jueves, 27 de octubre de 2016

UN MAUSOLEO


Extrajo la ganzúa de su cazadora y trató de abrir la oxidada cerradura.
Pocos instantes más tarde, el eco de un chasquido resonó en todo el sendero. Kyriel miró e n ambas direcciones temiendo que aquel sonido hubiera despertado la curiosidad de algún guarda del cementerio. Cuando comprobó que nadie se aproximaba, dirigió su vista de nuevo hacia la puerta y la abrió con cuidado.
El quejido de los goznes al girar, le hizo percatarse del tiempo que había transcurrido desde que aquel mausoleo fuera visitado por última vez. Quizás demasiado…
Ya dentro, se fijó en el pequeño altar de piedra sobre el que se hallaba un sencillo crucifijo y un jarrón vacío y polvoriento.
Alumbró toda la estancia para concentrarse posteriormente en el suelo, descubriendo unas estrechas escaleras.
Imaginó que era la antesala de una cripta.
Descendió por ellas con agilidad desembocando en una sombría sala.
La luz de la linterna le mostró dos sepulcros de blanco mármol, elevados sobre un pedestal del mismo material.
Se aproximó hacia uno de ellos y enfocó su base. El nombre que leyó, grabado sobre ella, le heló la sangre.

Raoul, Vizconde de Chagny

La linterna comenzó a temblar en sus manos.
Contuvo la respiración mientras dirigía su mirada hacia el sepulcro continuo.
No puede ser…
Cerró los ojos brevemente antes de leer el nombre:

Christine de Chagny.

Un sudor frío comenzó a deslizarse por sus sienes.
Intentó tranquilizarse mientras iluminaba la superficie de ambas tumbas, donde vislumbró el escudo familiar. Volvió a leer aquel nombre, como si hubiese sido víctima de un mal sueño y deseara cerciorarse de nuevo.
«No hay duda; es ella»
Se apoyó en el muro que delimitaba aquella cripta, pasándose una mano por sus enrojecidos ojos.
Permaneció absorto varios minutos en la aprensiva oscuridad que le rodeaba, procurando hacer frente a la realidad que tenía ante sí.
En ese momento una pregunta invadió su mente.
¿Por qué no habían sido enterrados junto a los demás Chagny en el mausoleo familiar?
La misma situación compartían los padres y el tío de Christelle, que se hallaban en otro diferente…
Pensó en la posibilidad de que, a raíz de la publicación de la novela de Leroux, sus familiares deseasen que su linaje pudiera descansar lejos de aquel mito, de aquella publicidad molesta que se generaría en torno a ellos. Quizás fuera debido a ello, el hecho de que en su fachada no figurara nombre o apellido alguno.
Inspiró con fuerza aquel aire seco y polvoriento y alzó su vista para encontrarse con un nuevo hallazgo.
Frente a él y detrás de los dos sepulcros, se hallaba la estatua de un ángel de piedra.


Su sola presencia inspiraba respeto, como si fuese el guardián que custodiara en silencio aquellas tumbas.
Kyriel se aproximó hasta él sintiendo un estremecimiento cuando contempló a a la luz de la hermosa escultura.
Aquel ángel se hallaba tocando un violín.
Su rostro, con el pelo cayendo en cascada sobre sus hombros y los ojos entrecerrados, transmitía sosiego e inspiración.
Sus finos dedos sujetaban el instrumento de piedra con extrema sutileza.
La técnica escultórica del «paño mojado» hacía que la túnica que portaba hasta su s desnudos pies, modelara perfectamente todo su cuerpo.
Unas bellas alas se abrían sobre su espalda, simulando emprender el vuelo hacia el más allá.


En su base, rozando sus pétreos pies, se encontraban esculpidas, semejando un libro abierto, unas partituras.
Kyriel se inclinó sobre ellas y las alumbró con la linterna.
La música recogida en aquellos grisáceos pentagramas no le era completamente desconocida…
Una exclamación se le escapó de sus labios al reconocer las notas musicales de La Resurrección de Lázaro, la melodía que el padre de Christine solía tocar para ella con su violín cuando aún era una niña.
Volvió a contemplar aquella estatua envuelta en un halo de extraña belleza.
Fue entonces cuando se percató de una minúscula llave, que atada a una finísima cadena, pendía del arco del violín...

Sandra Andrés Belenguer, El Violín Negro