martes, 26 de mayo de 2015

PAPEL MOJADO

Ella.

Ella miraba el agua, como si le estuviera llamando desde sus remolinos. Con el deshielo, al derretirse la nieve, el caudal era mayor y más frío. Desde que ella era pequeña estaba convencida de que el agua tenía voz y en esta ocasión sus salpicaduras se mezclaban con sus lágrimas y le decían de forma intermitente "Ven, ven a mí, en mi interior descansarás, tus problemas se diluirán de forma definitiva. Ven, ven...”

Ella no quería hacerle caso, pero algo en su corazón le impulsaba a intentarlo: seguramente el hecho de sentirse la persona más desdichada dél mundo.

Para romper el momento, cogió una piedra y la contempló con detenimiento. Era una piedra bastante plana, redondeada, de color azulado. La acarició con la punta de sus dedos, la sopesó hasta estar segura de lo que iba a hacer, echó su brazo derecho hacia atrás y, tras unos segundos en los que sus ojos se clavaron en la corriente suave del río, la impulsó con fuerza contra el agua.

Era un juego en el que se sentía muy hábil. De veinte intentos, solo uno la piedra se sumergía en el fondo sin rebotar varias veces sobre la superficie, como un pequeño animal saltarín que obedecía sus órdenes.

Pero en aquella ocasión, la piedra se hundió como si acabara de caer de lo más alto. Adiós, hasta nunca jamás.

Ella apretó los dientes. Aquel día todo le salía mal. En realidad todo le salía mal desde que sus relaciones con el chico al que amaba habían enfermado, obligándola a pasar más de una noche en blanco.

Él la había ninguneado, alardeando de que tenía a sus pies a todas las chicas que quisiera. Y, lo que era peor, contándole a todo el mundo lo que había hecho con ella, cómo la había utilizado para su satisfacción.

Decididamente, en todo el planeta Tierra no había mujer más desdichada que ella. Con dieciocho años estaba experimentando la profundidad abismal de la amargura. ¿Qué hacer? ¿Continuar allí sentada, lamentándose? ¿Regresar en casa, echarse en la cama y ahogar sus lágrimas con la almohada? ¿Llamarle por teléfono? ¿Escribirle una carta? Si ella supiera de verdad escribir, como los grandes autores de los libros que tanto le gustaban...

Algo llamó su atención, aliviando el vértigo de sus pensamientos. Se trataba de una cuartilla que avanzaba flotando como hoja recién caída de un árbol. En primavera no solían caer hojas de los árboles, pero sí partirse los corazones.

La hoja se dejaba llevar por la corriente con mansedumbre. Papel mojado, se dijo ella. Su padre solía decir que las cosas que no valían para nada eran "papel mojado". En tal caso, el chico que la había abandonado por otra, o por otras, era papel mojado.

Lo malo es que ella, en toda su pena, también se sentía así.

Con la ayuda de una ramita, atrapó la cuartilla que no opuso la menor resistencia, como si aquel papel estuviera deseando llegar a sus manos.

Leyó lo escrito, mojado, palabras incompletas, frases sin aparente sentido.

"...Tengo el alma tan llena, tan llena, tan llena de lágrimas... ¡Amenazan con ahogarme, con destrozarme!... ¡Adiós! ¡Qué tristeza!... No me olvide, no olvide nunca a su pobre...".

"¡Dios mío!", pensó, había alguien tan mal o peor que ella, alguien capaz de escribir esa carta desesperada.

¿Quién en su pueblo podía expresarse así? ¿El poeta oficial? ¡Imposible! Uno que, en el pregón de las fiestas, proclamaba que "la primavera hace burbujear los campos", confundiendo la explosión de vida con el destape de una botella de gaseosa, no podía ser el autor de aquel grito desgarrado.

¿La maestra? Tal vez en otra época, cuando era más joven, antes de haberse casado y tener tres hijos. Ahora, se limitaría a recordar, nunca a escribir aquello.

¿Quién más? No se le ocurrió ningún otro nombre. Ninguno, desde luego no de los chicos, o chicas que conocía. Nadie, tampoco de su familia.

Leyó y releyó aquel papel mojado en el que se expresaba una tormenta de dolor. Como si alguien desconocido estuviera compartiendo su pena, haciéndola su compañera, comprendiendo y apoyando su tremenda tristeza.

Ella se puso a buscar, primero fijándose bien en los rostros de sus convecinos. ¿Alguna señal de desconsuelo, de abatimiento, de desgarro?

Nada. Algunas ojeras normales, algún descuido en el vestir cotidiano, nada más.

Después de mucho pensar se dijo: "¿Y si el papel procede de otro lugar lejano, corriente arriba?".

Buscó en los alrededores de su lugar, la fábrica de harina, la pequeña poza donde a veces se bañaba de pequeña, la casa de los pastores. Nada. Imposible averiguar algo de esa manera tan imprecisa.

"Tengo el alma tan llena de lágrimas...".

