viernes, 9 de diciembre de 2016

EL GALEOTE


Yarvi no tardó en desear haberse quedado en el sótano del tratante de carne.
—Halad.
Las botas de Trigg marcaban un ritmo inmisericorde al ir y volver por la cubierta, con el látigo enrollado en sus puños carnosos y su mirada recorriendo los bancos en busca de un esclavo que necesitara un poco de ánimo en la espalda. Su voz retumbaba con despiadada regularidad.
—Halad.
Yarvi no se sorprendió de que su mano contrahecha fuese incluso peor para agarrar la empuñadura de un gran remo que la manija de un escudo. Pero comparado con Trigg, el maestro Hunnan había sido una afable niñera en el recuerdo de Yarvi. El látigo era su primera respuesta a cualquier problema, pero cuando aplicarlo no hizo brotar más dedos, ató la torcida muñeca izquierda de Yarvi al remo con unas correas apretadas que le hacían rozaduras.
—Halad.
Con cada tirón imposible de la pértiga de aquel terrible remo, le ardían más los brazos, los hombros, la espalda. Aunque las pieles del banco estaban desgastadas hasta tener la suavidad de la seda y los asideros pulidos hasta casi brillar por sus predecesores, con cada impulso se le pelaba más el culo y se le ampollaban más las manos. Con cada golpe de remo los cortes del látigo, los cardenales de las punteras de la bota y las quemaduras del cuello, que tardaban en curarse en torno a su argolla de cruda forja, le picaban más por la sal del mary el sudor.
—Halad.
El suplicio rebasó con creces todo límite aguante que Yarvi hubiera podido imaginar, pero eran asombrosos los esfuerzos que un látigo en manos hábiles podía estrujar de un hombre. Al cabo de poco tiempo, oír un restallido en otra parte del barco, o incluso el roce de las botas de Trigg al acercarse por la pasarela, hacía a Yarvi encogerse, gemir y tirar del remo con una pizca más de fuerza mientras la saliva escapaba entre sus dientes apretados.
—Este chico no durará —gruñó Rulf.
—Una brazada cada vez —dijo Jaud con voz suave. Sus propias brazadas tenían una fuerza, una fluidez y un ritmo inagotables, como si estuviera hecho de madera y hierro—. Respira despacio. Respira con el remo. Una cada vez.
Yarvi no habría sabido explicar por qué, pero era un buen consejo.
—Halad.
Y los escálamos retumbaban y las cadenas repiqueteaban, las sogas chirriaban y los maderos crujían, los remeros gimoteaban, maldecían, rezaban o guardaban un silencio adusto y el Viento del Sur avanzaba palmo a palmo.
—Una brazada cada vez. —La voz tranquila de Jaud era un hilo que seguir en aquella niebla de miseria—. Una cada vez.
Yarvi no sabía qué tortura era la peor, si los latigazos, las raspaduras, el dolor en todos los músculos, el hambre, el tiempo, el frío o la porquería. Y sin embargo, el inacabable fregar del limpiador sin nombre, cubierta arriba y cubierta abajo y cubierta arriba otra vez, con su pelo lacio meneándose, las cicatrices de su espalda a la vista entre los harapos y sus labios temblorosos apartados de unos dientes amarillentos, recordaba a Yarvi que podría estar peor.
Siempre se podía estar peor.
—Halad.
A veces los dioses se apiadaban de sus desgracias y enviaban un soplo de viento favorable. Entonces Shadikshirram les dedicaba su sonrisa de oro y, con las formas de una madre sufridora pero que al final acaba consintiendo los caprichos de su desagradecida progenie, ordenaba que acorullaran los remos y que desplegaran las toscas velas de lana con bordes de cuero, antes de lamentar con frivolidad que la compasión fuese su mayor debilidad.
Entonces Yarvi, entre lágrimas de gratitud, se reclinaba contra el remo inmóvil de los hombres de detrás,miraba la vela hincharse y chascar por encima de su cabeza, y aspiraba el hedor íntimo de más de cien hombressudorosos, desesperados y doloridos.
—¿Cuándo nos lavamos? —preguntó en voz baja durante una de aquellas bienvenidas pausas.
—Cuando la Madre Mar quiere ocuparse de hacerlo —murmuró Rulf.
No era tan infrecuente. Las gélidas olas que azotaban el casco acostumbraban salpicarlos, mojarlos y dejarlos calados hasta los huesos, cuando la Madre Mar invadía la cubierta y subía entre los reposapiés hasta recubrirlo todo de una costra de sal.
—Halad.
Los hombres estaban atados juntos en grupos de tres, con una cadena sujeta a su banco, y las únicas llaves obraban en poder de Trigg y la capitana. Los remeros devoraban sus parcas raciones cada tarde encadenados al banco. Se acuclillaban sobre un maltrecho cubo cada mañana encadenados al banco. Dormían encadenados al banco, tapados con mantas apestosas y pieles sin curar, llenando el aire de quejidos y ronquidos y reniegos y vapor de sus alientos. Una vez por semana, encadenados al banco, les rasuraban de cualquier manera el pelo y la barba para ahuyentar a los piojos, medida que no disuadía en absoluto a los diminutos pasajeros.
La única ocasión en que Trigg sacó su llave de mala gana y abrió uno de aquellos candados fue cuando, un frío amanecer, encontraron muerto al vansterlandés que tosía, cuyo cadáver se llevaron de entre sus impasibles compañeros para arrojarlo por la borda.
El único que hizo algún comentario sobre el fallecimiento fue Ankran, que se mesó la fina barba y dijo:
—Necesitaremos un reemplazo.
Durante un instante, Yarvi temió que los supervivientes tuvieran que esforzarse un poquito más. Luego albergó la esperanza de que les tocara un poco más de comida por persona. Y entonces se dio asco por la forma en que había empezado a pensar.
Pero no tanto asco como para haber rechazado la ración del vansterlandés, si se la hubieran ofrecido.
—Halad.
Perdió la cuenta de las noches que pasó sin fuerzas y exhausto, de las mañanas en que un despertar doloroso y agarrotado por el esfuerzo de la jornada anterior llevaba a más esfuerzo impuesto a latigazos, de los días sin más pensamiento que la siguiente brazada. Pero al cabo de un tiempo llegó una tarde en la que no cayó de inmediato a un sopor sin sueños. Sus músculos habían empezado a endurecerse, las primeras y peores ampollas habían reventado y el látigo había caído menos en su espalda.

Joe Abercombrie, Medio Rey