jueves, 4 de mayo de 2017

SPANIENKREUZ


(80 AÑOS DEL GUERNICA DE PICASSO)

El general mayor Wolfran barón von Richthofen introdujo los guantes en la gorra, tendió la gorra a la criada, una rubia con trenzas. Echó una mirada al espejo y en el reflejo vio cómo la muchacha le observaba. Vio la impresión que causaba en ella su apostura, el uniforme de color azul acero de la Luftwaffe, sus medallas, la Cruz de Hierro de Primera Clase al cuello. Vio cómo la chica se excitaba, movía las pestañas y ponía ojos de mantequilla. Berlín, pensó él con desagrado. Ciudad de la lujuria. Aquí no tienen vergüenza.
- La señora dice que pase.
El cuarto estaba oscuro, no sólo por las pesadas cortinas en las ventanas. Oscuros eran también los muebles, el olor que desprendían la madera y el polvo, oscuro el papel de las paredes, oscuros, difusos e inquietantes los retratos que colgaban de los muros.
- ¿Madame Von Throtta?
- Aquí.
Apretó el interruptor, una débil bombilla cubierta por una pantalla de cartón derramó una débil esfera de claridad que arrojaba sobre el cielo raso y las paredes unas sombras fantasmagóricas. El pájaro disecado que estaba sobre la mesa cobró vida, daba la sensación de que torcía la cabeza y miraba con un ojo de vidrio. Un cristal de extraña forma ardió en los reflejos, brilló la chapa de un aparato que recordaba a un microscopio, refulgieron los dorados de los lomos de los libros. Una mujer estaba sentada a la mesa. Llevaba un vestido negro y un velo también negro le ocultaba el rostro. Por supuesto, constató Von Richthofen, está de luto.
- Si me permite…
- Acerqúese, por favor.
Cuando él se acercó, ella alzó el velo. Y dirigió sus ojos hacia él. No, no eran ojos. Eran globos oculares. Cristalinos sin iris, dos esferas, blancas como un huevo duro. Le dio la sensación de que escuchaba un bufido.
- El general mayor Wolfram Freiherr von Richthofen. Pariente de Manfred von Richthofen, el as del aire, el famoso Barón Rojo. No esperaba tal honor.
- Me ha sido encargada una tarea que me honra -el barón se enderezó aunque sea muy amarga. Sin duda sabe usted de qué se trata.
- Sin duda.
- En abril de 1937, en España, yo era jefe de su hermano, el teniente Bertram von Estorff, piloto de caza.
- Lo sé.
- Adolf Hitler -se cuadró-, nuestro gran Führer y mando supremo de la Wehrmacht, ha decidido honrar a los soldados alemanes que lucharon en la guerra de liberación de España. Ha decidido demostrar reconocimiento y agradecimiento por su servicio a los voluntarios alemanes que tomaron parte en la derrota del bolchevismo en España. Puesto que las unidades alemanas que lucharon al lado del general Franco no lo hicieron del todo oficialmente, sólo se ha podido honrar a los héroes ahora, después de la guerra. Se ha creado una orden nueva a instancias del Führer: la Spanienkreuz, la Cruz Española, que desde abril de este año portan con orgullo los veteranos de la Legión Cóndor.
»E1 Führer -Von Richthofen abrió la cartera- ha cuidado de que de este honor participen también los soldados alemanes que pagaron el precio más alto posible en la lucha contra el bolchevismo. El Führer ha ordenado honrar a los soldados de la Legión caídos en la lucha con una orden especial, la Cruz Española de Honor. Se les concede a los miembros de la familia de los caídos. Usted es la única pariente viva del teniente Von Estorff. En sus manos…
Juntó los tacones, hizo una reverencia, le dio a la mujer el diploma y la cruz. Vio cómo ella pasaba los dedos por la insignia. Carraspeó.
- En atención a la falta de madame -se inclinó-, me permitiré describirla. La cruz es de bronce, tiene por supuesto forma teutónica, está adornada con la esvástica y el águila de la Luftwaffe. La cinta de luto lleva en los bordes unas tiras con los colores de la bandera española…
- Yo veo -le interrumpió la mujer, apuntando con sus esferas blancas hacia el general-. Pese a, como el señor barón tuvo el gusto de expresar, mi falta. Simplemente veo de otra forma. Con ayuda de otros sentidos. Y no veo peor en absoluto. A veces mejor. Hay cosas en el cielo y en la tierra con las que no han soñado los filósofos. El señor barón, con toda seguridad, no puede no saberlo.
Von Richthofen agitó la cabeza y abrió los labios con desprecio. Recordó la tablilla cubierta de hiedra que estaba a la puerta de la villa y en la que, junto al nombre y el apellido, aparecía escrito con letras góticas «Hellseherin, Wahrsagerin, Sterneleserin» o algo parecido. Berlín, pensó con disgusto. Ciudad de cocainómanos, putas, pederastas y charlatanes.
- Veo -la mujer alzó sus blancos ojos- que en el bolsillo derecho de arriba del uniforme lleva el señor barón una cruz parecida a la descrita, pero con una espada y diamantes. ¿Por qué la espada y los diamantes? ¿Por Guernica? ¿Por matar a mujeres y niños?
El general guardó silencio por un instante. Luego hizo surgir en su rostro un desprecio bien estudiado.
- Estimada madame -pronunció-. Seguramente contaba usted con sorprenderme. He de desengañarla. Ya me he encontrado antes con la propaganda bolchevique, conozco las mentiras generalizadas por Die Rote Front y otras basuras rojas. Sólo me extraña que Dorothea Daisy von Throtta, viuda del teniente general Gustav Wilhem von Throtta, se ocupe de tal propaganda subversiva.
