sábado, 23 de julio de 2016

PORTOBELLO ROAD


                A estas horas, sábado, estará cerrando el mercadillo de Portobello.

              Os ofrezco un fragmento del relato de fantasmas Portobello Road de la escritora británica Muriel Spark, que podéis encontrar en la antología La Eva Fantástica. Y para terminar, cambiando de estilo, una canción de la casa Disney de su película La Bruja Novata.

Después de ver a George arrastrado hacia casa por Kathleen ese sábado, en Portobello Road, pensé que tal vez pudiese verlo más veces en circunstancias similares. Al sábado siguiente lo busqué y, por fin, allí estaba, sin Kathleen, semipreocupado, semiesperanzado.

Destruí sus esperanzas. Le dije: «¡Hola, George!».

Miró en mi dirección, clavado en medio de la corriente de los mercachifles de esa calle alegre. Pensé para mis adentros: «parece como si tuviese un montón de paja en la boca». Fueron su reciente barba de color maíz y el mostacho que rodeaban su boca grande lo que me sugirió ese pensamiento, risueño y lírico como la vida.

—¡Hola, George! —dije otra vez.

Yo hubiera tenido inspiración para decir más cosas en esa mañana agradable, pero él no esperó. Se marchó por una calle lateral, y por otra, y bajó por otra distinta en zigzag, apartándose y dando tantas vueltas como pudo para huir de Portobello Road.

Sin embargo, volvió la semana siguiente. La pobrecita Kathleen lo había llevado en su coche. Lo aparcó en el extremo de la calle y bajó con él, llevándolo bien cogido del brazo. Me dio pena ver a Kathleen ignorante del despilfarro de centelleos que había en los puestos. Yo misma había visto una bonita caja Battersea, muy del gusto de ella, y también unos pendientes de plata esmaltada. Pero ella no prestó atención a aquel género, agarrada a George y, pobrecita Kathleen…, no puedo decir cuál era el aspecto que tenía.


Y George estaba demacrado. Sus ojos parecían haberse vuelto más pequeños, como si hubiese estado sufriendo en esos días. Subió por la calle, con Kathleen cogida de su brazo, tambaleándose de una acera a otra, mientras su mujer se disculpaba a su lado, cada vez que la muchedumbre reivindicaba su derecho a ir por la calle.

—¡Oh, George! —le dije. No tienes buen aspecto, George.

—¡Mira! —exclamó George—. Allí, junto al puesto de quincallería. Es Needle.

Kathleen estaba llorando.

—Vamos a casa, cariño —dijo ella.

—¡No tienes buen aspecto, George! —dije yo.

Lo ingresaron en una clínica. Se mantenía bastante tranquilo, excepto en las mañanas de los sábados, que era cuando tenían problemas para mantenerlo dentro, y lejos de Portobello Road.

Muriel Spark, Portobello Road