martes, 16 de mayo de 2017

EL PADRE QUIJOTE


El padre Quijote había ordenado su almuerzo solitario a su ama de llaves y se puso en camino para comprar vino en una cooperativa del lugar, a ocho kilómetros de El Toboso, en la carretera general de Valencia. Era un día en que el calor gravitaba, trémulo, sobre los campos secos, y no había aire acondicionado en el Seat 850 que había comprado, siendo ya de segunda mano, ocho años antes. Mientras conducía, pensaba con tristeza en el día en que tendría que buscar un coche nuevo. Hay que multiplicar por siete la edad de un perro para que equivalga a la de un hombre. Y, según este cálculo, su coche estaría aún entrando en la edad mediana, pero notaba que sus feligreses empezaban ya a considerar casi senil a su Seat 850. “No puede fiarse de él, Don Quijote”, le advertían, y él sólo podría responder: “Hemos pasado juntos muchos malos ratos, y pido a Dios que pueda sobrevivirme.” Tantas plegarias suyas habían quedado sin respuesta, que sustentaba esperanzas de que ésta se hubiese incrustado como cera permanente en el oído Eterno.
Distinguía el trazado de la carretera general gracias a las nubecillas de humo levantadas por los coches en tránsito. Al volante del Seat, le inquietaba la suerte del vehículo al que, en memoria de su antepasado, llamaba “mi Rocinante”. No soportaba la idea de que su cochecito se oxidase sobre un montón de chatarra. Había pensado a veces en comprar una pequeña parcela para dejarla en herencia a uno de sus feligreses, a condición de que éste reservase un rincón abrigado para el descanso de su automóvil, pero no había ninguno a quien pudiese confiar el cumplimiento de este deseo, y, de todos modos, era inevitable una muerte lenta por oxidación, y quizá la trituradora de un cementerio de coches sería un final más misericordioso. Pensando en todo esto por centésima vez, casi embistió contra un Mercedes negro que estaba estacionado, inmóvil en la curva de la carretera general. Supuso que la figura vestida de negro que se hallaba al volante estaba descansando del largo trayecto entre Valencia y Madrid, y siguió su camino, sin hacer un alto, para comprar una garrafa de vino en la cooperativa; hasta la vuelta no reparó en un alzacuello blanco, como un pañuelo que pidiese socorro. ¿Cómo era posible, se preguntó, que uno de sus hermanos sacerdotes pudiese costearse un Mercedes? Pero al parar vio por debajo del cuello un peto morado que delataba la dignidad de monseñor, como mínimo, si no de obispo.
El padre Quijote tenía motivos para temer a los obispos; era muy consciente de la gran antipatía que sentía por él su propio obispo, quien le consideraba poco más que un campesino, pese a su eminente antecesor.
Así pues, fue agitadamente como el padre Quijote se presentó a la encumbrada figura clerical del elegante Mercedes.
—Me llamo padre Quijote, monseñor. ¿Puedo servirle en algo?
—Naturalmente que puede, amigo mío. Soy el obispo de Motopo.
Hablaba con un fuerte acento italiano.
— ¿Obispo de Motopo?
—In partibus infidelium, amigo mío. ¿Hay algún garaje por aquí? Mi coche se niega a seguir viaje, y si hubiese un restaurante... Mi estómago está impaciente, pide ya comida a gritos.
—Hay un garaje en mi pueblo, pero está cerrado por un entierro: la suegra del dueño ha muerto.
—Descanse en paz —dijo el obispo automáticamente, asiendo la cruz pectoral—. Qué condenado fastidio —añadió.
—Volverá dentro de unas horas.
— ¡Unas horas! ¿Hay un restaurante cerca?
—Si quisiera honrarme compartiendo mi humilde almuerzo, monseñor... El restaurante de El Toboso no es recomendable, ni por la comida ni por vino.
—Un vaso de vino es vital en mi situación.
—Puedo ofrecerle un buen vinito del país, y si se conformara con un simple filete... y una ensalada. Mi ama de llaves siempre me prepara más de lo que como.
—Amigo mío, indudablemente usted demuestra ser mi ángel de la guarda disfrazado. Vamos.
La garrafa de vino ocupaba el asiento delantero del Seat, pero el obispo, que era un hombre muy alto, insistió en acurrucarse en el asiento de atrás.
—No podemos molestar al vino —dijo.
—No es un vino extraordinario, monseñor, y usted estará mucho más cómodo...
—No hay vino que no sea extraordinario, amigo mío, desde las bodas de Caná.
El padre Quijote se sintió reprendido, y guardaron silencio hasta llegar a su pequeña vivienda cercana a la iglesia. Sintió un gran alivio cuando el obispo, que tuvo que agacharse al cruzar la puerta que llevaba directamente a la sala, comentó:
—Es un honor para mí ser huésped de la casa de Don Quijote.
—Mi obispo no aprueba el libro.
—La santidad y el buen gusto literario no siempre van de la mano.

Graham Greene, Monseñor Quijote