que trazaron un círculo, como observándoles, y luego remontaron el vuelo y desaparecieron tras las almenas.
La Princesa atravesó los umbrales del Castillo y el patio de armas, y llego ante la pequeña escalinata de piedra que conducía al torreón principal. Esperaba que, por fin, encontraría algo, o alguien, que alegrase o dulcificara su llegada. « Las apariencias engañan», solía decirle su nodriza, cada vez más añorada… Pero las nodrizas, o las madres, o las viejas tías, se equivocan o aciertan como cualquiera.
Al pie de la escalinata, su cortejo, y a muy escaso, se detuvo. Era una escalinata de piedra gris, húmeda y cubierta de musgo, como si nadie la cuidara, porque en las junturas crecían malas hierbas y se veían hojas podridas. Entonces la Princesa comprendió que la primavera había muerto hacía tiempo, mucho tiempo, y que ella apenas se había dado cuenta.
Pero no sólo la primavera, sino el verano, con su tienda de seda roja, su mesa de manteles de lino y copas de plata bajo los almendros. Y también el dulce otoño, que hacía de árbol una lámpara, y convertía en música las fuentes, los arroyos y los manantiales. Habían muerto las flores, las espigas y los membrillos dorados, y sólo quedaban ellos dos, de pie ante una larga escalinata de invierno y viento. Oyó piafar a los caballos y un frío desconocido se apodero de su corazón. Los goznes de la gran puerta de entrada al torreón chirriaron, se abrieron las dos hojas lentamente, y pareció que una manada de lobos se hubiera puesto a aullar, en alguna parte, no muy lejos de allí. En el marco de la puerta se alzaba una silueta entre la luz de las antorchas. Era alta y delgada y , por supuesto, majestuosa.
La Princesa comprendió casi enseguida que se trataba de su suegra, la Reina Madre, que se llamaba Selva, pero no acertó a ver su rostro, y a que las sombras de la tarde lo ocultaban, y sólo había luz, luz roja y temblorosa, a sus espaldas. Tal como le habían enseñado desde niña, la Princesa inicio una reverencia, pero el Príncipe rodeo con su brazo su cintura y la ayudo a subir los escalones. No parecía intimidado, sino más bien alegre, y acercándola a su madre, dijo:
—¡Abandona los protocolos! Ésta es mi madre y, desde ahora, también será la tuya. Abrazaos, y nada de reverencias ni cosas parecidas.
Algo como un leve temblor, como un vientecillo helado que inesperadamente nos estremece y nos obliga a abrigarnos al final del verano, llego hasta el corazón de la Princesa. Pero el Príncipe ya la había empujado hacia su madre, y se sintió estrechada por unos brazos tan fuertes y duros como cadenas de hierro. Entonces oyó por vez primera la voz de la Reina Madre, dándole una sucinta bienvenida. Era una voz baja, algo ronca, pero que parecía despertar ecos de cueva en cada rincón, aunque fuese al aire libre. Arrastraba las eses, como un silbido. Más tarde, cuando al fin pudo ver su rostro a la luz de las antorchas, velas y fuego de la gran chimenea del lugar donde cenaron, y que la Reina llamaba refectorio, la Princesa pudo ver un rostro delgado y apenas sin arrugas, muy pálido, coronado por cabellos —los que escapaban de una especie de cofia muy adornada, que cubría su cabeza— tan negros como los podría tener una muchacha de veinte años.
Tenía ojos grandes, en forma de pez, y con el contorno muy oscuro, como si los hubieran reseguido con un pincel de humo. Y sus pupilas, también muy grandes y brillantes, tanto que apenas si dejaban ver la cornea, tenían un color cambiante, indefinido. A la sombra de los párpados, parecían negras, pero a la luz de las llamas —el sol no entraba nunca en ellas, como pudo comprobar más tarde— lucían amarillas y fosforescentes, como el azufre. Sus manos eran largas, con dedos muy delgados, con la piel tan fina que se transparentaban las venas. La Princesa recordó, viéndolas, algunos riachuelos que había visto, siendo niña o en el viaje que la condujo hasta allí. Al extremo de sus dedos tenía uñas largas, bien cuidadas y limpísimas, que se curvaban levemente como caparazones de crustáceos. Según pudo comprobar luego, la Reina Madre era vegetariana. Pero no despreciaba el vino. Todo lo contrario, vaciaba su copa una y otra vez, durante las largas comidas que tenían lugar en el castillo. Entonces podía descubrirse en aquellas pupilas una llama medio oculta, capaz de prender fuego a cuanto mirase. Respecto al Rey, padre del Príncipe Azul y esposo de la Reina Selva, se encontraba muy lejos de allí, ocupado en alguna de sus continuas guerras. Ni siquiera se había enterado de la aventura nupcial de su hijo.
La Princesa tuvo la sospecha de que el Rey se hallaba muy a gusto fuera del castillo y de sus tierras, peleando con vasallos rebeldes y condes levantiscos; o emprendiéndola con algún país vecino del que, por una u otra razón, decía tener derecho o simplemente deseaba apoderarse.

Ana María Matute, El Verdadero Final de la Bella Durmiente

PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 2007
PREMIO CERVANTES 2010