viernes, 30 de diciembre de 2016

SECRETOS EN LA NIEVE


Adara tenía una provisión secreta de sonrisas, pero solo las gastaba en invierno. Estaba deseando que llegara su cumpleaños, y con él el frío. Y es que en invierno era una niña especial.

Lo sabía desde que era muy pequeña y jugaba con los demás en la nieve. El frío nunca le había molestado como a Geoff, a Teri y a sus amigos. A menudo se quedaba sola fuera de casa durante horas después de que los demás se hubieran marchado en busca de calor, o de que se hubieran ido a casa de Laura la Vieja a comer la sopa de verdura caliente que le gustaba preparar a los niños. Adara buscaba un escondite en un rincón alejado de los campos, un lugar distinto cada invierno, y allí construía un alto castillo blanco, colocando la nieve con las manos descubiertas y dándole forma de torres y almenas como las que Hal solía describir cuando hablaba del castillo del rey en la ciudad. Arrancaba carámbanos de las ramas inferiores de los árboles y los usaba a modo de agujas, barrotes y garitas, repartiéndolos por todo el castillo. A menudo, en pleno invierno, todo se deshelaba por un breve espacio de tiempo y volvía a helarse de repente, y de la noche a la mañana su castillo de arena se convertía en hielo, duro y resistente como ella se imaginaba los castillos de verdad. A lo largo de todo el invierno ampliaba el castillo, y nadie se enteraba. Pero siempre llegaba la primavera, y con ella un deshielo al que no le seguía ninguna helada; entonces todas las murallas y los muros se derretían, y Adara empezaba a contar los días que faltaban para su cumpleaños.

Sus castillos invernales casi nunca estaban vacíos. Con la primera helada de cada año, las lagartijas de hielo salían de sus madrigueras, y los campos se llenaban de diminutas criaturas azules que corrían como flechas de un lado a otro, pasando por encima de la nieve sin que pareciera que la tocaban. Todos los niños jugaban con las lagartijas de hielo. Sin embargo, los demás eran torpes y crueles, y partían en dos a los frágiles animalitos, rompiéndolos entre sus dedos como podrían romper un carámbano colgado de un tejado. Incluso a Geoff, que era demasiado bueno para hacer algo semejante, a veces le picaba la curiosidad y sostenía las lagartijas demasiado tiempo mientras las examinaba, y el calor de sus manos las derretía y las quemaba hasta matarlas.

Las manos de Adara eran frías y suaves, y sostenía las lagartijas todo el tiempo que quería sin
hacerles daño, lo que siempre empujaba a Geoff a hacer pucheros y preguntas airadas. A veces se tumbaba en la nieve fría y húmeda y dejaba que las lagartijas se arrastraran por encima de ella; disfrutaba con el suave roce de sus patas cuando le pasaban rozando por la cara. A veces llevaba lagartijas de hielo escondidas en el pelo mientras hacía sus tareas, aunque tenía mucho cuidado de no meterlas en casa, donde el calor de la lumbre las mataría. Siempre recogía las sobras cuando su familia acababa de comer, las llevaba al lugar secreto donde estaba construyendo su castillo y las esparcía allí. De modo que los castillos que construía estaban llenos de reyes y cortesanos todos los inviernos; pequeñas criaturas peludas que salían del bosque, pájaros invernales con el plumaje blanco y cientos y cientos de lagartijas de hielo que se retorcían y se movían con gran esfuerzo, frías, rápidas y gruesas. Adara prefería las lagartijas de hielo a cualquiera de las mascotas que su familia había tenido a lo largo de los años.

Pero al que de verdad quería era al dragón de hielo.

          No sabía cuándo había sido la primera vez que lo vio. Le parecía que siempre había formado parte de su vida, una visión atisbada en pleno invierno, atravesando velozmente el cielo glacial con sus alas serenas y azules. Los dragones de hielo eran poco comunes, incluso en aquel entonces, y cada vez que se dejaban ver, todos los niños señalaban con el dedo asombrados, mientras los mayores murmuraban y sacudían la cabeza. Cuando los dragones de hielo se acercaban a la tierra era señal de que se avecinaba un invierno largo y gélido. La gente decía que la noche que Adara había nacido se había visto un dragón de hielo volando a través de la cara de la luna, y desde entonces se había visto cada invierno; esos inviernos habían sido terribles, y cada año la primavera había tardado más en llegar. De modo que la gente encendía lumbres y rezaba y confiaba en que el dragón de hielo no se acercara, y eso llenaba de miedo a Adara.

