lunes, 6 de febrero de 2017

VAMOS DE EXCURSIÓN

     
         
          Este jueves nos vamos a Madrid con los Segundos de Bachillerato y con parte de los alumnos del S4B.
Por la mañana, en la facultad de Filología de la Complutense, asistiremos al espectáculo teatral España Siglo XX, interpretado por el grupo El Aedo Teatro. El curso pasado ya comentamos la obra y dimos nuestra opinión sobre ella; no hace falta decir que nos gustó, pues repetimos.
Por la tarde, nos espera el Museo del Prado: unos tendrán que atender a las pinturas que les entrarán en la EVAU; otros podrán aprender algo de mitología; los demás, nos conformamos con apreciar algunas obras maestras de nuestro arte.
Os dejo con dos textos. Con el primero de ellos, se abre la obra de teatro que vamos a ver. El segundo pertenece al escritor argentino Manuel Mújica Laínez, y es una invitación para encontrarnos con la magia del museo, donde por la noche los cuadros cobran vida.


INVOCACIÓN AL SIGLO XX

Con tornillos de hierro,
con olor a vapor,
con grasa en el pelo,
con cuchillos de acero clavados en el corazón entramos en ti.

A la luz del cinematógrafo,
al compás del Mecanógrafo,
al olvido del historiógrafo,
al instante del fotógrafo entrarnos en ti.

Inventando por última vez la ciudad,
desafiando a los dioses de arriba y abajo,
cambiando por armas la libertad,
entramos en ti vendiendo una vida por un trabajo.

Siglo XX.
Inventor dei hambre, arquitecto de guerra, maestro de perdición.
El siglo de todo lo que mis ojos alcanzan a ver.
El siglo en el que todo lo que mis ojos alcanzan a ver pudo ser destruido.
Eres todo tan de cerca y sin embargo nada alejando la mirada.

Eres abuelo, padre e hijo a la vez.
Por ti perdí mi Dios, mi partido y mi identidad.
En tus espejos me veo reflejado y no me reconozco.
Busco a tu Luna de plata y no sé dónde está.

Hago malabares con tres sombreros que por arte de magia se convierten en tres guerras.
Una escuadra esperando a la muerte de un siglo que parecía no acabar.
Sin esperanzas subo una escalera que me lleva a lo más bajo.
Me bajo al moro, me subo a Europa y no me consigo encontrar.

Desde aquí, Siglo XX, yo te invoco, buscando una segunda oportunidad.
Trae a mi memoria tu humo, tus máquinas y tu sangre
para que la Luna de plata vuelva a brillar.
Jesús Torres

VISITANDO EL MUSEO DEL PRADO


A poco que cae la tarde y que empieza a anochecer, los personajes de las pinturas y las estatuas del Museo del Prado, se desperezan y sacuden. Durante el día entero, permanecieron inmóviles, dentro de sus marcos o encima de sus pedestales, para admiración y tranquilidad de los turistas. Nadie, ni el estudioso más avizor, pudo advertir alguna mudanza en sus actividades a menudo embarazosas, tan habituados están a cumplir con la plástica tarea que les asignó la imaginación de sus creadores. Entonces descabalga el feroz caballero y cesa la fuga, en los óleos de Sandro Botticelli; suelta Velázquez el pincel, y las Meninas se frotan los brazos entumecidos; aletean los ángeles del Beato, de Van der Weyden, de Memling, de Correggio, de Tiépolo, se echan a volar, y concluyen posándose en las cornisas, donde dialogan con los extraños pájaros del Bosco; bosteza la Maja Desnuda; el Duque de Mantua, harto de acariciar el perrito que le acoló Tiziano, le ordena de mal modo que lo deje en paz; el Caballero de la Mano al Pecho la baja, cierra los dedos helados, los masajea y hace crujir; el Carro de Heno se pone pesadamente en marcha; Gioconda suspende la cansada, difícil sonrisa; los muchachos griegos de mármol estiran las piernas, y el más inclinado reanuda su queja cotidiana de cuánto le duele la cabeza de Antinoo que le injertaron en el cuello; Justino de Nassau guarda la llave de la ciudad de Breda, que diariamente entrega a Spínola en la gran tela de Las Lanzas; en el Jardín de Rubens se desquitan del obligado mutismo, con un parloteo que cacareo parece, por la contribución de tantas opulentas señoras; los Niños Jesús españoles, flamencos, italianos, juegan en el piso; descienden de las nubes las Inmaculadas; arrojan al suelo los fusiles, los del Tres de Mayo, y sus víctimas comentan lo bien que, una vez más, han mimado su patético cuadro vivo ante el público; el Emperador… Felipe II… Felipe III… Felipe IV… ¿a qué continuar?… Así y así, de sala en sala, en las rotondas, en las escaleras, en las galerías, las escenas se reproducen, como en innúmeros teatrejos de maravillosa hermosura, donde los actores lían los bártulos y se aprestan, luego del espectáculo, a vivir la vida, la supuesta verdadera vida. Sólo los guardianes previstos recorren con paso cadencioso los ambientes del Museo, en el transcurso de las horas de cierre. Controlan los relojes; verifican la normalidad de las obras expuestas, revisan rincón tras rincón; charlan en voz mesurada. El palacio impresiona con su grandeza vacía y con la fama y majestad de sus moradores. No advierten los custodios en sus rondas la vibración secreta que estremece a la asamblea ilustre, ni captan sus leves ademanes, sus reclamos, murmurios y frufrúes, porque toda esa conmoción se desarrolla en un plano inaccesible a sus sensaciones, y cada personaje esculpido o pintado es como el fantasma o la proyección de sí mismo, y al desgajarse del sitio glorioso que ocupa y en el Catálogo lo encierra, deja en su lugar una imagen (la imagen de una imagen), un quieto reemplazante exacto que engañará pasajeramente los alcances de la humana vigilancia. Ciertas noches, el novelista ha gozado de un privilegio singular. Ignora a quién o a qué lo adeuda. ¿Será a los propios y astutos residentes del Museo del Prado? ¿Lo habrán escogido a él, extranjero, habitante amistoso de un remoto país, para transmisor del misterio de su vida oculta, para testigo de la existencia doble que bulle dentro de los muros del palacio de Juan de Villanueva, como se elige la complicidad de un confesor desconocido? ¿Lo deberá a la decisión de la Musa que abre puertas inverosímiles, la Musa que conduce a infranqueables regiones? ¿Habrá en el Museo un funcionario con autoridad y poderes sobrenaturales? El novelista repite que lo ignora. En el espacio de esas noches encantadas, ha dado fe, simultáneamente, de la noble inercia de las pinturas y esculturas, fijas en sus puestos, y de las andanzas de quienes, para los demás imperceptibles, fluyen de la sustancia de las obras maestras. Y como es su oficio, el novelista cuenta aquí lo que vio y oyó.

Manuel Mujica Láinez, Un novelista en el Museo del Prado