jueves, 15 de diciembre de 2016

EL DESPERTAR


Hará poco más de un año de esto, si la memoria no me engaña y el tiempo, gran fabulador, no lo ha distorsionado todo.
Un estruendo furioso, venido quién sabe de dónde, interrumpió el ensimismamiento en que había permanecido inmerso durante cuatro siglos. Fue como el golpe dado con un ariete contra una puerta gigantesca, o como el fragor de un gran salto de agua, al despeñarse desde un alto risco.
No estaba yo preparado para el despertar. Como el durmiente que se resiste a abandonar el lecho, quise volver a sumergirme en lo que algunos llaman el descanso eterno. Ya casi lo había conseguido cuando irrumpieron nuevos ruidos, obra de una máquina desconocida. Intenté ignorarlos, pero fue en vano.
De pronto recordé esa aventura de mi libro en la que el ingenioso hidalgo y su escudero pasan la noche entera oyendo un espantable sonido que, según descubren al rayar el alba, se debe a unos mazos de madera movidos por la fuerza del agua, que causan el estruendo al golpear pieles y paños varios.
Ese recuerdo me tranquilizó, porque me hizo ver que los mayores temores son fútiles y anidan en nuestras mentes Pero otros ruidos taladraron la paz del lugar: traqueteos, chirridos, voces…
—Estoy seguro de que daremos con él —oí decir, tan cerca de mí que sentí como si hablasen conmigo—. Ya ves que el templo es relativamente reducido. Podría estar en uno de los muros o ahí mismo, bajo el altar de la Inmaculada.
—O en la cripta —replicó otra voz.
—Sí, claro, en la cripta también. Pero primero probaremos el georradar aquí arriba. Si hay que buscar más, tendremos que volver a hablar con las monjas, para que nos den luz verde.
—¿Y excavar?
—No hasta que estemos completamente seguros de encontrarlo. Y entonces habrá que pedir permiso también. Las monjas están algo nerviosas, y hay que ir paso a paso. Algunas son bastante mayores. Ayúdame a apartar esos bancos, ¿quieres?
Otras conversaciones se superpusieron, y percibí un rumor de voces femeninas. Ciertas palabras se repetían con mayor frecuencia: enterramientos, ladrillos, subsuelo, zócalo. También me llegaron retazos de una jerga que nunca había oído, y cuya dificultad superaba en mucho al lenguaje rufianesco de las cofradías de maleantes, como la que yo había descrito en Rinconete y Cortadillo: cámaras endoscópicas, sensores térmicos, perfil genético... ¿Era mi idioma aquello? Y, si lo era, ¿en qué escuela o academia se enseñaba aquel vocabulario pasmoso? ¿En qué consistía el ADN, por ejemplo, que los intrusos mentaban cada dos por tres? ¿Sería, como el abecé, una suerte de comienzo o compendio de todas las cosas? ¿No habían encontrado una palabreja más agraciada para designar al georradar, fuera lo que fuese? Y, ya puestos, ¿qué tipo de luz verde esperaban recibir los intrusos por parte de las monjas? ¿Sería como los fuegos fatuos de las tumbas o como el fuego de san Telmo, que en ocasiones brilla en los mástiles de los barcos?
Soporté el bullicio durante largo tiempo, hasta que tanto las voces difusas como el resto de ruidos se extinguieron. Bendije el silencio, que para mí fue siempre la primera piedra del templo de la filosofía, y me hice a la idea de que todo había sido una pesadilla.
Pero de repente, cuando apenas había vuelto a caer en brazos del sueño, la ominosa pesadilla se repitió, y los trabajos, fueran los que fuesen, empezaron de nuevo. Las dos voces que había oído al principio retomaron el diálogo:
—Habrá que actuar rápido —declaró el que parecía más seguro—. Si encontramos un hueso que pertenece claramente a una mujer o a un joven, lo descartaremos enseguida, sabiendo que no puede ser suyo.
—Estoy de acuerdo en eso —dijo el otro—. Pero ¿cómo vamos a reconocerlo?
—Si los restos están solos y bien conservados, será fácil. Recuerda: buscamos a un hombre de unos setenta años, de mediana estatura, con solo seis dientes, la mano izquierda impedida o atrofiada y huellas de arcabuz en el esternón o en las costillas. Si no se las hubieran extraído en vida y hubiese muerto con ellas, el ataúd podría contener balas de plomo. En cuanto a la ropa, algunos dicen que lo enterraron con un simple sudario y otros mencionan el hábito de la orden tercera de San Francisco, de estameña parda. Quizá llevase un crucifijo de madera en las manos.
