jueves, 21 de mayo de 2015

LA GESTACIÓN DE UN MITO


Los rayos de sol habían empezado a entrar por la ventana del oeste. Mary Godwin dejó su pluma, apoyó la espalda en el asiento y se volvió hacia la ventana para contemplar las fachadas de las casas, los jardines y los gatos que paseaban sobre las verjas de Abbey Churchyard Lane.

[...] Mary agitó una página de su manuscrito en el aire para secar la tinta. Al parecer era la única que había recogido el guante del desafío lanzado por Byron aquella noche lluviosa hacía casi exactamente seis meses antes cuando ella, Claire, Polidori, Shelley y Byron estaban sentados en la gran sala del segundo piso de Villa Diodati, a orillas del lago Leman, después de que Shelley hubiera sufrido su ataque de nervios y hubiese salido corriendo de la estancia.

—¡Bien, creo que cada uno debería escribir una historia de fantasmas! —había dicho Byron cuando Shelley volvió a entrar en la sala y el momento de incómoda tensión se hubo desvanecido—. Averigüemos si somos capaces de hacer algo con esa criatura de barro que ha estado siguiendo al pobre Shelley de un lado para otro.

Mary había tenido una pesadilla poco tiempo después. Una silueta parecía estar inmóvil junto a su cama, y al principio creyó que era Shelley, pues se le parecía mucho, pero no había sido él y cuando el horror la hizo erguirse en el lecho la silueta se esfumó tan bruscamente como había aparecido.

Había utilizado aquella visión como base de la novela donde narraba la historia de un estudiante de ciencias naturales que creaba un hombre a partir de miembros sin vida, y lograba dotar a la criatura de una vida antinatural usando medios científicos.

Shelley había mostrado mucho interés por la historia. La animó a escribirla, y le dio plena libertad para que la ampliara utilizando incidentes de su propia vida. Mary le tomó la palabra y la historia casi había acabado convirtiéndose en una biografía de Shelley, así como en una crónica del miedo que le inspiraba la idea de estar siendo perseguido por alguna especie de doble de sí mismo, un gemelo temible que estaba destinado a terminar con las vidas de todos aquellos que amaba.

Shelley incluso le había sugerido el nombre del protagonista, una palabra alemana cuyo significado era algo así como la piedra cuya tarifa de viaje está pagada de antemano. Mary habría querido utilizar un apellido algo más inglés, pero Shelley parecía dar mucha importancia al que le había propuesto y, obedientemente, había acabado bautizando a su protagonista como Frankenstein.
La historia se desarrollaba en los lugares de Suiza donde él y Mary habían vivido, y el nombre del hermano pequeño del protagonista asesinado por el monstruo era William, el mismo del hijo que Mary había concebido de Shelley; las áreas de la ciencia relacionadas con el proceso de dar vida al monstruo eran aquellas con las que Shelley estaba familiarizado, y los libros que leía eran los que Shelley había estado leyendo por aquella época.

Mary se basó en la descripción del intruso al que había herido en su casa de Escocia el año 1813 para escribir una escena en la que el rostro del monstruo era visto al otro lado de la ventana de una posada observando a su creador, quien más tarde intentaba matarle de un disparo sin conseguirlo; aunque cuando Mary solicitó su ayuda Shelley pareció vacilar y acabó pidiéndole que omitiera ciertos detalles. La descripción física del monstruo no podía ser la de la criatura contra la que Shelley había disparado en aquella ocasión —Mary recordaba el dibujo de memoria que había hecho aquella noche en Suiza, y cómo había trastornado a Claire y Polidori—, y por alguna razón inexplicable no podía mencionar el hecho de que durante el encuentro Shelley había sufrido una luxación muscular en el costado, allí donde estaba la cicatriz que corría por debajo de sus costillas.

Albergaba la esperanza de que el libro acabaría siendo publicado, pero ya tenía la impresión de que había cumplido el objetivo principal que se propuso al escribirlo. El libro parecía haber servido para exorcizar los extraños temores de Shelley. Desde que habían vuelto a Inglaterra y había puesto la historia por escrito Shelley estaba mucho más tranquilo. Era como si Mary hubiera ido sacando uno por uno los temores de Shelley del interior de su cabeza y los hubiese transferido a la novela.


Tim Powers, La Fuerza de su Mirada