viernes, 21 de octubre de 2016

EL MERCADO DE SOMBRAS


Las noches del Mercado de Sombras eran las favoritas de Kit.

Eran las noches en las que su padre le permitía salir de casa y ayudarlo en el tenderete. Llevaba yendo al Mercado de Sombras desde los siete años. Ocho años después, aún experimentaba la misma sensación de sorpresa y asombro cuando caminaba por Kendall Alley, cruzando la Ciudad Vieja de Pasadena, hacia una pared de ladrillo, que luego dejaba atrás para entrar en un explosivo mundo de color y luz.

A solo unas manzanas había Apple Stores, donde vendían gadgets tecnológicos y ordenadores, Cheesecake Factories y mercadillos de comida ecológica, tiendas de American Apparel y boutiques de moda. Pero allí, el callejón se convertía en una enorme plaza, con salvaguardas en todas partes para evitar que los despistados se metieran por error en el Mercado de Sombras.

Este aparecía cuando la luna estaba creciente o menguante, y tanto existía como no existía. Kit sabía que cuando paseaba por las filas de tenderetes, todos con su brillante decoración, estaba caminando por un espacio que se desvanecería en cuanto el sol se alzara por la mañana.

Pero el rato que pasaba allí, lo disfrutaba. Tener el Don, cuando nadie que lo rodeaba lo tenía, era algo muy especial. El Don, así lo llamaba su padre, aunque a Kit no le parecía un gran don. Hyacinth, el adivino del tenderete del borde del mercado, lo llamaba «la Visión».

Kit le encontraba más sentido a ese nombre. Después de todo, lo único que lo diferenciaba de un chaval corriente era que podía «ver» cosas que los otros no. A veces eran visiones inofensivas: duendecillos saliendo de entre la hierba seca que crecía en las resquebrajadas aceras; el pálido rostro de los vampiros en una gasolinera a altas horas de la noche; un hombre chasqueando contra la barra del restaurante unos dedos que, al volver a mirarlo, Kit comprobó que no eran dedos sino garras de lobo. Le ocurría desde que era muy pequeño, y a su padre también. La Visión se heredaba (...)

El mercado era colorido y extravagante incluso para sus ocupantes. Había ifrits sujetando por correas a djinns que actuaban, y hermosas chicas peri que bailaban ante los tenderetes y vendían polvos brillantes y peligrosos. Una banshee atendía un tenderete desde el que prometía anunciarle al cliente el momento de su muerte, aunque Kit no podía imaginarse por qué alguien querría saber eso. Un cluricaun se ofrecía a encontrar objetos perdidos, y una bruja joven y bonita, con el cabello corto y verde, vendía brazaletes y colgantes encantados para atraer el amor. Cuando Kit la miró, ella le sonrió (...)

Kit salió a hacer lo que le pedían, contento de poder marcharse un rato. Un recado era una buena excusa para darse un paseo. Pasó ante un puesto cargado de flores blancas que despedían un olor oscuro, dulzón y ponzoñoso; en otro había un grupo de gente vestida con trajes caros que repartía panfletos ante un cartel que rezaba: «¿MEDIO SOBRENATURAL? ¡NO ESTÁS SOLO, LOS SEGUIDORES DEL GUARDIÁN DESEAN QUE TE APUNTES A LA LOTERÍA! ¡DEJA QUE LA SUERTE ENTRE EN TU VIDA!».

Una chica morena con los labios pintados de rojo intentó colocarle un panfleto en la mano. Al ver que Kit no lo cogía, lanzó una mirada molesta más allá de él, hacia Johnny, que le sonrió de medio lado. Kit puso los ojos en blanco: habían surgido un millón de pequeños cultos alrededor de la adoración de algún demonio o ángel menor. Nunca parecían llegar a nada.

Buscó uno de sus tenderetes favoritos y se compró un tarrito de helado teñido de rojo que sabía a fruta de la pasión, frambuesa y nata, todo junto. Intentaba tener cuidado al escoger a quién se lo compraba, ya que en el mercado había dulces y bebidas que te podían dejar fastidiado para toda la vida. Aunque nadie iba a correr ningún riesgo con el hijo de Johnny Rook. Johnny Rook sabía algo de todo el mundo. Si lo hacías enfadar, quizá acabaras descubriendo que tus secretos ya no lo eran tanto.

Kit regresó a donde estaba la bruja con bisutería encantada. Esta no tenía un tenderete; estaba, como de costumbre, sentada sobre un sarong estampado, de esa tela barata y brillante que se podía comprar en Venice Beach. La bruja alzó la mirada mientras él se acercaba.

Cassandra Clare, Lady Midnight