viernes, 28 de octubre de 2016

LA DANZA DE LA MUERTE


Luces y sombras se agitaban por toda la plaza, a cada vaivén de las llamas. El danzar ardiente de las antorchas, junto con el parpadeo de los cirios y linternas que empuñaban algunos de los presentes —casi como en una vigilia religiosa—, hacía bailotear a las siluetas sobre las paredes parduscas de las casas. Acababa de ponerse el sol y, con los últimos restos de luz, una verdadera multitud había ido afluyendo a aquella plaza: gente de todo rango y posición, desde hidalgos a esclavos, unos a cara descubierta, otros escondidos bajo capuchas e incluso ocultos tras máscaras.
En una esquina de la plaza, confluencia de cinco callejas, varios músicos estaban tocando; no juglares, sino gente llana, con instrumentos del pueblo: flautas, tamboriles, cascabeles, zanfoñas. A los sones de su música rápida y estridente, una treintena de bailarines danzaban en corro, girando a la luz de las llamas. Rotaban hacia la derecha, en torno a un danzante central y formaban el conjunto más extraordinario que Benavent hubiese visto bailar jamás. No había dos iguales, sus atavíos simbolizaban distintos estamentos y oficios de la sociedad castellana y, por lo exagerados, era obvio que se trataba de una mascarada.
Había uno disfrazado de obispo, con una mitra enorme y báculo. Un caballero de yelmo emplumado y espada. Una prostituta con cintas rojas y máscara de expresión salaz. Una dueña con toca y lanzadera de hilar. Toneleros, traperos, bataneros, aguadores, alarifes, físicos; todos allí representados con disfraces, casi todos empuñando algún instrumento representativo de su profesión. Incluso, para estupor del hombre de Alejandría, había uno vestido de Papa y otro con gran corona que hacía las veces de rey.
Giraban y giraban a los sones de la música estrepitosa, al resplandor de las luces, casi como en trance. Pero, pese a lo asombroso de todos esos disfraces, mucho más lo era el personaje que ocupaba el centro del corro. Un bailarín muy alto y flaco, envuelto en una tela roja y harapienta que simulaba un sudario, y que le dejaba brazos y piernas al aire. Llevaba la piel pintada de negro y blanco, para figurar los huesos humanos, una máscara de calavera y, a dos manos, blandía una guadaña.
Daba saltos, giros, cabriolas, y debía ser hombre de enorme fortaleza física, pese a su delgadez extrema, a juzgar por la soltura con que manejaba la guadaña de campesino. En los tobillos, llevaba cascabeles que resonaban incesantes, agitados por los brincos y contorsiones.
Temblaban las llamas de las antorchas, iluminando en rojo los rostros de los presentes. Giraba el corro de disfraces y el bailarín central, representación de la Muerte, brincaba incansable, el sudario rojo aleteando a cada bote. (…)
En ese clima enrarecido, gran número de gente había acudido a esa plaza, con la intención de exorcizar a los espantos mediante un baile que cada vez se hacía más popular en los reinos occidentales. La Danza de La Muerte o Baile de Enterradores, que de las dos formas la llamaban en Castilla. Ayala, que fuese canónigo en Toledo durante algún tiempo, dio a Benavent ciertas explicaciones que luego éste transmitiría por carta a sus corresponsales de Oriente. Algunos religiosos bendecían tales danzas, viéndolas como un alivio para las gentes, en esa era negra de guerras, plagas y hambre. Pero otros recelaban, al considerarlas un resabio paganizante y supersticioso, surgido del seno del pueblo.
Unos y otros coincidían, eso sí, en que era necesario encauzarlas a través de la Iglesia. Por eso los sacerdotes condenaban las espontáneas, como la que tenía lugar esa noche. Danzas Mudas las llamaban, todo música y baile, a diferencia de las organizadas por el clero, que se habían convertido en representaciones teatrales que acompañaban a las misas, con el objetivo último de confortar a los fieles, haciéndoles asumir su mortalidad y lo efímero de todo lo mundano.
En el corro, los oficios y clases, y en el centro, la Muerte, eje sobre el que gira toda existencia humana; el maestro de danza de la Humanidad entera. Giraba y saltaba entre cascabeleos, el sudario rojo flameando, la guadaña en alto para significar su triunfo sobre la Vida. Cada cierto tiempo, apuntaba con ese apero de segador a uno de los disfraces; y el designado dejaba el círculo para ir a su encuentro y bailar con la Muerte una jota muy movida, hasta que ésta le permitía volver a su lugar.
Así era el giro inmutable de la Existencia, musitó el joven Ayala: fútil y arbitrado por la Muerte, siempre en trance de ser llamados por ésta. (…)
—¿Y qué trae a un hombre como tú a la Danza? —preguntó Ayala con intención.
—Una mezcla de intereses. Ha habido alteraciones últimamente y he creído conveniente acercarme a echar un vistazo. Pero, por otra parte, vivimos tiempos difíciles y es bueno recordarse a uno mismo que es mortal, que sus obras son vanidad, que ha de volver al polvo, y que eso puede ocurrir en cualquier instante. (…)
—Polvo al polvo. ¿Es eso lo que trae a toda esta gente a la Danza? —Benavent paseó de nuevo la mirada por el público, reparando ahora en que las máscaras eran algunas de muecas exageradas; aunque las había sobrias. En cuanto a los rostros descubiertos, que entraban y salían de la oscuridad a capricho de las llamas, muchos mostraban expresiones de arrobo, casi de éxtasis, mientras seguían la Danza de la Muerte.
—No puedo hablar por nadie que no sea yo mismo. Pero sí: supongo que a algunos les ocurrirá lo mismo que a mí. Y los habrá que, tal vez, encuentren consuelo en la escenificación de que todos por igual, altos o bajos, ricos o pobres, felices o desdichados, nos doblegaremos algún día ante la guadaña.
—Hay doctores en teología que reprueban estas danzas —repitió argumentos Ayala, con seriedad pero sin asomo de reproche en la voz—. Las consideran bárbaras, paganas y supersticiosas.
—No seré yo quien rebata a los teólogos, aunque tengo entendido que no todos están de acuerdo con eso —respondió Cañizares con mesura—. Pero, en estos días de desolación y sufrimiento, no veo mal en que los hombres busquen consuelo allá donde puedan hallarlo.

León Arsenal, Los Malos Años