»En España, madame, había guerra. La Legión Cóndor cumplió su tarea con honor. La ciudad de Guernica, centro de la resistencia roja, fue atacada, el enemigo sufrió pérdidas. Ésta era la tarea de la aviación en la que sirvió su hermano. El Oberleutenant Bertram von Estorff sirvió a la patria y al Führer. Por la Vaterland, el honor y el Führer, dio su vida ante los mandos de su avión en un combate aéreo sobre Guernica…
- Miente, barón -le interrumpió bruscamente Daisy von Throtta-. Ensucia con sus mentiras el honor de un aristócrata y de un militar.
La lámpara se extinguió. Ante la mirada de Von Richthofen el pájaro disecado que estaba encima de la mesa volvió la cabeza y clavó un ojo en él. Se movieron las cortinas, se agitó y se llenó de burbujas el papel de las paredes. Se revolvieron las figuras de los retratos, murmuraron algo ininteligible. Daisy von Throtta alzó una mano huesuda y la estiró en un gesto acusador.
- Mi hermano, Bertram Bruno Ritter von Estorff, se enteró, y al fin y al cabo, por su boca, de que en Guernica no había objetivos militares y que allí no había estacionado ningún destacamento republicano. Que el ataque a Guernica era un acto terrorista, pensado simplemente contra la población civil, que sólo servía para asustar a los vascos que apoyaban a la República. Mi hermano, el teniente Bertram Bruno von Estorff, rechazó entonces cumplir la orden. Y por ello lo mataron. Lo asesinaron. Detrás del hangar, de un tiro en la cabeza. Fuera de mi casa, barón Von Richthofen. Y cuando se vaya no olvide llevarse esto.
Le arrojó la cruz directamente a los pies. El general palideció, apretó los puños. Se controló.
- Su hermano -gritó- fue a España como voluntario. A defender al mundo de la plaga roja. Sin embargo, resultó ser un traidor y un cobarde sin honor. Se negó a volar sobre Guernica por cobardía, traicionando a sus camaradas, exponiéndolos a la muerte, pues la falta de la escolta de su Me-109 podía terminar trágicamente para la tripulación de alguno de los bombarderos. Y si el teniente Von Estorff hubiera tenido siquiera una pizca de honor, habría aceptado la pistola con un cartucho que le di.
»Si de mi dependiera, el apellido Von Estorff sería en toda Alemania símbolo de cobardía y traición. Por desgracia, fue una decisión política. Ahora son necesarios los héroes, no los cobardes. Los voluntarios de la Legión Cóndor han de ser símbolo de heroísmo, ejemplo para los jóvenes pilotos alemanes. Y el nombre de Guernica, un símbolo de la maestría de la guerra aérea de la Luftwaffe. Por ello y sólo por ello su hermano recibió la muerte a manos de un camarada oficial, sólo por ello evitó una muerte más humillante. Sólo por ello he venido hoy aquí, por eso, controlando mi asco, quería entregarle la cruz. Me la arroja a los pies: no me voy a agachar, que siga allí, entre el polvo y la suciedad, como el repugnante honor del Oberleutenant y de toda la familia de los Von Estorff. Y por tu parte, bruja, te callarás. Soy un oficial alemán, no me gusta la delación. Pero estamos al borde de la guerra, la propaganda subversiva es un acto de traición. Si dices siquiera una palabra sobre tu hermano y Guernica, acabarás en Dachau. O en Moabit, donde te reducirán en una cabeza. Tus hechizos y tus artes no te salvarán.
Los susurros se hicieron más fuertes. Daisy von Throtta alzó hacia Von Richthofen sus ojos blancos.
- Todo lo que sucede en el universo -dijo- está sometido a las leyes de la naturaleza. Por razones que están claras, la naturaleza está interesada en que el universo exista y perdure. Todo lo que puede amenazar la existencia y perduración del universo, todo lo que trae destrucción y hecatombe, es enemigo de la naturaleza, como un bacilo lo es para el organismo. Es algo con lo que la naturaleza lucha. Que combate. Ante lo que avisa. Con ayuda de señales y signos. Que sólo unos pocos escogidos pueden ver. Clarividentes, profetas, sibilas, aquéllos que ven, advierten y comprenden. Guernica fue una señal. Una advertencia ante algo mucho peor, que está viniendo. Bert escuchó la advertencia. Por desgracia, sólo él…
- Adiós -la interrumpió Von Richthofen-. No tengo intenciones de escuchar estos balbuceos de charlatán de feria.
Daisy von Throtta resopló.
- ¿Y la doctrina militar? ¿Acaso es menos metafísica y más digestible? ¿La teoría de la guerra aérea total y de la aviación como arma de terror? ¿En la forma de Douhet y Mitchell, los autores de la idea de los «bombardeos en tapiz»? ¿No te da miedo, no percibes la advertencia? ¿Nada? ¿Reacción cero? En fin, parece que el adiestramiento militar te ha matado los sentimientos y la razón. Fuera de mi casa, barón. Y te aconsejo que mires a menudo al cielo. Piensa en Guernica. En mi hermano. Y en la advertencia que te hizo.
Abandonó la villa a toda prisa y enfadado, arrancó el abrigo y la gorra de las manos de la criada. En el exterior, Charlottenburg lo golpeó por un momento con el olor de la primavera y la hiedra. Dio un portazo al entrar en el coche.
- ¡Al aeropuerto! Schnell!