Me quedé atónito, porque aquella gente parecía estar hablando de mí mismo. ¿Acaso no era yo de estatura mediana, esto es, ni grande ni pequeño? ¿Acaso no tenía solo seis dientes, mal acondicionados y peor puestos, sin correspondencia los unos con los otros? ¿Acaso no había sido yo herido en el pecho y en la mano izquierda en la batalla naval de Lepanto, la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros? ¿Acaso, en fin, no había profesado a última hora todos los votos como terciario de san Francisco, para ahorrarme, y sobre todo ahorrarle a mi triste mujer, a la que solo podía legar los beneficios de mi último libro, los gastos del entierro?
Al momento rechacé la idea. No se me escapaba que las iglesias hacen colección de reliquias, ni que los reyes y otras gentes encumbradas sienten gran veneración por los huesos de los santos, adornan con ellos sus altares y les rezan y sacan brillo en momentos de apuro. Pero ¿qué interés podía tener alguien en encontrar mis humildes y averiados restos? Yo no era un escritor célebre ni un santo venerable, sino un soldado veterano y mutilado, un hidalgo empobrecido y sin fortuna, como el asendereado don Quijote. Más aún, ¿estaba yo realmente muerto y enterrado? Y, si lo estaba, ¿cómo era que tenía plena conciencia de aquellas voces?
Hice memoria y me vi a mi mismo con los ojos del recuerdo. Estaba echado en la cama, demasiado enfermo para salir de casa pero no para escribir, y terminaba a duras penas mi Persiles y Sigismunda con la consabida dedicatoria al conde de Lemos, una tarea que me preocupaba y que temía dejar inacabada:
«Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».
Así me dirigí al conde, con la esperanza de que su protección y ayuda se extendieran al más allá e incluso fuera más generoso conmigo y con los míos de lo que había sido en este mundo cruel y pasajero.
Catalina, mi mujer, suspiraba y lloraba junto al lecho, con la cabeza baja.
—¡Qué pena que ya no podré aceptar la invitación del emperador de la China! —le dije, para provocarle la risa.
—¿Qué invitación es esa? —me preguntó, con algo de alarma—. ¿Cuándo llegó? No sabía que el emperador de China te hubiese mandado una carta.
—Pues sí. Quiere que dirija la escuela de español que pretende fundar allí, en China, donde mi Don Quijote será el único texto de enseñanza. Solo me ha impuesto una condición, y es que yo aprenda el chino, para leerle cada noche en voz alta.
Catalina prorrumpió en carcajadas, a pesar suyo.
—¡Qué humor tienes, Miguel!
—En el fondo, no poder ir es casi un alivio. Marco Polo cuenta que China, a la que él llama Catay, está atestada de dragones, y que hasta el emperador es un dragón disfrazado. ¡Como si yo no hubiera lidiado ya con suficientes dragones en esta tierra!
Recuerdo esa chanza pero no la aproximación de la muerte, que también debió llegar disfrazada, porque no la sentí.
Fuera, el diálogo continuaba, y los intrusos, sin darse cuenta, respondían a algunas preguntas que yo mismo me hacía o planteaban nuevas incógnitas.
—Me gustaría saber de qué murió —comentó el que parecía más bisoño—. Le habían diagnosticado hidropesía, pero puede que fuera la diabetes, que entonces no se conocía. Dicen que una es síntoma de la otra. Mi abuelo, sin ir más lejos, padece ambas cosas.
—¿Qué edad tiene?
—Ochenta y pocos, creo.
—Yo me daría por satisfecho con llegar a esa edad. En cuanto a nuestro hombre, lo primero es identificarlo y luego estudiarlo. Todo depende del estado de conservación de su ADN, y ese estado, como sabes, no depende tanto de la edad de los restos como de las condiciones del enterramiento: la humedad, la temperatura, la composición del suelo... Aquí mismo, dentro del convento, las condiciones pueden cambiar mucho de un emplazamiento a otro. Sea como sea, pasaron cuatro siglos.
Fue en este punto cuando me enteré de la duración de mi letargo y se me escapó una exclamación de sorpresa. Algo debieron notar, porque el que hablaba se interrumpió por un instante.
