jueves, 29 de diciembre de 2016

NO VOY A REVELAR MI NOMBRE,

Porque no importa. Se me podría llamar Ismael. Dudo en cómo abordar el relato de aquellos meses que cambiaron mi vida, durante el curso en el que cumplí catorce, hace la friolera de nueve años. No sé si debo hacerlo desde el momento actual o si debo, más bien, procurar recuperar la perspectiva de aquel niño que dejó de serlo. Tampoco sé a qué atenerme con respecto a una de las personas que más decisivamente han influido en mí.

Fue un ladrón especial, pues me robó, sí, pero durante años he pensado que me dio mucho más de lo que me quitó. Hoy no estoy tan seguro. Es posible que gracias a él me apartara del mal camino. No lo sé.

Su nombre sí lo voy a decir. Se llamaba Raimundo, pero le llamaban Rai, y cuando le querían fastidiar le llamaban Inmundo, chiquillada que no le amargaba la vida. Así, con i latina, ni siquiera con el adorno de una i griega, hoy más anglosajona que helénica: Rai. No es un nombre para una leyenda. Pero así es la realidad.

Porque Rai, en el instituto, fue lo más parecido a una leyenda que yo haya conocido. Una leyenda escolar, como diría mi madre, no una leyenda de fama mundial. Así que, teniendo en cuenta esa escala, el nombre de Raimundo tal vez sea el apropiado. Lo bueno, lo mejor de las leyendas, es que nunca envejecen, y lo recordaremos así, siempre joven, con esa mirada azul algo líquida y bastante irónica, muy limpia y a la vez empañada, con el pelo negro ensortijado, un fular en el cuello, un pendiente en la oreja izquierda y una leve sonrisa eterna y como congelada, que casi nunca acababa de arrancar. Los pómulos marcados, la barbilla algo afilada. Ahora lo definiría como una especie de dandi vagamente desaliñado, aunque en la época en que lo conocí nunca se me habría ocurrido tal expresión. En cuanto a su mirada, la seguiría juzgando irónica, aunque quizá no tan limpia.

Tenía tres años más que mi hermana, y mi hermana dos más que yo. Ella se llamaba Teresa, pero un poco por picarla, un poco cariñosamente, la llamaba a veces Pesadilla de Fuego.

Teresa era, por decirlo pronto, la chica más guapa del instituto. Y vaya si lo sabía. Se hacía la modesta, pero vaya si lo sabía. Y no puedo culparla, debe de resultar muy difícil no ser una creída cuando medio instituto —casualmente, la parte masculina— piensa que eres maravillosa y está babeando por ti, te invita a las fiestas, te sonríe, te habla siempre con amabilidad, te deja copiar, te presta apuntes, te manda archivos con canciones incluso sin haberlo pedido, te cuela, sueña contigo, mendiga una de tus encantadoras sonrisas, etc., etc. Claro que también es cierto que algunas chicas la envidiaban y la criticaban, generalmente sin razón, pues Teresa, con todos sus defectos, era en el fondo una persona bastante más que aceptable; y que algunos la despreciaban, como la zorra de la fábula que despreciaba esas uvas que no podía alcanzar. En fin, supongo que todo el mundo encuentra piedras en el camino, y que incluso gozar de su agraciado físico —ojos verdes, labios llenos y finamente dibujados, melena negra y brillante, piernas largas— debe de ser complicado. He leído entrevistas en las que algunas modelos se quejaban: si los hombres no hubieran estado tan encima de mí, si me hubieran dejado en paz, yo habría podido ser esto o lo otro. En lo que a mí respecta, creo que tener por hermana a la más deseada del instituto fue bastante positivo, porque contribuyó a que dejara de idealizar a las mujeres. O quizá fuese bastante negativo, porque es algo que puede volverte escéptico. Ya no hay diosas en el horizonte, y lo primero que piensas al ver en una revista una fotografía de una modelo anunciando un perfume es que seguramente come pipas y lo deja todo lleno de cáscaras chupadas, o que hay calcetines sucios desperdigados por el suelo de su cuarto, o que nunca se lleva la mano a la cartera porque da por hecho que a ella hay que invitarla. En fin, no sé.

Pese a la diferencia de edad, sigo creyendo que yo también fui, de alguna manera, muy importante para él. Recuerdo la primera ocasión en que le vi. Fue al pasar del colegio al instituto. El instituto era un edificio del centro de Madrid con algo de historia, uno de esos nobles edificios de piedra con columnas, arcos, molduras, ventanales y techos altos, que los alumnos solo empiezan a apreciar en su justo valor cuando ya lo han dejado atrás, y no todos. Se había fundado a finales del siglo XIX. Los primeros días Ramón, Hugo y yo no nos separábamos ni para ir al baño. Estábamos un tanto asustados por el cambio, por no conocer a los profesores y, sobre todo, por estar rodeados de chicos mucho mayores por todas partes. Algunos nos parecían peligrosos, de esos que pegan una patada a tu balón o a tu mochila, te quitan el bollo o te dan un golpe con el hombro al pasar. O que hacen cosas mucho peores. Una mañana le vimos cruzar el patio en diagonal, de una esquina a otra del campo de deportes, con su guitarra en bandolera, y tuve la sensación de que el tiempo se paraba. Creo que se debió a su manera de andar, lenta pero sin pausa, al movimiento de sus brazos y piernas, a la leve inclinación de su cuerpo, la cabeza ladeada, un poco como si bailara y otro poco como si estuviera vigilante, al acecho tras su aparente tranquilidad. Bueno, como ya he dicho, fue como si el mundo se parara, como si todo se detuviera menos él, como si todo menos él quedara congelado por unos segundos. Como un felino seguro de su poder y, sin embargo, alerta, a la defensiva porque se sabe en peligro. Por supuesto no fue exactamente así, y para entender mi fascinación hay que tener en cuenta que se debía en parte a mi corta edad. Pero solo en parte. La gente le iba saludando, y él respondía a los saludos sin detenerse. Desapareció tras abrir con una llave una puerta (yo aún no sabía que era la del auditorio y que había conseguido permiso para ensayar en él, algo absolutamente excepcional), y todo volvió a la normalidad. No comenté nada a mis amigos porque estaba seguro de que ni yo me sabría explicar ni ellos me sabrían entender, y habrían despachado el asunto —al menos Ramón— diciendo que si ahora me gustaban los chicos o qué pasaba. Pero no, no tenía nada que ver con eso. Simplemente desprendía algo especial, casi mágico. Algo así como la ilusión de que es factible un mundo mejor y más justo, y a la vez más apasionante y más intenso. Eso fue un curso antes de conocerle, pues ver a alguien cruzar un patio no es conocerlo. Irradiaba un aura. Y eso lo tienes o no lo tienes.

Martín Casariego, El Juego Sigue sin Mí

PREMIO DE NOVELA CAFÉ GIJÓN 2014
PREMIO CERVANTES CHICO 1998