miércoles, 8 de febrero de 2017

EL ENFADO DE VIOLA TRUMP


(UNA HISTORIA DE AMOR Y FANTASMAS)

En el exterior, las calles estaban mojadas, pero corría una brisa fresca y el cielo estaba despejado. Cruzó el puente de la vía férrea y se reunió con el fantasma del camisón al final de las escaleras que conducían a la iglesia, un lugar que solía elegir para esta clase de encuentros. Estaba lo suficientemente apartado como para poder hablar sin llamar la atención.
-Me llamo Viola -dijo el fantasma-- Viola Trump. Gracias por ayudarme.
-Si lo hago esta vez, no debes contárselo a los demás -dijo Sam-. No hablaré contigo si hay alguna posibilidad de que alguien nos vea, ya esté vivo o muerto. Así que tú tampoco deberías hablarme a mí.
-Solo quiero recordarle a Tom sus palabras. Eso es todo. Dijo que me querría para siempre y ahora se va a casar con mi hermana.
-¿Quieres que pase el resto de su vida de luto? -le preguntó Sam.
Viola hizo un mohín y ladeó la cabeza.
-Toda la vida, no -dijo lentamente-. Pero solo hace un mes que he muerto y ya se ha prometido con ella. Quiero que sepa lo mal que me hace sentir eso.
Sam siguió al fantasma colina arriba. A menudo, su labor como mensajero de los muertos le había puesto en contacto con cuestiones que no deberían incumbir a un chico de catorce años. Esa era otra de las cosas que le alejaban de los chicos de su edad. A veces se preguntaba si tendría más en común con las almas perdidas que podía ver con su ojo derecho que con los vivos a los que podía ver con el izquierdo.
En lo alto de la colina se detuvo a observar la nube de humo que cubría la ciudad, que se alzaba en la lejanía. Londres daba cobijo a muchas almas resentidas. Viola lo condujo sendero abajo en dirección a Peckham Rye. Carruajes y carretas pasaron traqueteando a su lado, en dirección al mercado. Sam y Viola salieron a un camino lateral donde se erguía una serie de casas adosadas. Caminaron en silencio. Al fin, Viola señaló una de ellas y dijo entre sonoros sollozos:
-Es allí. Esa es la casa de Tom.
Sam esperó a que dejara de llorar.
Cuando la chica se recompuso, Sam llamó a la puerta. Le abrió un joven de aspecto taciturno. Era alto, pelirrojo, con la piel pálida y el rostro cubierto de pecas. Iba vestido con un traje, aunque ni el material ni el corte sugerían que se tratase de un hombre adinerado. Parecía tan incómodo con él puesto que Sam llegó a la conclusión de que era nuevo, al menos para él. Por los gemidos que estaba profiriendo Viola, Sam supo que se trataba de Tom.
-Me llamo Sam Toop -dijo Sam-. He venido a tratar un asunto con un tal Tom Melia.
-Soy yo. ¿Nos conocemos? -le preguntó el joven.
-No. Vivo al otro lado de la colina.
-¿Entonces es que quieres venderme algo?
-Solo he venido a pedirle unos minutos de su tiempo.
-Me temo que tiempo es algo que no me sobra en estos momentos. De hecho, ya llego tarde -salió de la casa y cerró la puerta a su paso.
-Quizá podamos hablar mientras caminamos -propuso Sam.
Tom parecía más entretenido que molesto por la insistencia de Sam.
-¿Y ese asunto que me cuentas no puede esperar`?
-Díselo ya -le instó Viola.
-Le agradecería que pudiéramos solventarlo ahora -dijo Sam.
-Está bien. Aunque voy a la iglesia, que no queda muy lejos.
-¿A la iglesia? -dijo Sam.
-Hoy me caso.
-¿Hoy? -exclamó Sam, que giró la cabeza para mirar a Viola.
-Por eso no podía esperar -dijo ella-. Tenernos que detenerlo.
-Pareces sorprendido -dijo Tora-, Todos los días se casa alguien, ¿sabes?
-Es solo que... no me gustaría molestar a nadie en el día de su boda -dijo Sam, dirigiéndose tanto a Tom como a Viola.
-No pensé que tuvieras intención de molestarme -dijo Tom, sonriendo-. No sé si debería replantearme lo de permitir que me acompañes.
-Prometió que me amaría -gimió Viola.
-Perdóneme -dijo Sam-, debe de pensar que soy un poco raro.
-Pues sí -dijo Torn-, la verdad es que si.
El chaparrón de la noche anterior provocó que Tom y Sam tuvieran que saltar sobre los inmensos charcos de lodo que había de camino a la iglesia, mientras que Viola los atravesaba directamente, sin agitarlos ni reflejarse en ellos.
-Hace un día precioso para casarse -dijo Sam-. ¿Puedo preguntarle el nombre de la chica que será su esposa?
-Se llama Perdita -respondió Tom-. Es la chica más hermosa, honesta y amable que te puedas imaginar.
-Esa ramera... ¡Esa bruja traidora! -farfulló Viola.
-Entonces es usted afortunado -dijo Sam, ignorando a Viola-. ¿Cómo la conoció?
-Conozco a su familia desde siempre -le explicó Tom.
-¿Y qué hay de mí? -inquirió Viola.
-¿Han estado enamorados desde la infancia? -preguntó Sam.
-La verdad... -titubeó Tom-, la verdad es que nunca he querido casarme con ninguna otra chica.
-¡Mentiroso! -gritó el fantasma-. ¡Mentiroso!
-¿Nunca hubo otra persona en su vida? -preguntó Sam.
Tom se detuvo en seco. Se encontraban en una esquina desde la que se podía ver el campanario de la iglesia, apenas un par de calles más adelante.


