miércoles, 23 de abril de 2014

EL DRAGÓN Y LA PRINCESA

23 de abril = Día del Libro = Día de San Jorge. Oído, biblio, una de dragones

Rayaba el sol por las colinas del oeste, al atardecer, cuando la encontré. Recuerdo que en las copas de los árboles fulguraba un tenue resplandor verdoso, pero en su base reinaba la oscuridad. Para mí era el mejor momento del día, ya que no me gusta la luz y prefiero las sombras.

La muchacha no se asustó al verme. Estaba apoyada en el tronco de un árbol caído, cabizbaja y pensativa. Al percatarse de mi presencia, me saludó cortésmente. Entonces, tras permanecer unos instantes en silencio, me atreví a preguntarle si se hallaba perdida. Levantó sus translúcidos ojos esmeralda, miró a su alrededor como si aún no hubiera atendido a su situación y, con una dulcisima sonrisa, me respondió que sí.

Inmediatamente le ofrecí asilo en mi humilde morada, ante lo cual aceptó complacida. Así pues, se quedó a vivir conmigo. Me habló de su padre, el rey de todas las tierras que yo solo había alcanzado a otear desde el abrigo del bosque, ya que jamás me había atrevido a ir más allá de aquel mi natural dominio; me habló del frío y gigantesco palacio, de todas sus tristes obligaciones protocolarias como princesa, de los cientos e pretendientes que se ofrecían diariamente y de la poca fuerza y destreza que ellos, no ciegos ante la realidad, trataban patéticamente de disimular.

La abatida princesa me habló de su búsqueda incansable... En ocasiones yo le hacía olvidar su pena, tratando de divertirla con mis historias, y ella, agradecida, solía apoyar su hermosa cabeza sobre mi cuerpo tendido, e incluso, en cierta ocasión, me permitió que dejara descansar mi cabeza sobre tu tierno regazo. Recuerdo aquel momento como uno de los más felices de mi longeva existencia.

Llegamos a conocernos tan sumamente bien, que en pocos meses ya podíamos entendernos sin hablar. Ignorábamos todo lo que sucedía fuera.

No obstante, una mañana en la que salí a buscar provisiones de alimentos para mi amada princesa y para mí, descubrí a un par de campesinos que se dirigían al mercado de la ciudad. Me escondí tras unos enormes riscos, por temor a ser descubierto, y escuché su conversación, por lo que pude saber que al parecer se intentaba liberar a la hermosa muchacha de mi poder. Incluso se había llegado a convocar un magnífico torneo, cuyo vencedor vendría inmediatamente contra mí para luchar por la liberación de mi cara doncella...

¡¡¡ " Liberación " fue la palabra que emplearon aquellos campesinos!!!

Lo último que alcancé a oírles decir, antes que llegaran al postreno recodo del camino, fue que el favorito era un caballero llamado JORGE...

En incontables ocasiones ella me transmitió su deseo de no querer separarse de mi jamás. Mi princesa no quería ser liberada. Quería permanecer conmigo, realizar las tareas domésticas, mientras con su primorosa voz rivalizaba con los trinos matinales de los pájaros, ella quería escuchar la milenaria historia de la naturaleza, soñar a mi lado...

Pero hoy, justo cuando acabamos de almorzar, se hizo un silencio entre nosotros. Ambos intuimos que la desgracia se iba a imponer entre nosotros. Disfrutábamos de nuestra paz, cuando unos gritos, unos galopes y unas burdas voces de mando nos sobresaltaron.

Salí a la rasa que hay delante de mi vivienda para ver qué ocurría, y entonces lo vi, deslumbrante de acero oscuro, montado en su albo y soberbio caballo, y sosteniendo una larga y afilada lanza. No me dio tiempo a regresar. Me traspasó una y otra vez con su lanza. No me permitió ni siquiera defenderme.

Oí a la muchacha llamarme por mi nombre que solo ella conoce y noté, al derrumbarme contra el suelo, cómo ella se abrazaba a mi cuello y se echaba a llorar. Ella me abrazaba sollozando... y entonces comprendí lo mucho que me amaba.

Supe, antes de morir, que el caballero no diría nada de esto... Él contaría otra historia.

El dragón moribundo