viernes, 10 de noviembre de 2017

CONFESIONES DE UNA LIBRERA


DÍA DE LAS LIBRERÍAS 2017

Aprendí así a conocer a los «clientes» del libro. Me esforzaba por penetrar en sus deseos, por comprender sus gustos, sus opiniones y sus tendencias, por adivinar las razones de su admiración, de su entusiasmo, de su alegría o su descontento a propósito de tal o cual obra.

Conseguía desentrañar un carácter, un estado de ánimo o un pensamiento solo por el modo casi tierno como cogían un volumen, por la delicadeza con que pasaban sus páginas, por cómo las leían piadosamente o las hojeaban a toda velocidad, sin prestar atención, poniéndolo enseguida otra vez sobre la mesa, a veces tan descuidadamente que llegaba a estropearse esa parte tan sensible que son las puntas. Con discreción, me aventuraba a colocar a mano del lector el libro que yo consideraba el adecuado para él, con el fin de evitarle el embarazo de verse influido por una recomendación. Si le parecía de su agrado, yo me sentía exultante.

Empezaba a tomarle afecto a la clientela. Acompañaba mentalmente a algunos visitantes hasta el final de su recorrido y me imaginaba su contacto con el libro que se llevaban; luego, esperaba con impaciencia que volvieran para saber cuáles habían sido sus reacciones.

Pero también podía ocurrir que detestara a un vándalo. Porque había gente que martirizaba los libros, los avasallaba con críticas violentas, con reproches, hasta deformar pérfidamente su contenido.

He de confesar, para mi vergüenza, que eran sobre todo las mujeres las que más carecían de moderación.

Fue así como acabé encontrando el complemento necesario de todo libro: el lector.

En general, reinaba entre uno y otro una perfecta armonía en la pequeña tienda de la rue Gay-Lussac.

Cuando me llegó la hora de escoger una profesión, no lo dudé: seguí mi vocación de librera.

Françoise Frenkel, Una Librería en Berlín