viernes, 7 de octubre de 2016

ACERCA DE UN MONSTRUO VIENE A VERME


No llegué a conocer en persona a Siobhan Dowd. Solo la conozco como la conoceréis la mayoría de vosotros: a través de sus extraordinarios libros. Cuatro novelas para jóvenes llenas de fuerza, dos de ellas publicadas en vida, dos después de su temprana muerte. Si no las habéis leído, poned remedio a ese descuido inmediatamente.

Este habría sido su quinto libro. Tenía los personajes, una premisa y un inicio. Lo que no tenía, desgraciadamente, era tiempo.

Cuando me preguntaron si estaría dispuesto a convertir su trabajo en un libro, dudé. Lo que no quería —lo que no podía hacer— era escribir una novela imitando su voz. Eso habría sido hacerle un flaco favor a ella, al lector, y sobre todo a la historia. No creo que la buena escritura pueda funcionar así.

Pero lo que tienen las buenas ideas es que generan otras ideas. Casi antes de que pudiera evitarlo, las ideas de Siobhan me sugirieron otras nuevas, y empecé a sentir ese deseo que todo escritor ansía: el deseo de juntar palabras, el deseo de contar una historia.

Sentí —y siento— que me habían cedido un testigo, como si una escritora especialmente dotada me hubiera dado su historia y me hubiera dicho: «Adelante. Corre con ella. Métete en líos». Y eso fue lo que intenté hacer. A lo largo del camino tuve una única directriz: escribir un libro que a mi parecer a Siobhan le habría gustado. Ningún otro criterio importaba realmente.

Y ahora ha llegado el momento de pasarte el testigo. Las historias no terminan con los escritores, aun cuando sean muchos los que tomen la salida. Aquí tienes lo que se nos ocurrió a Siobhan y a mí. Así que, adelante. Corre con ello.

Métete en líos.

Patrick Ness, Un Monstruo Viene a Verme