martes, 12 de julio de 2016

LOS HAKAVATIS


Junis solo servía comidas hasta primeras horas de la tarde. Luego empezaba el turno de los narguiles y del té, y cuando se ponía el sol, se reservaba la noche para los narradores.

Noche tras noche, el hakavati se sentaba en su asiento elevado y entretenía a los clientes con emocionantes historias de amor y de aventuras. Los hakavatis tenían que enfrentarse a menudo al ruido, pues los oyentes hablaban y comentaban las historias con exclamaciones, discutían y a veces exigían incluso que el hakavati repitiese un pasaje que les gustaba. Pero cuanto más emocionante se volvía una historia, más bajaba el hakavati el tono de su voz. Los oyentes se exhortaban mutuamente a guardar silencio para poder seguir la historia. Cuando su relato alcanzaba el punto más emocionante, como, por ejemplo, cuando el héroe intentaba trepar a la habitación de la amada y colgaba del balcón sujeto de las puntas de los dedos, entonces pasaba por allí un guardián o el padre. Aquí interrumpía el hakavati su historia y prometía contar la continuación al día siguiente. Eso lo hacían los hakavatis para que los clientes acudiesen al local de Junis y no a los de la numerosa competencia. Los oyentes estaban a veces tan excitados que se apiñaban alrededor del hakavati y le ofrecían un narguile o té y le pedían en voz baja que les revelase la continuación de la historia. Pero ningún hakavati se atrevía a anticipar el desenlace de la historia, pues Junis se lo había prohibido terminantemente a todos los narradores.

—Vuelve mañana y oirás la continuación —era siempre la respuesta (...)

—Sí, ellos siempre contaban historias. Anoche —dijo Junis— estuve pensando por primera vez largo rato sobre mis hakavatis. En cuarenta años he tenido algunos narradores de café. Han contado historias durante miles de noches. Muchos eran malos y algunos eran buenos. Malo era todo aquel que aburría a sus oyentes.

»Las historias tenían que gustar a mis clientes, si no la mayoría se levantaba, pagaba su narguile y se marchaba, pues aburrirse era algo que podían hacer en casa más barato. Lo malo era cuando un hakavati no se daba cuenta del aburrimiento. Pero, ¿sabéis quién es el mejor oyente? Yo tampoco lo supe durante mucho tiempo.

—Las mujeres —contestó el profesor. El ministro frunció el ceño y meneó la cabeza en señal de desaprobación.

—Eso no lo sé porque en mi café no había nunca mujeres entre los oyentes, pero los niños, querido, son los que escuchan mejor. Algunos adultos de mi café podían ser indulgentes hasta con el hakavati más aburrido. Desde mi sitio detrás del mostrador podía observarlos y veía cómo bostezaban con la boca cerrada. Pero un día invité por compromiso a uno de mis hakavatis a la boda de mi hijo. Había allí cientos de niños, y cuando oyeron que había un hakavati se apiñaron alrededor suyo y no dejaron de suplicarle que contase una historia hasta que accedió. Yo me senté con los niños porque estaba un poco cansado de los agotadores preparativos y de la comida grasienta.

»Cuando el hakavati empezó, los niños estaban encantados, pero poco a poco vi cómo se bajaban uno tras otro de la historia. Fue terrible. Los niños le destrozaron. «¿Por qué no nos cuentas otra historia?», gritaban en medio de una lucha entre dragones y monstruos. Con ellos notó el hakavati lo malo que era. Los niños son despiadadamente generosos. Pagan con su aprobación o su rechazo siempre al contado, ya sea a un hakavati o a un vendedor de helados.

»Lo que me asombraba era que los buenos hakavatis no se empeñaban en que volasen constantemente alfombras mágicas de un lado a otro, que escupiesen fuego los dragones o que las brujas mezclasen los venenos más demenciales. Con los buenos hakavatis, los oyentes también miraban fascinados cuando aquellos hablaban de las cosas más sencillas. Pero hay algo que debe tener hasta el peor hakavati: una buena memoria. Ni la pena ni la alegría deben hacerle perder el hilo. No es preciso que tenga la maravillosa memoria de nuestro Salim, pero sí una buena memoria, si no, está perdido.

—Madre mía, ni que eso fuese tan difícil —replicó el peluquero.

—Sí, yo a veces no sé lo que he comido la antevíspera —dijo el cerrajero riendo.

—No, Musa tiene razón. Los árabes tienen una memoria excepcional. No olvidan nada, por eso aman al camello. Este tampoco olvida nada. Eso no solo es un don, sino a veces una maldición. ¿Conocéis la historia de Hamad? —preguntó el emigrante.

Rafik Schami, Narradores de la Noche