miércoles, 6 de mayo de 2015

UNA HERENCIA MUY CURIOSA

Hace unos meses me vi envuelta en una circunstancia un tanto insólita... Me notificaron que mi tía Clarissa había fallecido y se me instaba a que me presentase ante el notario para escuchar la lectura del testamento... El hecho en sí no debería extrañar. Todos los días mueren y nacen personas, es el ciclo de la vida. Sin embargo, mi tía Clarissa no era una persona común. De entrada, no supe qué pensar puesto que (muy a mi pesar) apenas la había visto en tres o cuatro ocasiones —en compromisos familiares—, aunque sí sabía de sus andanzas, pues era el «gato verde» de la familia, y eso ya es difícil, créanme.

Para rendir un pequeño homenaje a su figura, diré que vivía completamente sola, en una casona apartada, lejos del mundanal ruido, del humo de los coches y del estrés que a todos nos va envolviendo poco a poco, y del que apenas si podemos desligarnos. ¡No tenía un pelo de tonta tía Clarissa! Vivía de manera holgada gracias a una herencia, y aparentemente no se dedicaba a nada en concreto, más que a sus plantas, flores y animales (tenía siete perros y seis gatos, amén de numerosos reptiles), que tras su fallecimiento fueron repartidos en distintos lugares...

Uno de esos gatos (negro para más señas) vive ahora conmigo. Era una eremita moderna. Aunque esta semblanza pudiera hacernos pensar que se trataba de una persona muy mayor, no lo era... Es más, siempre sospeché que hacía «pactos» con «entidades», vaya usted a saber de qué clase, porque no aparentaba la edad que se suponía debería tener... En realidad, posteriormente a su muerte, traté de indagar los años exactos y nadie de la familia supo darme razón...; ¡está claro que era una desconocida para todos nosotros! Pero lo más curioso es que los documentos en los que debería constar este dato (partida de nacimiento, DNI, etc.) no aparecieron por parte alguna, ni siquiera en los registros correspondientes.

De esta última investigación me encargué personalmente, y acostumbrada como estoy a tratar de llegar hasta el fondo de las cosas, en esta ocasión —como en otras tantas— debo reconocer mi derrota. Es como si alguien se hubiese tomado la molestia de hacerlos desaparecer, o como si los mencionados documentos no hubiesen existido jamás...

Tampoco pude averiguar nada sobre su vida...; para la familia era, como ya he expresado hace unas líneas, una completa y misteriosa extraña. No se le conocían amigos ni amigas (a su entierro y funeral no acudieron más que algunos familiares por no dejarla sola). Entre ellos, me encontraba yo, pero más que por cumplir me acerqué por curiosidad —es justo reconocerlo—, aunque también es conveniente especificar que si los misterios siempre me han atrapado, tía Clarissa desde luego era uno de ellos, ¡y yo me daba cuenta ahora, tras su muerte! Además, yo llevaba mi nombre como derivación del suyo, y por alguna curiosa casualidad estaba incluida en la lista de las personas que debían acudir a la lectura del testamento. ¡Algo inexplicable!

Lo más sorprendente de todo es que el dinero que poseía, así como sus bienes terrenales, lo donó para obras de beneficencia, excepto unos viejos papeles que aparecían citados en el testamento, y que ella deseaba que yo tuviese en mi poder..., ¿por qué? Lo ignoro.

Aquellos manuscritos no se me entregaron de inmediato por una simple razón: no fueron hallados hasta varias semanas después, una vez que empezaron a desmantelar la casona. La tía Clarissa —celosa de su intimidad hasta con ella misma— los había escondido debajo de una tabla que cubría el suelo de su habitación. Alguien pisó mal, la tabla saltó y quedó al descubierto una caja en la que aquellos papeles —que para ella debían ser sumamente valiosos— se encontraban perfectamente ordenados y envueltos en una capa de hojas secas... Olían a tierra, como si hubiesen estado enterrados o metidos en alguna oquedad por un tiempo. La intriga me corroía, así que apenas los tuve en mi poder me faltó tiempo para encerrarme en mi habitual lugar de trabajo a fin de escudriñar tan insólita herencia. ¿Qué contenían aquellos manuscritos?, se preguntará el lector... Esa misma cuestión me la formulaba yo.

Cuando comencé a leerlos me quedé estupefacta y saqué dos conclusiones: o tía Clarissa estaba como una regadera —tal vez por el aislamiento en el que había vivido constantemente— y elucubró una singular historia que se desarrollaba en un mundo tan irreal como imaginario, o el raro relato que allí se narraba podía ser ¿auténtico?

No seré yo quien dé respuesta a esta pregunta, porque a estas alturas confieso que ya no sé qué pensar... Son demasiados los datos que cuadran... Es preferible que sea usted, que en estos momentos tiene los papeles en sus manos, el que extraiga sus propias conclusiones... Pero no destriparé la historia, que tiene su propia protagonista, y que habla por sí misma mejor de lo que yo podría hacerlo...

Tal como a mí me llegó, así se ha reproducido. Por supuesto, los originales obran en mi poder. No he cambiado nada, únicamente encontrarán algunas notas a pie de página que sí son mías. El motivo de estas anotaciones se explica porque una vez que conocí el contenido de los papeles de tía Clarissa quise saber más sobre el tema, deseé comprender mejor el mundo feérico (completamente diferente al mundo de los humanos). Para ello tuve que documentarme, y he considerado que muchas de las cosas que se describen, que en un principio no entendí, sería interesante compartirlas con el lector. Espero que sepan perdonar y comprender estas pequeñas intromisiones...

No me pregunten cómo llegó este diario a manos de mi tía porque tengo la misma idea que ustedes: ¡ninguna! Tal vez, tía Clarissa tenía más amigos de los que sospechamos...

Clara Tahoces, Diario de un Hada