                Pero nunca daba resultado. Cada año el dragón de hielo regresaba. Adara sabía que iba por ella.

El dragón de hielo era enorme, la mitad de grande que los escamosos dragones de guerra verdes que montaban Hal y sus compañeros. Adara había oído leyendas sobre dragones salvajes más grandes que montañas, pero no había visto ninguno de esas dimensiones. Desde luego el dragón de Hal era bastante grande, cinco veces mayor que un caballo, pero era pequeño comparado con el dragón de hielo, y además feo.

El dragón de hielo era de un blanco cristalino, ese tono blanco tan intenso y frío que casi es azul. Estaba cubierto de escarcha, de modo que cuando movía la piel, esta se rompía y crujía como cruje la capa de hielo de la nieve bajo las botas de un hombre, y se caían copos de escarcha.

Sus ojos eran claros, profundos y fríos.

Sus alas eran enormes y se parecían a las de un murciélago, teñidas de un pálido azul transparente. Adara podía ver las nubes a través de ellas, y a menudo la luna y las estrellas, cuando la bestia revoloteaba trazando círculos de hielo por los cielos.

Sus dientes eran carámbanos, una hilera triple, lanzas dentadas de tamaño desigual cuyo blanco contrastaba con sus fauces azul oscuro.

Cuando el dragón de hielo batía sus alas, soplaban vientos fríos, la nieve se arremolinaba y se movía deprisa, y el mundo parecía encoger y temblar. A veces cuando una puerta se abría en el frío invierno empujada por una súbita ráfaga de viento, el propietario corría a cerrarla y decía: —Un dragón de hielo vuela cerca.

Y cuando el dragón de hielo abría su gran boca y espiraba, no era fuego lo que salía de ella, el hedor ardiente y sulfuroso de los dragones menores.

El dragón de hielo escupía frío.

Cuando respiraba se formaba hielo. El calor desaparecía. Las lumbres se consumían y se apagaban, castigadas por el frío. Los árboles se helaban hasta sus almas pausadas y secretas, y sus ramas se volvían quebradizas y crujían a causa de su propio peso. Los animales se volvían azules, gemían y se morían, con los ojos saltones y la piel cubierta de escarcha.

El dragón de hielo escupía muerte al mundo; muerte y silencio y frío. Pero a Adara no le daba miedo. Ella era una niña del invierno, y el dragón de hielo era su secreto.

Lo había visto en el cielo mil veces. Cuando tenía cuatro años, lo vio en el suelo.

Estaba construyendo su castillo de nieve, y el dragón fue y se posó al lado de ella, en el vacío de los campos cubiertos de nieve. Todas las lagartijas de hielo huyeron. Adara simplemente se quedó quieta. El dragón la miró durante diez largos segundos, antes de volver a alzar el vuelo. El viento aulló a su alrededor y a través de ella cuando el dragón batió las alas para elevarse, pero Adara se sintió extrañamente exultante.

Volvió ese mismo invierno, más tarde, y Adara lo tocó. Su piel estaba muy fría, pero se quitó el guante de todas formas. Lo contrario no había estado bien. Tenía un poco de miedo de que ardiera y se derritiera al contacto. De algún modo, Adara sabía que era mucho más sensible al calor que las lagartijas de hielo. Pero ella era especial, la niña del invierno. Lo acarició y finalmente le dio un beso en el ala que le hizo daño en los labios. Ese fue el invierno de su cuarto cumpleaños, el año que tocó al dragón de hielo.

George R. R. Martin, El Dragón de Hielo

                Ya que estamos con nieve, y frío, mucho frío, os dejo con Lament, una preciosa canción del musical Siete Novias para Siete Hermanos


OSCAR A LA MEJOR BANDA SONORA MUSICAL 1954