Tenía que encontrar al que fuera capaz de expresarse así, para decirle que era su alma gemela, que quizás entre los dos juntos serían capaces de vencer el abatimiento, de hacer más llevadera su abrumadora soledad.

"No me olvide. No olvide nunca a su pobre...".

"Nunca te olvidaré", le dijo ella al papel mojado, mientras este se secaba pegado al cristal de
la ventana de su habitación.

Al tiempo que lo contemplaba pensó, como si su pensamiento fuera una estrella fugaz que cruzaba el firmamento, en lo hermoso que sería poder escribir un libro. Contar en él sus sentimientos, sus sensaciones, adentrarse en el corazón de los demás, compartir con unos y otros sus palabras.

Pero eso no le impidió seguir buscando al desconocido autor, primero entre las páginas atrasadas de los periódicos de la población, a un periodista, un corresponsal, un colaborador, alguien que pudiera expresarse con palabras semejantes.

Poco a poco sintió cómo su corazón cicatrizaba. Eso era muy de agradecer: que la búsqueda del anónimo escritor le hubiera devuelto la ilusión por algo. La memoria continuaba martirizando, desde luego que sí, pero ella ahora sabía cómo irse defendiendo.

Todo iba bien mientras contemplaba aquel papel, antes mojado, luego secado cuidadosamente, y que ahora guardaba entre las páginas de uno de sus libros favoritos. Pero cuando cerraba el libro, uno de poemas de Juan Ramón Jiménez, las turbulencias volvían a su corazón.

Tienes alma de agua
qué alegre cuando vienes a mí llena
qué triste cuando, exhausta te me escapas.

Decidió pensar en cosas diferentes, hacer cosas diferentes. Se metió en los chats de Internet. Tal vez allí olvidara completamente el maldito amor que le había herido.

Pero en los chats se aburría, solo escuchaba simplezas que, lejos de tranquilizarla, la devolvían a los brazos de aquel que la había abandonado.

Volvió a sentir sus besos y sus caricias, los apretujones que tanto le hacían estremecer. Y cada vez veía más claramente que necesitaba a alguien como aquel que había escrito unas páginas en una cuartilla y luego arrojado al río, como si fuera un mensaje en una botella.

Estaba a punto de apagar el ordenador cuando decidió meterse en un buscador que le ayudara en su rastreo imposible.

Y a¡lí, como si la ciencia moderna se hubiera aliado con las páginas más clásicas de la literatura universal, allí, en la pantalla apareció como un relámpago en la noche, la frase buscada, el deseado autor de la misma.

Pertenecía a un libro titulado Pobres Gentes. Pobres gentes como ella, se dijo, alguien que sin duda sabía bien lo que era el dolor del alma.

El autor tenía muchos más libros, pero el título de otro de los suyos llamó poderosamente su atención: Corazón Débil.

Tenía que encontrarlo, leerlo, sumergirse en sus páginas como en los brazos de un amigo.

Ella.

Ella encontró todos los libros de aquel autor (Humillados y ofendidos, Una historia enojosa, A propósito de la nieve derretida, Noches blancas...) y decidió escribir.

Al descubrir a aquel que le acababa de mostrar que en el mundo había mucha gente que sufría, que agonizaba más que ella, resolvió ponerse en contacto con aquel autor tiempo atrás desaparecido, como una forma de darle las gracias por su apoyo invisible. Y decidió hacerlo con su mismo lenguaje, escribiendo aunque fuera en sencillo papel mojado.

No importaba que lo suyo solo fueran pensamientos inconexos, sentimientos enfermos, rasgaduras de su corazón herido. Jamás podría escribir algo tan bueno comoaquella primera novela, Pobres Gentes, de aquel autor que, desde ese mismo día, jamás la abandonaría.

(... No me olvide, pedía a quien quisiera escucharle. No olvide nunca a su pobre... No te preocupes, nunca te olvidaré).

Decidió que iba a ser escritora, por encima de todo y de todos. Y que su primer libro se iba a titular Papel mojado, que en él iba a contar la reciente desdicha de su vida, segura de que al hacerlo iba a encontrar a lectores que comprenderían su tristeza, a experimentar un gran alivio.

Estaba convencida de que esa confesión pública a través del bálsamo de las letras le iba a dar las fuerzas que necesitaba para seguir adelante y, sobre todo, para nunca más volver a sentirse sola.

Hablaría en primera persona, sin importarle que la consideraran ingenua o egocéntrica, o incluso egoísta.

¿Acaso no hablan de sí mismos todos los autores?

Papel Mojado, capítulo primero:

"Yo.

Yo miraba el agua, como si la misma me estuviera llamando desde sus remolinos. Con el deshielo, al derretirse la nieve, el caudal era mayor y más frío.

Desde que era pequeña estaba convencida de que el agua tenía voz y en esta ocasión sus salpicaduras se mezclaban con mis lágrimas y me decían de forma intermitente...".

Carlos Puerto