miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA SEDUCCIÓN DE UN LIBRO


Caminaba yo por los pasillos de la enorme tienda, inmersa en los títulos y las portadas de la sección de novelas. Esto no se lo cuento a mucha gente, pero creo que mi relación con los libros es tremendamente especial. Siempre he dicho que todos y cada uno de los libros que hay en mis estanterías están ahí porque, en su día, me eligieron a mí como lectora. Jamás me dejo llevar por recomendaciones o por modas. Lo único que es capaz de hacer que compre un libro es el nivel de intimidad que ese libro y yo hayamos podido alcanzar en tan sólo unos segundos, desde el instante en que entramos en contacto en una librería.

Su imagen.

Su nombre.

Su tacto.

Su olor.

Algunas frases sueltas entre sus páginas.

Indudablemente, mi relación con los libros en aquel momento de mi vida era mucho más intensa y compleja que la que podía tener con cualquier hombre.

Pues bien, caminaba yo por los pasillos de la enorme tienda cuando, a lo lejos, un libro se posó, zalamero, en mis pupilas.

Su imagen fue lo primero que me atrajo. Una portada ilustrada, con el torso desnudo y de espaldas de una mujer escultural en el centro. Larga melena castaña y ondulada. Rechazaba con un gesto de la mano la mitad izquierda de la carátula en la que aparecía un paraje devorado por la destrucción y la desolación. Ella, en un magnífico perfil, miraba con lágrimas en la mejilla y una sonrisa anhelante hacia la otra mitad de la portada, la derecha, en la que el mismo paisaje, rebosante de salud, resplandecía bañado por el sol. Era como si aquella mujer, en toda su perfección, se encontrara presa del cauce del destino.

Su nombre me atrapó en una vorágine de elucubraciones: Cómo matar a una ninfa. ¿Qué escondería un título como aquél?

Aquella novela y yo comenzamos con buen pie. Ella conocía a la perfección las artes del cortejo, tanto que pronto tuve la necesidad de tocarla, de sentirla mía por un instante. Quise saber cómo era. Me relamí pensando en la posibilidad de volcar los ojos y parte del alma en ella. Extendí, decidida, el brazo para cogerla…

Clara Peñalver, Cómo Matar a una Ninfa