domingo, 16 de octubre de 2016

LA IGLESIA DEL TEMPLE


Este establecimiento de los templarios ocupaba el centro de unas vastas praderas que el fundador había legado a la Orden. Estaba bien fortificado, porque los templarios nunca descuidaban esta precaución, que a la sazón era de suma importancia, estando tan agitada y revuelta Inglaterra. Dos alabarderos vestidos de negro guardaban el puente levadizo, y otros dos, con el mismo traje, se paseaban a pasos mesurados sobre la muralla, semejantes a espectros más que a hombres. Tal era el uniforme de los empleados inferiores de la Orden desde que el uso del ropaje blanco, igual que el de los caballeros y escuderos, había dado origen en las montañas de Palestina a la formación de unos falsos templarios que habían acarreado gran deshonra a los verdaderos. De cuando en cuando atravesaba el patio un caballero de la Orden, con su manto blanco, la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Si se encontraban dos, se saludaban en silencio con una profunda cortesía, porque tal eran las reglas que se observaban, fundada quizás en lo que dice la Escritura: "Pecado hay en muchas palabras, y la vida y la muerte están en tu lengua". En fin, la severa disciplina de Lucas de Beaumanoir había hecho renacer el ascético rigor de los tiempos primitivos del Temple, en lugar del desorden en que por tanto tiempo había vivido aquella Orden militante.

Isaac se paró a la puerta, sin saber cómo podría introducirse en el preceptorio, porque sabía que la nueva severidad de los templarios no era menos funesta a los de la nación hebrea que su antiguo desarreglo y que a la sazón la ley que profesaba le exponía a la persecución de los caballeros, como en otra época su riqueza le había expuesto a las extorsiones de su implacable tiranía.

Entretanto Lucas de Beaumanior se paseaba por un pequeño jardín del preceptorio situado dentro de las murallas, y conversaba triste y confidencialmente con uno de los caballeros de la Orden que había ido en su compañía a Tierra Santa (...)


—Conrado —decía Lucas de Beaumanior—, querido amigo y compañero en mis batallas y peligros, en tu fiel corazón puedo desahogar las cuitas que atosigan el mío. Sólo en ti puedo depositar mis ardientes deseos de reunirme con los justos. Ninguno de los objetos que se han presentado hasta ahora a mis ojos en Inglaterra me ha servido más que de tormento y de mortificación, salvo las tumbas de nuestros hermanos que aún adornan la iglesia de la Orden de la orgullosa capital. ¡Oh valiente Roberto de Ros!, exclamaba yo interiormente al ver Las estatuas de aquellos buenos soldados de la Cruz recostadas en sus sepulcros. ¡Oh digno Guillermo de Mareschal! ¡Abrid vuestras moradas de mármol y admitid a un hermano cansado de la vida, que más bien quiere pelear contra cien paganos que ser testigo de la decadencia de su santa Orden!

Walter Scott, Ivanhoe