—Deben ser las termitas —observó el otro.
—Espero que no —titubeó su compañero, antes de proseguir—. En cualquier caso, estos nuevos aparatos son magníficos. Como le expliqué ayer a un periodista, nos permiten relacionar las variantes de los átomos en el hueso o los dientes, esto es los isótopos, con los datos biográficos del difunto. Un ADN bien conservado sirve para determinar dónde vivió un hombre, y hasta su relación con el vino y la comida.
—«Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, más algún palomino de añadidura los domingos» —citó el otro, demostrando que me había leído.
La oportunidad de la cita me conmovió, entre otras razones porque, aunque todavía no habían pronunciado mi nombre, a partir de aquel instante no me cupo la menor duda de que hablaban de mí, y de que, si me habían enterrado en el recinto de un convento, debía de tratarse del de las Trinitarias Descalzas, en la calle Cantarranas, del que era vecino. No en vano las monjas del lugar eran las protegidas del conde de Lemos, y yo les había prestado mi ayuda en asuntos de papeles. Además, la orden trinitaria había pagado mi rescate al bey de Argel, cuando los moros me tuvieron cautivo.
—Podríamos realizar las pruebas de laboratorio aquí mismo, si nos apuran —siguió hablando uno de los desenterradores, quiero decir de los devotos de los huesos—, ya que en teoría no estamos autorizados a llevarnos las muestras. Pero ya decidiremos sobre la marcha. Y ahora pongámonos a trabajar, que es hora.
Se alejaron y estuvieron trajinando durante largo rato, en compañía de otros de su gremio. Imagino que estarían haciendo una especie de calas o mediciones, porque en determinado momento se detuvieron sobre mí y sentí una sacudida muy ligera y luego otra y otra. Si aquello no era magia, lo parecía. No me descubrieron, acaso porque aquel día andaban poco finos o porque mi cuerpo había cambiado de forma tantas veces que ninguna concordaba con lo que perseguían.
Creo que fue ese día cuando les oí contar que en la época de mi muerte la capilla del convento, donde me habían enterrado al principio, había estado en otro lugar, aunque dentro del mismo contorno, y que mis restos habían sido trasladados, acaso en repetidas ocasiones, antes de que les perdiesen la pista. De ahí que ahora tuviesen tantas dificultades para dar conmigo.
La historia me intrigó mucho, porque no podía entender que entonces no me hubiese apercibido de esas mudanzas y ahora me hubiese vuelto tan sensible. Pero es cierto que sabemos muy poco de cómo nos convertimos en figuras espectrales o en espíritus, y quizá hace falta una disposición natural y un aprendizaje, como en todo.
Los intrusos volvieron a ausentarse, sin duda porque había concluido su jornada, y yo me quedé pensando en cómo podría hacer que se fueran definitivamente y me dejaran tranquilo. Y es que no sentía el menor deseo, fuera cual fuese el estado de conservación de mi degradado ADN, de ser tocado y manoseado, para determinar qué comía y bebía, o de qué había muerto.
De pronto se me ocurrió una idea jocosa, digna del novelista que era o había sido: les asustaría de mil maneras, haciéndoles ver que había regresado del más allá para vengar la profanación de mi tumba, y que les convenía abandonar las pesquisas. Ni siquiera había necesidad de que me esforzara mucho. Yo era realmente un espíritu, y solo tenía que hacerme pasar por un espíritu rencoroso y malhumorado.
Había, empero, un inconveniente, que descubrí enseguida. Si permanecía oculto, y profería gritos y gemidos desde mi escondite, acabarían por localizarme, y mi maniobra de distracción fracasaría. Debía, pues, salir a campo libre y arriesgarme, como ha de hacer cualquiera que se precie.
Vergüenza me da confesarlo, pero mis restos mortales habían quedado reducidos a un montón, no ya de huesos andantes, sino de mísero polvo. Ese mísero polvo, sin embargo, tenía memoria y conciencia. ¿Sería también capaz, estando a merced de cualquier soplido o corriente de aire, de utilizar todos los recursos propios de un espíritu: ruido de pasos en estancias desiertas, puertas que se abren y se cierran solas, muebles que se desplazan por sí mismos y, lo más difícil, ofrecer una presencia material suficientemente consistente y aterradora?

Vicente Muñoz Puelles, El Despertar de Cervantes