Guernica, pensó. Hace dos años.
26 de abril de 1937. Las cuatro y media de la tarde. Aparece un único Heinkel He-111, que lanza bombas sobre los suburbios del norte. Es día de mercado en Guernica, la ciudad está llena de refugiados de otros lugares del País Vasco. Las explosiones producen pánico, la gente sale a la calle. Entonces comienza la segunda oleada del ataque. Se acerca una formación de Heinkels y de Dorniers Do-17, apoyada por Savoia Marchetti, de la escuadra de bombardeo italiana. Las destrucciones son todavía pequeñas, pero entonces llega la tercera oleada. Tres escuadras de Junkers Ju-52 en picado, que desde baja altura arrojan bombas sobre las calles y plazas atascadas de gente. Son bombas demoledoras e incendiarias, en conjunto unas trescientas toneladas. Al bombardeo lo acompañan las incansables ráfagas de ametralladora de los Messerschmidt de la escolta. El resultado: mil quinientos muertos, centenares de heridos. Guernica ha sido borrada del mapa.

El general mayor Wolfram barón von Richthofen contempló el cielo despejado sobre Berlín.
La guerra es inevitable, pensó. Sin embargo, la guerra puede dar muchas vueltas… Ese cielo… ¿Acaso es posible que de pronto pudiera llenarse con cientos de aviones enemigos? ¿Con escuadras en picado? ¿Que se llenara con el aullido de los motores y de las aletas de las bombas?
No, aspiró profundamente. El Führer nunca lo permitiría. El Führer es un genio militar. Y la Luftwaffe es invencible.
Pero para estar seguros…
Para estar seguros, mejor será llevar a la mujer y los hijos a otro sitio por un tiempo. A algún lugar seguro. Allá donde no haya objetivos militares. Nada que pueda llegar a ser objeto de bombardeo.
Por ejemplo, a Dresde.

Andrzej Sapkowski, Camino sin Retorno