lunes, 19 de diciembre de 2016

UN ENCUENTRO


El mendigo, que sigue a su lado, come como los demás. Les sirven seis onzas de pan y tres cuartos de pinta de gachas. En realidad no es otra cosa que una especie de papilla asquerosa que resulta de cocer tres partes de avena diluida en tres cubos y medio de agua caliente. Hace esfuerzos por tragar aquello y su amigo, el pelirrojo barbudo de la horrible cicatriz, que le mira de reojo, le dice:
—Disimula las arcadas, amigo. Yo antes de venir aquí estoy dos días sin comer. Así doy el pego.
—Tú no eres uno de ellos. Eso es evidente.
—No, pero a mí no se me nota tanto como a ti. Eres español, ¿no?
—Sí.
—Ese disfraz puede engañarles a ellos, pero no a mí. Muchos de estos tipos matarían por esas botas que llevas. Las compraste en una tienda de ropa de viejo, ¿verdad?
El Desconocido asiente mirando al mendigo con cara de sorpresa.
—Pues un verdadero habitante de Whitechapel, de los que están en el arroyo, no podría pagárselas, ¿comprendes? Tu disfraz es muy mejorable.
—Ya.
—Otra cosa, amigo.
—¿Sí? —De momento, puedes engañar a esta gente con la excusa de que eres extranjero, pero tu forma de expresarte te delata.
—El inglés no es mi primera lengua, ¿recuerdas?
—Ya, ya, pero si se supone que aprendes nuestra lengua en las calles, debes hablar como se hace en las calles, ¿entiendes? Cuando te refieras a alguien dile «tío», vivir en las calles es «estar en el arroyo»…
—Tomo nota.
—Esto es «el clavo».
—¿Cómo?
—Sí, que no digas ir a un albergue. Entrar en uno de estos lugares es estar en «el clavo».
—¿«El clavo»?
—Sí, esto se llama «el clavo». Hablan de ello con desdén, detestan venir aquí pero lo hacen para descansar.
—¿Descansar?
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Apenas unas horas.
—Se nota. Tienes que aprender. Mira, a ti te delata tu buena forma física, en el baño he visto que estás bien nutrido.
—Tú en cambio estás muy flaco.
—Es mi constitución, tengo suerte en eso. Además sólo como para mantener viva esta maquinaria, los placeres de la buena mesa nunca fueron algo que me sedujera. No pierdo el tiempo en cosas inútiles. La mente es lo importante, amigo. El cuerpo es sólo un pequeño soporte que te permite mantenerla funcionando. El caso es que se nota que llevas poco tiempo aquí. Un habitante del arroyo suele ser mayor que tú, no pueden acceder a un trabajo por su aspecto y su debilidad y vienen a los albergues cuando pueden para poder echar unas horas de sueño. En las calles es impensable. No se puede dormir de noche en mitad de una plaza en Whitechapel, te desplumarían en un abrir y cerrar de ojos. Pero es que por las mañanas es imposible encontrar un rincón tranquilo porque enseguida se te acerca un guardia y te dice: «Circule, circule». Por eso, cuando estos desgraciados llevan dos o tres días vagando por las calles sin dormir, vienen a uno de estos albergues, donde duermen dos noches. Ingresan, pasan un día entero trabajando en tareas para el albergue, y al día siguiente salen. Es un círculo vicioso: si están en las calles se deterioran y si están aquí no pueden buscar trabajo. Están condenados.
—Vaya, es algo terrible.
—No es de extrañar que los anarquistas y los socialistas estén haciendo su agosto en este pozo de miseria. Pero debes concentrarte en hablar en jerga, ¿entiendes?
—Sí, «el clavo». ¿Se enfadarán si no como? Los vigilantes, digo.
—Mal dicho. Se «mosquerarán».
—Sí, perdón. Se «mosquearán».
—Exacto. No te preocupes por eso, yo me como lo tuyo. Tengo hambre. Pero ojo al lenguaje. Por ejemplo, si te refieres a alguien del West End dices: «un petimetre», «un peripuesto» o «un pijo».
—Ese tío es un pijo —dice el Desconocido demostrando que aprende la lección.
—¡Correcto! Aprendes rápido. ¿Qué eres, detective? ¿Qué hace un español disfrazado de pordiosero en el East End? ¿Qué se te ha perdido aquí? Debe de ser algo muy gordo —reflexiona el mendigo.
El Desconocido mira entonces a su interlocutor con curiosidad. Contraataca:
—¿Y tú? Esa cicatriz que llevas… es látex, ¿verdad?
—Vaya, eres observador… Sí señor, una sustancia que se extrae de una planta…
—Hevea brasiliensis.
—Sabes muchas cosas, amigo.
—Tú más.
—Un español, probablemente detective… aquí… es raro… —dice el mendigo.
—Sólo conozco a un tipo capaz de disfrazarse así, como tú, y vive en Londres, curiosamente —apunta el Desconocido.
—Disfrazado, con redaños para meterse en el East End… El mejor de Europa, bueno, el segundo…
—Un tipo que conoce los bajos fondos como para disfrazarse y dar el pego… Tú eres… usted es… ¡Holmes!
—Y usted ¡Víctor Ros!

Jerónimo Tristante, Victor Ros y el Gran Robo del Oro Español