-¿Es este el asunto urgente que tenías que discutir conmigo? -preguntó. La sonrisa había desaparecido de su rostro.
-No es mi intención hacerle un interrogatorio -dijo Sam-. Pero, cuando me haga mayor, supongo que querré encontrar también el amor. Me intriga mucho saber cómo se producen estas uniones.
-Yo estaba prometido con su hermana -admitió Tom.
Ya fuera por la juventud de Sam. o por su carácter cautivador, el caso es que no era la primera vez que persuadía a un completo desconocido para que le abriera su corazón de esa manera.
-¡Ajá! -exclamó Viola, triunfante-. Al fin sale la verdad.
-Pero me pareció entender que siempre había querido casarse con Perdita -dijo Sam-. ¿Cómo es que acabó prometido con su hermana?
-Fue un gesto de caridad -dijo Tom-. Aunque a veces dudo si esa es la mejor definición.
-Fue una crueldad, más bien -dijo Viola.
-No lo entiendo -dijo Sam.
-Le pedí matrimonio a Perdita hace tres años -dijo Tom-. Sé que ella compartía mis sentimientos, pero no quería casarse conmigo. Me contó que su hermana le había confesado que ella también estaba enamorada de mí. Juro que yo no hice nada por fomentarlo.
Tom hizo una pausa, como si esperase alguna nueva pregunta. -Al ver que Sam no decía nada, prosiguió:
-Su hermana nunca estuvo hecha para este mundo. Se pasó toda la infancia asolada por enfermedades y Perdita sabía que solo le quedaban unos pocos y preciados años entre nosotros. Así que me dijo que, si de verdad la amaba, me la sacara de la cabeza e hiciera feliz a su hermana durante el tiempo que le quedase.
-¿Así que le ordenó que amase a su hermana? -dijo Sam.
Tom asintió con gravedad-
-Y así lo hice. Por Perdita. Le dije a Viola que la amaba. Le dije que nos casaríamos. Aparqué mis sentimientos y, como si fuera un actor, interpreté el papel de amante de Viola. Todos los días se me rompía el corazón, pero Perdita tenía razón. Hice feliz a su hermana. ¿Pero fue correcto? No lo sé.
Sam dirigió la mirada hacia Viola. La chica no dijo nada, pero su mirada reveló que creía lo que estaba diciendo Tom.
-Si mi opinión cuenta para algo -dijo Sam-, yo diría que sí se trata de un acto de generosidad. Usted le dio esperanza a una chica que no tenía ninguna.
-Gracias -dijo Tom-. Eres un jovencito extraño, apareces de sopetón para decirme esto y precisamente el día de mi boda; pero por alguna razón, aprecio tu opinión. No ha sido fácil guardar este secreto. Las malas lenguas hablan de mí como de un hombre caprichoso, cruel y egoísta. Perdita y yo nos mudaremos cuando nos casemos. Empezaremos de cero.
Los tres prosiguieron su lenta caminata hacia la iglesia. Ni Tom ni Sam dijeron una palabra más durante el trayecto. Viola caminaba por detrás de ellos, en silencio.
Entonces llegaron a la puerta que conducía a la iglesia.
-Ya hemos llegado -dijo Tom- y aún no me has hablado de ese asunto tuyo.
-Ya no tiene importancia -dijo Sam-. Permítame transmitirle mis mejores deseos para su matrimonio.
-Y buena suerte a ti también, cuando te toque encontrar el amor -dijo Tom.
-Eso aún queda un poco lejos -dijo Sam.
-Bueno, cuando llegue el momento, espero que tu camino hacia la felicidad sea menos extraño y doloroso de lo que ha sido el mío.
Se despidieron con un apretón de manos y Tom marchó por el camino que conducía a la puerta de la iglesia. Se levantó una brisa helada que alborotó las ramas desnudas de los árboles del cementerio.
Se escuchó entonces un golpe, diferente a cualquier sonido terrenal, pero que Sam había escuchado muchas veces antes. Era el sonido que escuchaban los fantasmas antes de atravesar la Puerta invisible.
-Me están llamando, ¿verdad? -dijo Viola.
Sam asintió.
-Tengo miedo.
-Ya -dijo Sam.
No tenía palabras para consolar a Viola Trump. Estaba a punto de atravesar una puerta que conducía a un lugar que escapaba a la imaginación de Sam. No esperaba un agradecimiento y no recíbió ninguno.
Los muertos rara vez se mostraban agradecidos por la ayuda que les prestaba.

Gareth P. Jones, Constable & Toop