domingo, 28 de mayo de 2017

MUCHAS COSAS HAY PORTENTOSAS,


pero ninguna tanto como el hombre;
él, que ayudado por el viento tempestuoso
llega hasta el otro extremo de la espumosa mar,
atravesándola a pesar de las olas que rugen, descomunales;
él que fatiga la sublimísima divina tierra,
inconsumible, inagotable,
con el ir y venir del arado, año tras año,
recorriéndola con sus mulas.`
Con sus trampas captura
a la tribu de los pájaros incapaces de pensar
y al pueblo de los animales salvajes
y a los peces que viven en el mar,
en las mallas de sus trenzadas redes,
el ingenioso hombre que con su ingenio
domina al salvaje animal montaraz;
capaz de uncir con un yugo
que su cuello por ambos lados sujete
al caballo de poblada crin y
al toro infatigable de la sierra;
y la palabra por si mismo ha aprendido
y el pensamiento, rápido como el viento,
y el carácter que regula la vida en sociedad,
y a huir de la intemperie desapacible
bajo los dardos de la nieve y de la lluvia:
recursos tiene para todo,
y, sin recursos, en nada se aventura hacia el futuro;
solo la muerte no ha conseguido evitar,
pero si se ha agenciado formas de eludir las enfermedades inevitables.
Referente a la sabia inventiva,
ha logrado conocimientos técnicos más allá de lo esperable
y a veces los encamina hacia el mal,
otras veces hacia el bien.
Si cumple los usos locales
y la justicia por divinos juramentos confirmada,
a la cima llega de la ciudadanía;
si, atrevido, del crimen hace su compañía,
sin ciudad queda:
ni se siente en mi mesa
ni tenga pensamientos iguales a los míos,
quien tal haga.

Sófocles, Antígona