sábado, 19 de abril de 2014

POLIZÓN EN UN BOTE SALVAVIDAS

Salvé la vida porque era polizón: había intentado conseguir un billete para el Titanic en una partida de cartas, pero estaban marcadas (siempre lo están) y volví a perder mi jugada. No me importó, rondé el barco y encontré mi momento, porque nada iba a impedir que cumpliera mi sueño. El cine, Jolibud o así, era mi destino final, y ninguna mala mano iba a impedirlo. No tenía nada más ni nada menos, sólo una baraja y mis sueños. Colarme no fue difícil, pero sí evitar ser descubierto, así que me escondí, desde el primer día, en un bote salvavidas. Mi refugio, podéis creerme, no era muy cómodo: se movía sin cesar y pasaba mucho frío por las noches, apenas cobijado con una manta y un viejo abrigo. Mientras escuchaba a la orquesta por la noche, imaginaba las vidas felices de los pasajeros de primera que paseaban en cubierta y las de los desdichados que los servían (y al revés, la de los desdichados de primera y los felices esclavos), pero, en realidad, prefería soñar con la vida que me esperaba más allá de mi pasado, cuando me convirtiera en el mejor malvado de cine mudo que podáis imaginar. Sólo salía de mi escondrijo para buscar comida, algo de agua y un poco de ron, y os confieso que, de la misma manera que huí de algunos oficiales encontré amigos de toda clase, y que mis mejores horas las pasé bajo la lona, ocupado en mis cartas y mis sueños. No sé qué pasó, no vi nada, pero ahí, en mi chalupa, sentí el trallazo y el hielo, los gritos, el miedo, hasta que bajaron mi bote con mujeres y niños. Y yo. El polizón. Nunca tuve, creedme, compañía mejor. 

Rafael Reig